Todo esto comenzó una noche en la que tenía miles de ideas y pensamientos que no me dejaban dormir, pensamientos acerca de mi familia, amigos, grupos sociales, grupos religiosos, esas cuestiones de mi vida diaria. Me detuve en una, pensar en mi “amigo cura”.
La verdad que no es muy normal tener un amigo cura, más que nada, es algo con lo que vas a comenzar a hablar cuando conozcas a alguien, es tan genial y a la vez tan interesante tener un amigo cura, personas entregadas a una vida diferente, personas entregadas a un “llamado diferente”.
Me detuve a pensar un poco en el concepto que tienen las personas de lo que es un cura, y lastimosamente no concordaban con los míos, hablando y escuchando en opiniones de amigos y familiares, el concepto que tienen de curas es una persona alejada, una persona sin pecados, alguien diferente en todos los sentidos, alguien sin sentimientos, tanto así como un robot.
Estos pensamientos y opiniones rondaban en mi cabeza, y aunque en algunas estaba de acuerdo, como la que son personas solitarias y alejadas, me hacían mucho ruido del por qué lo veían así. Tal vez los curas habían formado una barrera con las demás personas por miedo, por defensa o por privacidad. Pero esto no pasaba con mi “amigo cura”, este amigo siempre me comentaba que esa barrera se daba por qué las demás personas la creaban.
Luego de eso me puse a analizar por qué será que las personas crean ese muro con los curas, y al pasar tiempo con mi amigo, me había dado cuenta de que las personas irracionalmente crean ese muro, al pensar que los curas son entes, que deben escuchar, aconsejar, estar siempre cuando uno se está por derrumbar, pero se olvidan también que esos curas son personas, personas con las mismas necesidades que tenemos nosotros, con la misma necesidad de atención, afecto, cariño y comprensión.
La vida con mi amigo cura era diferente, porque lo veía con ojos diferentes que los demás, él para mí era un amigo de verdad, cómo cualquier otro amigo que podía tener en otro lado, sabiendo que él también podía tener las necesidades que yo tenía, podía sufrir de las misma forma en la que yo sufría, no lo veía a ese amigo como alguien de otro mundo, veía a ese amigo como a cualquier persona, como a mi papá, como a un compañero, lo único diferente que él tenía era el llamado distinto de Dios.
Más adelante, al darme cuenta de todo esto, la vida con esta persona se había vuelto una relación más ligera, en la cual los dos podíamos hablar tranquilamente de los que nos pasaba día a día, no siendo solamente yo el que hablaba si no que también era un oído para esa persona, unas palabras de consejo, un hombro con el cual también llevar su cruz, como hace él con todo el mundo.
Si tienen un amigo o conocido consagrado, acérquense a él, dénse cuenta que no son ustedes las únicas personas con problemas, dénse cuenta que no son ustedes las únicas personas que necesitan ser escuchadas, sino que esas personas son iguales a vos y a mí, personas que también necesitan de vos. La próxima que vuelvas a hablar con esta persona no sólo lo hagas cuando necesitas de él, si no que también hablale cuando no lo necesites, invitalo a comer, invítale una cerveza, un vino, a ver un partido de fútbol, invitalo a hacer algo, pero no lo hables solo cuando lo necesites, vas a ver que esa persona también se va a sentir más confiada y te vas a dar cuenta de lo que yo me di cuenta, cambiaras el concepto de robot que tienen las demás personas, y te darás cuenta de lo tan humano que son como vos y como yo, con sus aciertos, con sus errores, pero tan humanos como vos y yo, y aún así luchando día a día por esa misión que Dios le encomendó.
Hoy quiero agradecer a este amigo cura por demostrarme que son iguales a nosotros, por abrirme las puertas de su vida, por regalarme tantos momentos y en especial por regalarme su amistad. Decir lo mucho que admiro a cada consagrado, porque se mantienen fieles a la misión de Dios, y me gustaría rezar por cada uno de ellos. Gracias Dios por este “Amigo Cura”.

Sebastián Rodríguez


