Queridos Hermanos, este evangelio tan hermoso de los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35), que hemos escuchado tantas veces (pero nunca nos cansamos) creo que es muy apropiado para escucharlo y leerlo en este tiempo en que estamos viviendo (para mi es un pasaje muy significativo, pues yo hice ese trayecto a pie desde Jerusalén… pero no se me apareció Jesús, ¡Sino 2 ladrones! Fue una de las pocas veces que me asaltaron en mi vida, pero no voy a hablar de eso). Quisiera referirme a 4 cosas que para mi son importantes en este relato:
1) El camino. El Evangelio comienza mencionando que dos discípulos, -uno de ellos llamado Cleofás-, van de camino desde Jerusalén hacia un pequeño poblado llamado Emaús. Seguramente van caminando lentamente, pesadamente, pues cargan sobre sus espaldas la tristeza por la muerte de Jesús. En ese camino, Jesús mismo se les aparece, se acerca y comienza a caminar y dialogar con ellos (Lc 24,15). Expresamente dice el texto que sus ojos no podían reconocerlo (Lc 24,16), no se dan cuenta que era Él. Y en ese caminar ellos conversan y dialogan.
El camino es un símbolo de nuestra vida y de la realidad, del tiempo que estamos atravesando. Nosotros también vamos de camino en este tiempo de pandemia, situación que estamos viviendo como humanidad en pleno siglo XXI, que nos ha llevado a un cambio muy grande en nuestra vida y además que nos lleva a vivir en una incertidumbre pues aún no sabemos cómo ni cuando vamos a salir de este túnel. Jesús Resucitado camina junto con nosotros, pero nos cuesta verlo. A los discípulos de Emaús les costó reconocer a Jesús, quizás por la tristeza, quizás por la desesperanza o por el dolor de la muerte de su querido Maestro… ¿Y a nosotros? ¿También nos cuesta reconocerlo en nuestro camino de vida? ¿Qué cosas nos impiden ver a Jesús?
Lo hermoso del Evangelio es que dice que Jesús “se acercó y comenzó a caminar con ellos”. Él se acerca, Él se nos manifiesta, aunque no nos demos cuenta. El va con nosotros, Él está… Debemos rezar, mucho, para poder “ver” y reconocer a Jesús que camina con nosotros. ¡La oración es la clave para poder verlo!
2) La Palabra. El Evangelio nos dice que en el camino, en el diálogo, Jesús, empieza a citar textos del antiguo testamento: “comenzando por Moisés y los profetas les interpretó en las Escrituras lo que se refería a ÉL” (Lc 24,27). Jesús se comporta como un papá, una mamá que les enseña a sus niños a entender la Sagrada Escritura… y ellos sienten que “comienza arder su corazón” (Cfr. Lc 24,32). Por eso, luego al recordar, dicen: “¿No nos ardía el corazón cuando nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras”? Ellos presienten la cercanía de Jesús porque por medio de su palabra les arde el corazón. Es una expresión que muestra que ellos comienzan a sentir el fuego de la fe, de la esperanza, que estaba apagado por la muerte de su Maestro… pero Jesús, al hablar, les enciende nuevamente el fuego de la esperanza y del amor.
En este caminar Jesús nos da su palabra, nos la explica e interpreta. No podemos acercarnos a las iglesias para ir a la misa, pero podemos “comer” el pan de su palabra: la tenemos en nuestras casas, en nuestros celulares, la escuchamos en la radio o por la tele… leamos más en este tiempo la palabra, para que el Resucitado encienda y haga arder por medio de ella nuestros corazones. ¿Cuánto tiempo te dejas al día en esta cuarentena para escuchar, para leer su Palabra? San Pablo tiene una cita bellísima, apropiada para nuestro tiempo: “en efecto todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que nos dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rm 15,4). ¡Mantener la esperanza! La palabra de Dios nos ayuda a mantener encendido el fuego de la fe, la luz de la esperanza, la llama del amor…
3) La fracción del Pan. Todo el relato del evangelio apunta a ese momento cumbre. El momento en que están sentados a la mesa. Los discípulos habían invitado a Jesús: ¡Quédate con nosotros!” (Lc 24,29). Un gesto de hospitalidad y de humanidad, pues se estaba haciendo de noche, y los peregrinos no quieren que Jesús siga su camino solo en la oscuridad. Y he aquí lo extraordinario: cuando Él toma el Pan, lo bendice, lo parte y se lo da, se abren sus ojos, lo reconocen: ¡Es Jesús! (Cfr. Lc 24,30-31). Pero paradójicamente Él se hace invisible y desaparece. Ellos están sentados a la mesa, en una cena. Y los gestos que hace Jesús son los gestos de la Eucaristía, remiten a esa última cena, en la cuál Él partió el pan y se los dio e hizo lo mismo con el cáliz distribuyéndolo entre todos. Son gestos que describen la entrega de su vida en la cruz: “tomen este es mi cuerpo…beban, esta es mi sangre” (cfr Lc 22,19-20).
Los discípulos reconocen a Jesús en la mesa, en esos gestos, en la “fracción del pan”, uno de los nombres más antiguos para designar la Santa Misa. Él vino caminando con ellos, les fue hablando en el camino, pero recién lo “reconocen” en la Eucaristía.
Nosotros estamos celebrado la Fracción del pan. Hemos escuchado su palabra. El altar es la mesa. Jesús se ha quedado con nosotros, hasta el fin del mundo. En gestos sencillos y con sus propias palabras, Él se hace presente, se hace real, se aparece, Resucitado: “Soy yo mismo, en persona, tóquenme” (cfr. Lc 24,39-40), como les va a decir a los discípulos. Él me ha ordenado sacerdote para perpetuar este gran misterio: “hagan esto en memoria mía”. (Lc 22,19). Yo tomo el pan, lo bendigo, digo sus palabras, lo parto y lo entrego, pero no soy yo, es Él, el Sumo y eterno Sacerdote quien vuelve a hacer todo…
Aunque ustedes en este tiempo no puedan venir, no puedan comer el Pan de Vida, sin embargo Él está, se hace presente y viene a sus corazones. Y ustedes, en su casa, en sus hogares, deben también repetir sus gestos de amor y servicio los unos a los otros: “Ámense unos a otros como Yo los he amado” (Jn 13,34).
4) La comunidad. Cleofás y el otro discípulo no se quedan en la casa después de haber cenado con Jesús. Vuelven rápido a Jerusalén y se encuentran con los 11 y los demás, con la Iglesia, con Pedro, y con los apóstoles. Al llegar ellos le anuncian: “¡Es verdad, Él vive, Él resucitó, Él se apareció a Pedro! (Cfr Lc 24,34). Y ellos comunican también su experiencia de fe, “lo que les pasó en el camino y cómo lo reconocieron en la fracción del pan” (Lc 24,35). La comunidad es el espacio para vivir y compartir la fe. La fe no es algo para que quede encerrado o para vivir en forma privada, intimista. La fe la vivimos y compartimos, la fe la celebramos, la fe la transmitimos. ¡Él está vivo! La fe en el Resucitado no la podemos callar, no lo podemos tapar y esconder bajo la mesa (Cfr Mt 5,14-16). Esa alegría la vivimos en la Iglesia, y la compartimos. Y esa alegría de la fe tiene que ser misión, tiene que ser anuncio (Kerygma), porque hay muchos todavía que no han visto la luz, a quienes no les arde el corazón, que viven en la desesperanza; la fe tiene que ser misión, porque hay muchos que no saben que Dios es amor; la fe tiene que ser anuncio porque hay muchos que aún no han probado el pan de la mesa, que es partido y tiene gusto a vida eterna, a vida plena, a felicidad desbordante y que solo el Resucitado nos puede dar.
Amén


