El San Valentín que recordamos hoy sirve de claro ejemplo de dos circunstancias: la primera es la facilidad con la que historia y leyenda se entremezclan a lo largo del tiempo y la segunda es la poca importancia que ese entrevero tiene en cuanto a su utilidad aleccionadora.
En efecto, de San Valentín se narran diversas versiones de vida y obra que, finalmente y sea como haya sido, nos ilustran sobre el valor que ostentan el amor y la unión matrimonial y familiar.
La más difundida nos cuenta que, habiendo el emperador romano Claudio II prohibido el casamiento de los jóvenes para que fueran -los varones- soldados sin ataduras, nuestro cura siguió impartiendo el sacramento a cuyas resultas y para hacerla corta, fue decapitado.
Esto sucedió en el siglo III así que como vemos, el ataque contra la alianza esponsal no es un invento de ahora nomas y es en ese sentido, a mi criterio, adonde debemos apuntar nuestro análisis sobre San Valentín.
De la mano del mercantilismo estadounidense y con la globalización de las comunicaciones, la fiesta se ha convertido para nuestra sociedad laicista apenas en el “Valentine´s Day”, quitándole lo santo y hasta identificando el nombre más con el objeto de regalo que con su significación y contra eso también es importante que trabajemos manteniendo la costumbre de mencionar siempre al santo.


