¿Siento miedo?

Queridos hermanos, en el Evangelio de hoy (domingo 9 de agosto 2020) acabamos de escuchar este pasaje en que se narra este caminar de Jesús sobre las aguas el lago (cfr. Mt 14,22-33). Jesús se había quedado en tierra, y se había ido a un monte para rezar, para estar en diálogo con su Padre. Los discípulos habían partido en la barca. El Evangelio nos narra la escena con detalles: era de madrugada, seguramente muy oscuro. Comenzó a soplar un fuerte viento, se levantan olas encrespadas… en esa situación Jesús comienza a caminar sobre las aguas y va a buscar a los discípulos… ellos se asustan, gritan de miedo… y luego viene ese momento con Pedro. Él quiere caminar sobre el agua como Jesús, da los primeros pasos, pero luego se deja vencer por el miedo y comienza a hundirse… Jesús lo salva tomándolo con su mano fuerte: “¿Hombre de poca fe, por que dudaste?” (Mt 14,31). Quisiera relacionar este pasaje del Evangelio de hoy con nuestra vida.

Esta escena que narra el Evangelio puede describir lo que estamos viviendo. Desde hace meses esta pandemia del coronavirus se asemeja a esta tormenta que vemos en el Evangelio. Vemos el viento en contra, las olas amenazantes: pruebas, problemas, preocupaciones de toda índole. Dice el Evangelio que los discípulos gritan de miedo al ver a Jesús. Y Pedro, al ver el viento, “sintió miedo” (Mt 14,30). Quizás para muchos en el mundo sea el miedo, el temor, la preocupación uno de los sentimientos más fuertes que nos dominan en este tiempo. Quizás nos podemos preguntar: ¿Siento miedo? ¿A qué? ¿A la enfermedad, a la muerte? ¿Por algo que estamos viviendo como familia? ¿Por la situación laboral, económica, por el futuro?

En el Evangelio vemos que Jesús “calma” o supera el miedo de los discípulos en dos oportunidades. En primer lugar, cuando ellos se asustan al verlo caminar sobre las aguas. Al acercarse Él es su voz, es la Palabra de Jesús que les da paz: “tengan coraje, soy yo, no teman” (Mt 14,27). Esa Palabra de Jesús los tranquiliza, los calma, les da serenidad.

Y luego, en segundo lugar, en la escena con Pedro. Pedro se anima a caminar sobre el agua, pero, como dice el texto, al ver el viento y dejar de “ver” a Jesús, siente miedo y se hunde… antes tenía fija la mirada en Jesús y se apoyaba en su Palabra, luego, comienza a ver el viento y las olas, y ahí, duda y comienza a hundirse.

Jesús supera el miedo de Pedro tomándolo de la mano: Pero Pedro, antes, grita y pide a Jesús que lo salve: “¡Señor, sálvame!” (Mt 14,30). Es una oración que hace Pedro desde se angustia… desde su desesperación, desde su miedo.

De este pasaje de la Palabra de Dios podemos sacar algunas consecuencias para nosotros. En primer lugar, Jesús nos dice hoy que debemos “confiar” en su Palabra, que nos podemos y debemos fiar de ella. Podremos estar pasando una tormenta muy dura en estos momentos; quizás hay muchas voces que nos confunden y desorientan (dentro y fuera de nosotros), pero escuchemos la voz de Jesús, que nos da paz y nos fortalece en la fe: “ten coraje, soy yo, no temas”. Estás golpeado por las olas del miedo a la enfermedad o a la muerte: “no temas, soy yo, estoy con vos, estoy a tu lado”, nos dice el Señor. O quizás sean las olas de nuestras debilidades, de la tristeza, de los problemas familiares y económicos, o de la soledad… “¡Tengan ánimo, Soy yo! ¡No teman!” Nos dice Jesús hoy.

También de lo que le pasa a Pedro podemos aprender. Pedro en su desesperación y angustia clama al Señor, grita, lo invoca, pide ayuda: “Señor, Sálvame”. “Desde lo profundo clamé al Señor”, reza el hermoso Salmo 130. Pedro dudó, pero fue humilde para llamar y pedir ayuda. Es lo que debemos hacer nosotros en todo tiempo: orar, pedir, si es necesario gritar, confiarnos a la poderosa mano del Señor, que como dice el dicho popular “aprieta pero no ahorca”. Nos enseñó Jesús en el huerto de los olivos, en el momento de su mayor miedo, dolor, tristeza: Él se postraba en tierra para orar y dirigirse a su Padre eterno. ¿Qué hacemos nosotros cuando estamos mal?, ¿Rezamos, nos dirigimos a Dios? ¿O recurrimos a otras cosas para escaparnos del dolor, del miedo?

Pedro, en un momento, mira más las olas y deja de mirar a Jesús… y comienza a sentir miedo, y se hunde. Luego, la mano firme de Jesús que lo sostiene y levanta. La mano del amigo, la mano de su Señor, de su Maestro, la mano firme de ese carpintero, la mano que bendecía, curaba, expulsaba demonios… esa mano que fue traspasada por los clavos en la cruz. Esa mano es la que agarra fuertemente a Pedro y lo salva, lo levanta del fondo del mar amenazante. Quizás, más tarde siendo ya anciano, recordando ese momento y la mano fuerte de Jesús que lo salvó, escribió Pedro, el primer Papa, esa hermosa frase de su Carta: “Humíllense bajo la poderosa mano de Dios, para que llegada la ocasión, Él los levante. Confíenle todas sus preocupaciones, porque Él cuida de ustedes” (1Pe 5,6-7).

La mano de Jesús nos sostiene también a nosotros cada día y nos guía. Esa mano que nos bendice, que transforma el pan en su cuerpo en cada misa (porque no son las mías sino las de Él las que obran este milagro en cada misa); es suya la mano que te absuelve en la confesión… es también la mano de Jesús que se manifiesta en las manos de tantos familiares, amigos, y personas que te aman y te acompañan en la vida. Su mano nos sostiene para que no caigamos, nos acaricia en el dolor, nos tranquiliza. Su mano también nos orienta y muestra el camino a seguir. Su mano nos invita a colaborar con Él en crear un nuevo mundo, un mundo distinto. Su mano nos invita a darle las nuestras para que Él pueda seguir bendiciendo a través de nosotros, para que él pueda forjar un mundo más justo, solidario y fraterno. cryptocasinohk.com

El Evangelio termina con esta frase: “los que estaban en la barca se postraron y dijeron verdaderamente Tú eres el Hijo de Dios” (Mt 14,33). La noche, la tempestad, las olas, el miedo que ellos sintieron, todo ello, llevó a que los discípulos reconozcan a Jesús como Hijo de Dios. La fe creció, después de la tormenta. Pasaron por la prueba de la duda, pero terminaron creyendo y confesando al Hijo de Dios. Que todo lo que estamos viviendo nos lleve a nosotros también a fortalecer la fe que Él nos salva, que Él nos guía, que Él nos sostiene siempre con su mano poderosa.

Amén

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