“Señora, dame un trabajo… yo no quiero robar más”

Esta frase la escuchábamos a menudo, en los inicios de la Casa Madre.

Una gran franja de jóvenes que no accede a tener un trabajo decente, obviamente por falta de educación – éste es su mayor pecado – debe hacer algo para sobrevivir en ese estado de total marginalidad.

Los que nacen en estos “hogares”, están condenados  -con suerte en tiempo y forma – por la Justicia, pero con seguridad primeramente y de por vida, por la Sociedad.

Digo, con suerte en tiempo y forma, porque nuestras cárceles se hallan pobladas por jóvenes y adultos,  que durante años están abandonados a su suerte , en su gran mayoría gente pobre y por ende sin defensores..

Pero desde un principio, están condenados por la Sociedad.

Sí, no queremos  verlos, son pobres, andrajosos, huelen mal… molestan;  pero cuesta darnos cuenta que la Sociedad y el Estado  los empujaron a esa situación. Para poder sobrevivir emocionalmente a tantas carencias,   claro está, se anestesian con drogas de todo tipo… Obviamente solo anestesiados pueden soportar pobreza, promiscuidad, tratos violentos desde los propios padres, hasta el policía de la cuadra. Por lo tanto, en la adolescencia, o a veces en la misma niñez, llegan a familiarizarse con el delito, ello forma parte de su propia subsistencia.

Así llegan a la Casa, sucios, con caras tristes,  algunos casi depresivos para luego, a menos de un mes verlos limpios,  prolijos, higienizados hasta los dientes, sus semblantes lucen diferentes. Es que el aspecto exterior no es un tema menor, eleva la autoestima, es el reflejo del aspecto interior.

Para varios de ellos, el proceso no constituye una re inserción sino  una primera inserción a la Sociedad.

Sencillamente nunca han tenido una casa donde ir a comer, una mesa limpia con comida caliente y un ambiente de camaradería donde da gusto estar.

Van pasando así por distintas etapas, distinguidas por  diferentes colores de brazaletes que indican la antigüedad en ella y las habilidades que van adquiriendo.

En el transitar,  aprenden distintos  oficios como el de panadero, horticultor, confección textil,  y en esta formación integral, son contenidos por un excelente equipo, con el Padre Pedro a la cabeza, a quien lo conocen todos desde el CEI, y por quien vienen en verdad;  la Directora Sra. Ana Souberlich, que supo instalar el efectivo sistema de firmeza y ternura hasta hoy con muy buenos resultados; la Psicóloga, con quien comparten una vez por semana;  la Asistente Social que se involucra con sus familias; el Abogado de los jóvenes con carisma de orientador y los instructores de oficios de panadería, huerta y confección textil.

A más de las habilidades que van adquiriendo, la lucha por el control a las adicciones es crucial. En ese aspecto estamos muy agradecidos, al Dr. Manuel Fresco, Director del Centro de Adicciones, por toda la colaboración que presta desinteresadamente.

Si bien la Constitución y  las leyes contemplan la pena de cárcel, como una manera de castigar al individuo que transgredió  una norma, su objetivo primordial es corregir  sus errores para devolverlo o reinsertarlo  a la Sociedad. Nunca puede ser una venganza.

Si analizáramos minuciosamente la problemática penitenciaria, podríamos concluir una vez más que tiene como origen la falta de educación. El ignorante no tiene condiciones de conseguir un buen empleo, en consecuencia es pobre. Si tuviera urgencias, no le  queda otra salida, que robar…. en una de esas trapisondas puede matar …..y el final ya todos conocemos.

Por ello,  estos momentos de graduación, son tan emocionantes, para todos. Chicos jóvenes con una crucial decisión:   tomar otro camino del que conocieron hasta ahora y eso les cuesta muchísimo. Por eso, merecen todo nuestro apoyo, valoración y respeto.  

Ellos están preparados para el mundo laboral, sin embargo, igualmente los acompañamos tanto al contratante como al contratado durante varios meses. Hoy ya no nos ruegan un trabajo, saben que al culminar el ciclo  uno le espera, pero deben hacer bien los deberes para lograrlo. No robar, significa salir del infierno de las cárceles.

De todos modos, ellos saben que la Casa Madre  de Tupãrenda es su casa, es como la casa de mamá… pueden volver a visitarla siempre.

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