Nuevamente nos disponemos a vivir el tiempo de Semana Santa. Tiempo en el cual se entrecruzan el fervor cristiano, el descanso y las costumbres propias de nuestro país, expresadas sobre todo en las comidas típicas de los días santos.
Probablemente muchos de nosotros participaremos de retiros o saldremos a misionar; otros aprovecharán estos días para visitar familiares y descansar, y todos participaremos de las celebraciones litúrgicas de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.
Son muchas las opciones y actividades que se nos ofrecen. Cada uno decidirá lo que realizará durante la Semana Santa, sin embargo, todos podemos reflexionar y preguntarnos: ¿con qué actitud viviré esta Semana Santa?
¿Con qué actitud vivir la Semana Santa?
Si queremos responder a esta pregunta, primero debemos recordar la razón por la cual celebramos la Semana Santa.
La Iglesia, anualmente, en este momento del año litúrgico hace memoria del acontecimiento central de nuestra fe: la redención de todo el género humano y la renovación de toda la creación a través de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor Jesús. Este hacer memoria al que nos invita la Iglesia implica tanto el recordar el acontecimiento histórico salvífico, como el abrirse nuevamente al don de la redención y salvación que se nos ofrece en Cristo Jesús.
Por eso, a lo largo de todas las celebraciones litúrgicas de la Semana Santa revivimos –unidos a Jesús por la fe- todo lo que el Señor vivió y realizó durante esa gran semana por nosotros.
Con Él nos adentramos en Jerusalén proclamando: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mc 11,9). Nos unimos a los apóstoles para preparar la comida pascual del Señor (cf. Mc 14,12) en la cual Él se entrega a sí mismo en su Cuerpo y en su Sangre, y lava nuestros pies para que hagamos con nuestros hermanos, lo mismo que Él hizo con nosotros (cf. Jn 13,15). Tratamos de acompañarlo con nuestra humilde oración en el huerto de Getsemaní (cf. Mt 26,36) y junto con María, su Madre, permanecemos al pie de la Cruz (cf. Jn 19,25) donde vemos hasta dónde “lo llevó el ardiente apremio de su amor” (Hacia el Padre, 350).
Con un corazón sereno y esperanzado vamos al sepulcro, y con toda la Iglesia aguardamos a la Vida que duerme. Y al anuncio del Pregón Pascual nos unimos a la alegría exultante de los ángeles, de la tierra inundada de luz y de nuestra madre la Iglesia, porque Jesucristo, que ha “resucitado de entre los muertos, brilla sereno para el género humano, y vive y reina por los siglos de los siglos” (Pregón Pascual).
Sí, la Semana Santa es un intenso hacer memoria de todo lo que Cristo, por amor, ha hecho por nosotros. Durante esos días santos deberíamos poder hacer nuestras las palabras y el sentimiento vital de san Pablo: «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí» (Gl 2,20).
El creyente es fundamentalmente memorioso
Por lo tanto, sea el lugar en el cual nos encontremos o la actividad que realicemos, durante la Semana Santa queremos hacer memoria del gran amor con el cual Cristo nos amó y nos sigue amando.
Comprendemos ahora las palabras de Jesús, transmitidas por san Pablo en la Primera Carta a los Corintios y contenidas en la Plegaria Eucarística: «Hagan esto en memoria mía» (1 Co 11,24).
Como “la fe contiene precisamente la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios”, la fe es también una memoria de amor. Por ello, para renovar nuestra fe necesitamos hacer memoria de que Jesús nos amó hasta el fin (cf. Jn 13,1); necesitamos hacer memoria de que su Cuerpo y su Sangre se entregan por nosotros (cf. 1 Co 11, 24-25) y de que Él fue «resucitado para nuestra justificación» (Rm 4,25). Así la memoria de su amor renueva nuestra fe y despierta nuestro amor.
Por eso “Jesús nos deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia, que nos introduce cada vez más en la Pascua (cf. Lc 22,19).” Sí, esta memoria nos introduce cada vez más en su Misterio Pascual. Su entrega por nosotros nos lleva a renunciar a nosotros mismos y a entregarnos a Él en los hermanos. Así nos vamos introduciendo día a día en su Pascua. Por eso “el creyente es fundamentalmente «memorioso».”
Deseo que verdaderamente la Semana Santa nos ayude a hacer memoria de los acontecimientos históricos de nuestra salvación, y que estos acontecimientos, nos lleven a rememorar –en nuestro propia historia personal- todos los momentos en los que Cristo Jesús nos ha redimido y salvado, para que volvamos a decir con el corazón: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16).


