Tanto en el lenguaje cotidiano como en la más alta literatura, es muy frecuente el uso de la hipérbole, figura de retórica con la que exageramos algo para enfatizarlo. Por ejemplo, cuando decimos: “Tengo un millón de alegrías”, en realidad tal vez tengamos sólo algunas pero con esa expresión manifestamos la importancia y profundidad de nuestro gozo.
Lo que la hipérbole es a la comunicación, los santos lo son al ser; figuras ejemplares en rasgos magnificados. Para eso los tenemos los católicos, no para adorarlos como algunos acusan.
Hoy, festividad de San Agustín, observamos a uno de los casos más hiperbólicos -si la cuantificación es posible- de vida redimida.
Es digno de mención que su paso del comportamiento liviano y disipado en la juventud a la madurez beatífica no se concibe sin la presencia de su madre Santa Mónica quien es también imagen paradigmática de la mujer como instrumento en el «abuenamiento» de la humanidad.
Los varones -es justo reconocerlo- somos los más propensos, por nuestras propias pasiones instintivas, al alejamiento del espíritu y la caída del alma y en las mujeres que acompañan nuestro caminar, por mandato de su original esencia femenina, protectora y orante, se encuentra nuestra redención.
¿Novedad? Ninguna; el antiquísimo adagio “¡Busca a la mujer!” desde los inicios de la historia de la civilización manifestó que la trayectoria del varón siempre puede ser explicada si se conoce a la o las mujeres que marcaron su historia.
Para cada quien podrá ser nuestra madre, abuela, alguna tía, nuestra esposa…
Las hermanitas schoenstattianas se quejarán de que les estoy asignando una altísima responsabilidad y por ello quiero decirles que en eso no estoy siendo hiperbólico; es así mismo.
Los hermanitos schoenstattianos se quejarán de que les minimizo la capacidad de salvarse a sí mismos y por ello quiero decirles que en eso tampoco estoy siendo hiperbólico; es así mismo.
Un líder schoenstattiano arranca su tarea con el análisis de su propia condición para mejor proyectarse, así como lo hizo San Agustín, quien influyó fuertemente en la espiritualidad que nuestro Padre Fundador nos legó, como por ejemplo en la expresión y concepto de la “inscriptio cordis in cor” que tomó del santo de Hipona.
