UN ANHELO DE PLENITUD IRRENUNCIABLE
Todos nosotros, hombres y mujeres, estamos llamados a una vida más grande que la que tenemos. Un secreto anhelo de plenitud empuja desde dentro y marca nuestros deseos y decisiones. Buscamos alcanzar la felicidad total. Sin embargo, esta fuerza en nosotros -fuerza de libertad- puede ser malograda.
HIJOS SIN PADRE
La famosa parábola del Hijo Pródigo (Lc. 15, 11-32) comienza así: “Un hombre tenía dos hijos” (v.11). Lo que no nos cuenta es que estos hijos no tenían un padre, o más bien, tenían un padre, pero no lo percibían como tal. Su imagen interior del padre estaba pervertida. Quizá se debiera a la falta de la madre, de la cual la parábola no hace mención, pero suponemos fallecida a temprana edad. No lo sabemos, pero podemos vislumbrar una gran carencia en estos hijos. La ausencia de la madre, que es puente en la relación del niño con su padre, parece haber marcado la vida de esos niños que no han logrado consolidar una sana relación paterno-filial. Ser hijo es un hecho biológico, pero sobre todo un camino espiritual.
Volvamos a escuchar las palabras de la boca de estos hijos y sus actitudes.
UNA VIDA LIMITADA POR SU PRESENCIA
Escuchamos del hijo menor: “Padre, dame la parte de herencia que me corresponde” (v.12) y observamos su actitud fundamental: recoger todo lo que tenía e irse a un país lejano. Es consciente de su “derecho de hijo” a los bienes de su padre. Sin embargo, lo que le correspondería recibir en herencia, una vez muerto su padre, él lo exige anticipadamente. Arrebata los bienes al padre, considerándolo ya muerto para sí. Su imagen interior no es la de un padre generoso; sino celoso y acaparador. Un padre que posee muchos bienes, pero los posee egoístamente. No es padre sino alguien que quita, limita y prohíbe. En definitiva: amenaza su felicidad, su anhelo de plenitud. El hijo menor es el hijo que reclama libertad, una “libertad de…” que se hace ruptura del vínculo, disolución de ese lazo. Rompe con su padre para afirmarse en sí mismo, se aleja de él y de su casa.
UNA VIDA SOMETIDA A SUS DESIGNIOS
Diferentes son las palabras del hijo mayor a su padre al volver su hermano: “Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos.” (v.29) No hablan de un vínculo roto sino de un vínculo corrompido. Lo que se hace claro en su actitud fundamental: se acerca a un sirviente; es decir, se identifica con él. Él, que tiene padre, se siente y comporta como esclavo. Por eso sus palabras son de un esclavo: “te sirvo”, “no he desobedecido tus órdenes”, no las de un hijo. Él ha permanecido en la casa, sin embardo vive en una distancia infinita al corazón de su padre. La imagen interior no es la de un padre cariñoso, más bien la de un patrón exigente. Él debe merecer su atención y cariño. Se ha afirmado en su propio mérito y espera sea recompensado. Ha dejado que su corazón se llene de resentimiento y rabia.
DOS MODOS DE ESTAR LEJOS Y DE FIESTITAS AMARGAS
Ambos hermanos están lejos de su padre. Entre ellos no se percibe ningún rastro de fraternidad. El menor, busca libertad y felicidad cortando el vínculo, pero arrebatando los bienes. Desconociendo a su vez que esos bienes sólo son capaces de darnos alegría en la casa del padre. Fuera de ella, se hacen mudos y se corrompen y corrompen la vida. Tuvo su fiestita para sí y después, amargura, soledad y vacío interior. El mayor, mantiene el vínculo, no porque lo valore como fuente de alegría, sino porque hipotecando la felicidad presente, espera le sea dada algún día. Está dispuesto a renunciar a los bienes, con el secreto anhelo que algún día sean sólo para él. Aún teniéndolo todo, cree no poseer nada. Tiene amargura y resentimiento en su corazón solo y anhela esa fiestita para sí.
UNA SOLEDAD QUE SE TRANSFORMA EN FIESTA
Queremos detenernos en la soledad del Padre, en su sufrimiento por la lejanía de sus hijos. Su amor paternal no es reconocido, sino despreciado. Pero su dolor no engendra rabia ni resentimiento; al contrario, se transforma en capacidad de alegrarse, de olvidar lo que quedó atrás, de mirar adelante y hacer fiesta. Esta fiesta, la única fiesta, es la fiesta del Padre.
UN PADRE QUE CORRE CONMOVIDO Y ABRAZA
“Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó.” (v.20). El padre hubiese querido salir a buscar a su hijo, pero lo había hecho libre y quería respetar esa libertad, como cuando no lo retuvo en la casa. Ahora es él, el que corre, como corren los esclavos, a su encuentro. No hay resentimiento, sólo capacidad de conmoverse profundamente; no hay reproche alguno, sólo besos y abrazos; no hay castigo, no hay “nuevas condiciones” de ahora en más… le devuelve su lugar.
“Traigan la mejor ropa”, le devuelve la dignidad olvidada. “Pónganle un anillo en el dedo”, le vuelve a confiar todos sus bienes, -el anillo era el instrumento para firmar documentos administrativos- esos que antes había malgastado. Pónganle “sandalias en los pies”, símbolo del hombre libre -los esclavos andaban descalzos-.
El padre sólo quiere tener hijos libres porque sólo si hay libertad es posible el amor. El padre está dispuesto a vivir en la inseguridad de que este hijo se vuelva a marchar.
UN PADRE QUE RUEGA QUE ENTREMOS A SU FIESTA
“Su padre salió para rogarle que entrara” (v.28) También con el mayor es el padre el que se posiciona como esclavo y le ruega que sea parte de su fiesta. A él, que no lo había tratado de “padre”, lo llama “Hijo mío” (v.31). A él, que le había enrostrado una enorme cantidad de reproches, le dice: “tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Nada que el padre tenga no le pertenece a él, pero su mentalidad de esclavo no le permite percibir los bienes del padre como propios. En su lógica: si son del padre, no son suyos. Muy diferente es la lógica de amor del padre: “todo lo mío es tuyo”. A sus palabras llenas de rabia el padre responde con palabras llenas de ternura y generosidad.
LA PASCUA: FIESTA DEL PADRE, FIESTA DE COMUNIÓN
La Pascua es la fiesta del padre. Fiesta a la que también nosotros estamos invitados y podemos entrar por la entrega de Cristo, el Hijo. Él nos ha abierto el camino al Padre. Es la fiesta del triunfo de la Vida filial y por lo tanto es también la fiesta de la Comunión fraternal reunidos en la única mesa del Padre. Él hace fiesta por tenernos a todos consigo, ¡no hay fiestitas privadas!, porque en esta Vida pascual que irrumpe todos los bienes del Padre son también nuestros. Sólo entrando en la fiesta experimentamos la auténtica libertad y se sacia el anhelo de plenitud que el mismo Padre puso en nuestro corazón. Sólo seremos plenamente felices cuando descubramos la alegría de la vida en comunión en la que no quede fuera ningún hermano ni hermana nuestra.
María, nuestra querida Mater, es nuestra madre. ¡No somos huérfanos! ¡Tenemos madre! Y es Ella la mujer que, en Cristo, el Hijo, nos conduce al Padre, el Padre de la fiesta que no tiene fin.


