Quiero compartir con los lectores de esta revista detalles de los encuentros que tuve con nuestro padre fundador José Kentenich que ocurrieron desde el 29 de abril de 1966 hasta su muerte.
El primer encuentro se dio cuando nosotros, 40 estudiantes de 6 países -entre los que estaban Antonio Cosp, Claudio Giménez y Nicolás Schwizer– nos encontramos con él antes de viajar a la ciudad de Muenster en la que estudiaríamos teología por 8 años. Habló preguntándonos sobre nuestros países y el sentido del terciado, nos recomendó dejarnos educar por la Mater como idea motriz: “Vayan y sean un Cenáculo orando como los apóstoles reunidos con María”.
La segunda vez fue después de que camináramos dos días hasta Schoenstatt. Nos preguntó sobre cómo iba el terciado, entonces de nuevo nos habló de la Mater, del hombre y mundo nuevo, ideales de itinerario “de la vida y de enseñar a vivir”.
Un año más tarde estuve como traductor en tres ocasiones, con dos matrimonios brasileros y con un sacerdote portugués desayunando con él. Fue mi primera vivencia de su profunda paternidad irradiada por el interés hacia los demás, escuchando atentamente las inquietudes de sus vidas familiares y del movimiento. Después hablamos sobre nuestros ideales marianos y el padre respondía a sus preguntas.
En todos esos encuentros prestaba una atención que nos hacía sentir como “hijos únicos”, tenía total concentración, como que no hubiera nada más. Un tiempo después lo sentí cuando mantuve una entrevista a solas. Una de las veces aproveché para confesarme con el Padre mientras hablaba del amor misericordioso de Dios. Recuerdo que me regaló una pequeña figura que tenía un traje típico, siempre que él recibía regalos los daba a quienes lo visitaban y yo imitándolo, se lo regalé a una familia. Aún hoy me arrepiento de eso.
En otras dos ocasiones cenamos con él como curso. El Padre tenía mucho interés por nuestro noviciado ya que éramos el primer curso después de la fundación del Instituto. Después de escuchar mucho nos orientó hacia la madurez espiritual, de la mano de la Mater, a nuestra misión en la comunidad.
Más tarde hicimos un retiro del estudiantado en que tuvimos la oportunidad de hablar porque cada uno tenía 30 minutos a solas con él. Sentí que escuchaba profundamente, experimenté su paternidad. Hablé de Portugal y de nuestro ideal “Pater Fidei”. Era como abrir una puerta para crecer en Schoenstatt. La foto la tomé como símbolo de mi misión, como estudiante y más tarde como sacerdote. Nuestra conversación derivó en el tema de la Divina Providencia. En el día siguiente en la charla nos habló de eso. El Padre sentía nuestra conversación como la voz de Dios, sentía que debía exponerla.
Algo semejante pasó después de haber descubierto nuestro ideal de curso en que nos consagración a la Mater, Pater Fidei. El padre fundador nos habló sobre la fe práctica en la Divina Providencia. Él le daba mucha importancia porque era la voz de Dios. Días más tarde habló del tema en los retiros a los institutos de las hermanas, a las señoras de Schoenstatt y a otros sacerdotes. En todos los encuentros, sean de muchos, pocos o individuales, él siempre tenía la misma actitud, escuchar a Dios a través de personas y de acontecimientos.
Participamos también de la primera charla a su vuelta del exilio, que fue dada a nuestra comunidad antes que a todas las otras. Asistí a las “Semanas de Octubre” unas charlas para más 800 líderes de toda Alemania. Todas sus charlas tenían como tema “Victoria Patris” en que anunciaba la victoria del Padre después del exilio y recordaba como eso siempre se repitió en la historia de Schoenstatt. Repitió siempre este pensamiento: también nosotros vencemos cuando le entregamos al Padre nuestras miserias y siempre “obligándolo” a manifestar su misericordia cuando nos arrepentíamos.
La foto con su mano fue sacada al final de las charlas en que el Padre me pasó la suya y sentí que “tocaba” mi alma. Algo muy especial también fue cuando mis padres lo visitaron agradeciéndoles por mi vida y mi vocación.


