Desde que nos conocemos con la Mater, ella me ha pedido cosas que podría llamar, cuanto menos, originales. Este año, por la vía más inesperada, me ha pedido que escriba una obra de teatro para conmemorar los 100 años de la Jornada de Hoerde.
La esencia del teatro es transmitir vida, ideas, sentimientos, emociones… Y para transmitir Hoerde me fue necesario entrar en la vida de esos veinticuatro jóvenes que se reunieron en 1919 para fundar la Federación Apostólica de Schoenstatt, allá, muy cerca de Dortmund, Alemania. Debía saber qué pensaban, qué vivían, cuáles eran sus ideales, sus anhelos…
Lo primero que descubro en los participantes de esa jornada es que los más “viejos” tenían solo 24 años, pero muchos ya eran veteranos de la Gran Guerra Mundial y cargaban sobre sus espaldas experiencias que habían curtido sus almas. Una de las cosas que tenían en común era su vinculación al Padre Kentenich, ya fuera en retiros, charlas, cartas o en convivencias todos
mantenían contacto con el fundador y él cuidaba de que ese vínculo creciera y se fortaleciera.
De orígenes y formaciones distintas, la experiencia de vivir la Alianza de Amor con la Mater en plena guerra los había unido profundamente en las trincheras, pero pasado casi un año desde que finalizara la contienda veían que se debilitaba el espíritu de la Congregación Mariana.
Hábil pedagogo, el Padre los guiaba silenciosamente a reencontrarse y definir por sí mismos el futuro de esa congregación que ahora agonizaba sin el impulso propio del tiempo de guerra.
Allí es cuando se destaca la figura de Alios Zeppenfeld, un seminarista “forastero” que no era de los pallotinos de Schoesntatt y quien más trabajó para lograr que se materializara el encuentro. Una frase que define su entusiasmo por concretar la jornada y su convicción de que algo había que hacer, fue la que pronunció cuando al ver que los congregantes que habían salido desde Schoenstatt a las trincheras, volvieron para seguir haciendo lo que hicieron antes: “¿Fue todo esto solo para los años de la guerra? Después de la guerra ¿Qué?”.
Entonces este joven, junto con algunos otros camaradas que también habían descubierto el tesoro de la Alianza de Amor, desafiaron a los demás a no olvidar lo conquistado. Una profunda fe en lo que se llama la Madre de Dios y confiar en su ayuda materna nos ponen como sus instrumentos a su disposición, para la renovación del mundo, dijo Zeppenfeld a sus compañeros de Hoerde.
Pienso que para entender el espíritu de esa jornada resultan inmejorables las palabras de Fritz Ernst, uno de los asistentes: “Para nosotros Schoenstatt es un nuevo comienzo, detrás de nosotros se habían derrumbado muchas cosas pero ahora se nos señalaba una puerta abierta, un camino que prometía felicidad…”
Pero las crónicas de Hoerde muestran que no fue todo idílico, al contrario, muestran que los conflictos, el disenso y la tensión creadora alcanzaron también a esos jóvenes reunidos en nombre de María. Casi fue cancelado el encuentro por el aviso tardío del Padre Kentenich de no poder asistir, cosa que -como lo esperaba el Padre- hizo surgir la convicción, la fortaleza y la libertad de aquellos jóvenes para de igual manera reunirse. Se discutió y se rivalizó por algunos temas centrales, como quiénes iban a ser admitidos para integrar la futura Federación, cuáles serían las exigencias a aplicar y cuáles serían los fines de la organización, yendo desde propuestas de futuro partido político hasta una organización para la abstinencia total de alcohol. A pesar de todo ello, algo los llevó al consenso que dio origen al Movimiento Apostólico de Schoenstatt.
¿Qué movía esos corazones juveniles?… un enérgico ardor apostólico, el gran amor a María y la certeza de que ellos eran los instrumentos que la Mater había elegido.
Esa corriente de vida allí despertada fue como un torrente de fuego que encendió a muchos y los acercó al mundo de Schoenstatt. A partir de aquel hito, hombres y mujeres se incorporaron a la Alianza de Amor y dieron origen al Movimiento que conocemos y compartimos. Hoy somos los herederos de ese espíritu y como gustaba decir el Padre Fundador “lo que recibimos de nuestros padres conquistémoslo para poseerlo”.


