Para comenzar este testimonio, valdría la pena aclarar que las Misiones Tupãrenda no estaban en los planes para arrancar el 2019. Un poco de insistencia y un providencial desempleo me llevaron hasta la ciudad de Altos, a la escuela de Centro, a la comunidad de María Auxiliadora, a la casa de una señora que rompió en llanto antes de siquiera dejarnos pasar…
Sus primeras palabras fueron: en agosto se cumplió un año que mi hijo menor salió de la cárcel tras cuatro años y medio de encierro. Como si eso no fuese lo suficientemente duro, remata diciéndonos: hace un tiempo relativamente corto se conyugó con un travesti. No sé cómo reaccionarian ustedes, pero mis hermanos y yo quedamos un poco en shock y sin palabras, cosa que les comento, es muy complicado me ocurra a mí.
Mi primera reacción fue invocar con todas las fuerzas al Espíritu Santo, al Padre y a la Mater, recordando la frase de la consagración del Hacia el Padre que reza: «A mi impotencia unirás tu inmenso poder».

Un poco dando fuerzas y mucho en oración buscamos confortar a la señora, que increíblemente terminó comentando que negaba a su hijo, sangre de su sangre, que lo maldecía y que le pedía a Dios y a la Virgen no volverlo a ver nunca hasta el día de su muerte, porque nunca iba a poder perdonarlo todo el sufrimiento causado.
A pesar de pedirle que confíe en el corazón de madre de la Mater, siguió en esa actitud, lo cual nos hizo muy difícil llegar a una actitud conciliadora, pero por lo menos le dejamos sabiendo que podía confiar en Papá Dios y Mamá María.
La pareja del hijo de la señora, es un chico que nos dio una mirada casi de odio cuando pasamos frente a su casa minutos después.
Creí conveniente no intentar entrar a su casa en ese momento, por el simple hecho de que creí humanamente, podría sentirse juzgado y atacado, tampoco nos dio tiempo de intentarlo, ya que fue raudamente al fondo de su casa, cerrando tras él la puerta.

Con lo que este chico no contaba, es que nosotros llegamos donde María y su Hijo quieren, no según nuestros planes.
Llegamos a la última casa del primer día de misión, donde encontramos a una familia con un integrante enfermo, y con el chico de visita allí, terminada casi la misión nos increpó con una actitud un poco desafiante: ¿Quiénes son ustedes y que lo que hacen acá? ¿Ustedes hacen bautismos? ¿Por qué el festejo de reyes es para niños? ¿No hacen luego nada para los adultos?.
Intentamos responder todas las preguntas con amor y amabilidad, no niego que es tan instintiva la naturalidad humana, que nos fue un poco complicado.
Quizá algunos no sepan, pero en estas misiones tuvimos la bendición gigante de contar con diáconos y seminaristas misionando con nosotros. Particularmente me tocó un hermano diácono nigeriano de nombre Dansuma Mariachris. Experiencia digna de dedicarle páginas y páginas de esta revista, pero a la cuál le voy a dedicar sólo unos párrafos, porque esta no es su historia, es la historia del chico, donde pudimos sentir a Dios obrando a través de estos humildes instrumentos, porque nada de esto sería posible si dependía tan sólo de nuestra capacidad.

En el segundo día de misión, cuando ya íbamos para la capilla a juntarnos para ir a la escuela, pasamos nuevamente frente a la casa del chico, que nos saluda y a quién le digo: ¿Podemos pasar?, esa pregunta fue formulada pensando que la respuesta ya sería un no, ante mi sorpresa, y la de mis compañeros, nos abre la puerta de su casa y acomoda rápidamente los asientos para que nos pongamos cómodos, otra vez, no sabía que decir, ni siquiera como empezar.
Comienzo presentándome y preguntándole su nombre, presento a mis hermanos que creo aún no entendían bien lo que estaba intentando hacer yo, para ser sinceros, yo tampoco sabía.
Lo único que tenía claro en ese lugar, es que quería que sienta un poco de paz y por sobre todo, que no se sienta juzgado, hablamos humanamente, empáticamente, pero no religiosamente, hasta que le comento que nosotros no estamos ahí para juzgarle, a lo cual me responde: Nadie puede juzgarme, porque arriba hay uno sólo que puede hacerlo.

Ese era el momento, nuestro momento, de comentarle acerca de nuestro Dios, su Dios, que es un Dios de amor, paz y alegría, no de castigo ni enojo; a lo que nos contesta que él a la señora no le había hecho nada más que estar con su hijo, que no entendía el odio, que el sufrimiento durante su vida ya había sido demasiado, que su propia familia había sido la causa de todo ello, que desde pequeño le pegaban, le gritaban y le quemaban; que sus tías hasta hoy, le gritan por la calle que no debería existir.
Ante lo cual mi hermano diácono reacciona por primera vez buscando frenéticamente en su biblia, recitando dos pasajes perfectamente elegidos, me hizo entender que estaba ahí, presente como nunca, y lo maravilloso que va a llegar a ser el día que se ordene, porque créanme, sus palabras calan hondo en el corazón de quién lo escucha, y queda tatuado a fuego para siempre.
El chico rompió en llanto desde que nos contó su historia, y yo con él, al ver la fragilidad de un niño, la soledad y la tristeza que invadía su cuerpo y alma; sin embargo, volvió a sorprendernos, cuando después de la hermosa prédica que le acababan de dar, él respondió «Jesús es el amigo que nunca falla, yo sé eso».

En ese momento le dejo la cruz con la que nos hicieron el envío, de manera simbólica, le digo que ahí estamos nosotros, unidos como hermanos, que tome a Dios como Padre, a María como Madre, y que antes de entrar en una crisis de llanto se acuerde que no está solo, que Dios siempre está con él y a través de Él, estamos nosotros.
Terminamos abrazados, con las palabras del chico diciendo: «Nunca le conté esto a nadie, y nunca sentí tanta paz, gracias».
No pude evitar agradecerle por dejarnos pasar, por abrir su corazón a unos extraños y por confiar en nosotros, no pude evitar, ponerme en su lugar e imaginar el sufrimiento por el que pasa todos los días, y la manera en la que se esconde para evitar sufrir, no pude evitar decirle que por favor, acuda como un niño que pide perdón y agradece todos los días, porque Dios está ahí y porque María es una madre que no abandona.

Ph: Romina Cubas. Milciades Echeverria


