La figura más destacada de la historia eclesiástica

Caminando por el Jardín del Padre…
…me puse a pensar en que hoy, Día de Alianza de febrero, se cumple un aniversario más desde que en 1949, Monseñor Juan Sinforiano Bogarín hizo pública su última Carta Pastoral una semana antes de partir hacia el Padre.

El Obispo Bogarín es quizás la figura más destacada en la historia eclesiástica del país, habiendo sido consagrado en esa prelatura en 1985 por el mismo Monseñor Lasagna, quien vino al país para la ocasión.

Se mantuvo fiel a su consigna episcopal “Fortiter et suaviter”, que siempre invoca nuestro Padre Antonio Cosp en su Firmeza y Ternura.

Fue constante en la defensa de la unidad nacional, el fortalecimiento de la familia y la justicia social, en el arduo período posterior a la Guerra contra la Triple Alianza y las luchas políticas interpartidarias que consumieron sangre y lágrimas paraguayas en la primera mitad del siglo XX y es precisamente en esa última Carta Pastoral donde, aún con las grietas que abrió la revolución del 47 y sabedor de que había llegado su hora, clama por la hermandad.

Haciendo algo que no acostumbro, me permito copiarla aquí por extenso ya que, aunque en otro orden de cosas, el país necesita estos consejos:

Mis amados hijos:

No puedo ya prometerme muchos años de mi vida. Comprendo que se acerca aceleradamente el fin de mi vida y no quisiera llevarme al sepulcro la pena de ver a mis queridos hijos distanciados, divididos por el odio y el rencor.

Bien sabéis que durante esta larga vida que el Señor en su infinita bondad me ha concedido, mis dos grandes preocupaciones, mis dos grandes amores, han sido la Religión y la Patria. A ellas he consagrado mi inteligencia, mis energías, mi vida toda.

Desde tiempos ya muy lejanos he vivido y participado de todas sus vicisitudes; he sentido muchas veces amargado mi corazón por los sufrimientos de mi pueblo, y, ni siquiera ahora, en los supremos instantes de esta vida que se apaga, puedo tener el consuelo de ver pacificada la Nación, hermanados todos los paraguayos, disfrutando con segura tranquilidad los beneficios inexhaustos con que nos brinda este regalo de Dios que llamamos Patria.

Como un testamento y prenda del amor que profeso a todos vosotros mis queridos hijos, os dejo este documento que no tiene otro fin (¿qué puedo esperar ya en este mundo?) que el de llevaros al abrazo fraterno por la pacificación ciudadana.
Porque lo que más apremia, mis amados hijos, en los momentos presentes, bien lo sabéis todos, es la pacificación interna de la Nación. Donde oprime el temor, no puede haber paz, sin la confianza mutua de los ciudadanos se hace imposible la tranquilidad y la paz.

Y estas verdades evidentes valen tanto para la pequeña familia que forma un hogar, como para la gran familia que constituye la Nación.

La guerra civil y los graves sucesos que hemos vivido han dejado en las almas sedimentos muy amargos que las han dejado en las almas sedimentos muy amargos que las han envenenado y arrastrado a cometer actos que no coinciden con nuestra cultura y mucho menos con nuestros sentimientos cristianos.

Pero también es cierto que flota en el ambiente un anhelo de paz, porque no hay quien no comprenda que si seguimos por el camino de enemistad que hemos llevado, iremos derechamente a un suicidio nacional.

Repasemos la historia, mis queridos hijos, de las luchas intestinas que bien han maltratado, desangrado y dividido a la familia paraguaya: ninguna de ellas trajo el bien que, al fraguarlas, se prometía. Una revolución prepara la siguiente, aumenta los odios, llueven las venganzas, se ensombrece el ambiente nacional, se nos mira con recelo en el exterior y, ciertamente, no necesitamos de fuerzas que paralicen el progreso de la Nación y la destruyan. Y el odio destruye, la paz edifica.
Al pediros por amor a Dios, de vuestras madres, de vuestras esposas; de vuestros hijos, desde mi lecho de dolor, ese abrazo fraternal, olvidando agravios y renunciando a venganzas personales, sé que pido el mayor beneficio que el Todopoderoso puede conceder a nuestra querida Patria y, por conseguirlo, ofrezco gustoso mi vida al Creador.
Y, como prenda de la sinceridad de este ferviente anhelo de mi alma, os doy a todos mi Bendición Pastoral.

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