Hace algunas semanas, viajé al interior del país para un fin de semana de apostolado. Al subir al ómnibus, me di cuenta de que me tocaría compartir el asiento de al lado con un señor un poco mayor y -según yo- malhumorado. Tuve que mostrarle mi ticket para que él pudiera comprender que sus bolsos debían ser ubicados en otro lugar y debía dejarme sentar a su lado.
Normalmente, no tengo inconvenientes en iniciar conversaciones incluso con extraños. Tocar los temas típicos como el tiempo, la duración del viaje, u otros temas que pudieran surgir. Pero esta vez fue diferente: mi compañero de viaje se mostraba serio, adusto, nada abierto a hablar conmigo ni nadie más.
Durante todo el camino atendió llamadas y en una de ellas hasta respondió con expresiones en inglés, lo que me hizo suponer que no quería que yo fuera testigo de las respuestas (sin saber que igual entendía su diálogo jaja).
Seguimos así en nuestros viajes paralelos. Llegamos a la habitual chipería y nuevamente me llamó la atención la manera tosca y poco cordial como hizo su pedido. Y yo me decía: qué pirevai este señor!
Pero allí el viaje dio un giro.
Me preguntó si yo sabía a qué hora se llegaría a destino. Le comenté lo que me habían dicho en la agencia al comprar el pasaje y también lo que yo presumía que sería el total de horas de retraso.
Ganando confianza, me preguntó de dónde era yo y para qué viajaba. Le respondí con total transparencia. Luego me comentó que él era de Asunción pero su señora era oriunda de la ciudad destino a la cual íbamos; que estaba radicado hacía más de 30 años en EEUU, donde trabajó, tuvo a sus hijos y formó familia, se jubiló, pertenecía a un grupo religioso y hacía apostolado con adultos mayores.
Le pregunté cada cuanto venía, si quería quedarse a vivir allá o como muchos compatriotas quería volver a su país algún día. Y allí ¡me estalló la bomba…!
Me comentó que trataba de venir a Paraguay periódicamente cada dos o tres años pero que éste fue un viaje urgente: estaba volviendo de enterrar a su fallecida mamá en Asunción.
Realmente me sentí muy mal en ese momento. Sentía que mis juicios tenían el tamaño de una montaña. Trataba de contener mis lágrimas. De verdad me quedé sin palabras.
Independientemente a cómo luego terminó armoniosamente el viaje, la reflexión que hice fue: Juzgamos demasiado rápido… Nunca sabemos qué está sucediendo realmente en la vida del otro, lo que esa persona está pasando, la batalla que está librando, la cruz pesada que en ese momento le toca llevar. Y sin embargo, somos tan rápidos en juzgar, en etiquetar y en sacar conclusiones nada misericordiosas sobre la escena y sus actores.
Desde ese día, ante situaciones similares, solo atino a poner en pausa mi juicio y repetir internamente: Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo.


