Heroína de la confianza

Un día como hoy, 6 de febrero, pero de 1893 nacía en el seno de una familia alemana M. Emilie Engel, sus padres infundieron en ella grandes valores: profunda religiosidad, apertura para los valores espirituales, resolución de carácter y transparencia.

Emilie fue maestra y ejerció esta profesión con mucho amor. Se dedicó especialmente a los niños pobres. La Providencia hizo que tomara contacto con Schoenstatt. Allí descubrió un mundo nuevo, cuya misión –la configuración mariana del mundo en Cristo– captó lo más profundo de su ser.

GRAN ENTREGA
En 1926 se puso a disposición del Padre José Kentenich, para la fundación de la Comunidad de las Hermanas de María de Schoenstatt. Emilie se regaló a sí misma, ofreciéndose a Dios como una ofrenda de amor, por la fecundidad de esta nueva Familia.

Dios aceptó este ofrecimiento. Ella pudo darse por entero a esta joven comunidad como maestra de Novicias y de Terciado; más tarde como Superiora Provincial y Consejera General y sobre todo, como una Hermana que había ofrecido su propia vida a Dios como holocausto. 

ENFERMEDAD DE CUERPO Y ALMA
En 1935 la Hna. M. Emilie se enfermó gravemente de tuberculosis y tuvo que dejar Schoenstatt, su hogar. Tuvo que pasar mucho tiempo en hospitales, clínicas y sanatorios soportando dolorosas operaciones. Pero a pesar de todo, no recuperó su salud. Una larga y creciente parálisis la postró en la silla de ruedas. Llegó a estar tan desvalida co­mo un niño. Hacia el final de su vida, ni siquiera podía hablar.

Pero más doloroso que el sufrimiento cor­poral tiene que haber sido el dolor de su alma, el miedo, que amenazaba con paralizar sus capa­ci­dades, la fuerza de su amor, su vida entera. Sin embargo, desde que ingresó a Schoenstatt, lenta­mente se produjo un cambio en su vida.

Ella escribió, mirando retrospectivamente: “Yo no sabía que la Santísima Virgen me había traído a este lugar de gracias para ayudarme a salir de las grandes angustias del alma, por las que yo le había suplicado ayuda tantas veces”.

Su vida con María llegó a ser una vida en María. La Hna. M. Emilie fue su reflejo, una pequeña María. Su entrega sin límites a la Madre de Dios, quien en su vida tampoco fue liberada de temores y sufrimientos, la liberó de sus angustias. La seguridad de ser amada, conducida y formada por Ella, la salvó de su miedo.

El Padre Kentenich la guió espiritualmente por este camino de liberación. Él fue quien, según los planes de Dios, le abrió las puertas de la cárcel del miedo y le mostró la imagen de Dios Padre misericordioso. Él mismo fue para ella un transparente del Padre Eterno. La condujo a un profundo cobijamiento en la Alianza de Amor con la Virgen y le reveló la realidad de la sabia y bondadosa Providencia de Dios. Las palabras que él le dirigió, se transformaron en su camino de vida:

“Cuanto más profundamente experimente su desvalimiento y sufra a causa de él, tanto más confiadamente debería arrojarse a los brazos paternales de Dios y a los brazos de la Virgen y esforzarse por transformarse en una heroína de la confianza.” (P. José Kentenich)

La Hna. M. Emilie se transformó en una persona confiada, libre y alegre cuyo rostro irradiaba luminosidad.

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