Tal vez sean pocos los seres humanos que pueden sentir el dolor ajeno como una madre. Ese dolor se dio en la Mater, María la madre de Dios, en diversas situaciones. La tradición recuerda hoy específicamente los siete dolores que marcaron su vida.
Sabemos que la Semana Santa inicia con el domingo de ramos, pero el viernes anterior a este día se recuerda el Viernes de Dolores. Una fecha en la que la popularidad religiosa recuerda a la Madre Dolorosa, esa madre de Jesús que siente tanto dolor como si fuera atravesada por una espada, como le había profetizado el anciano Simeón cuando fueron con José a presentar al niño al templo.
La Mater Dolorosa sin duda presenta un rostro desencajado por ver el sufrimiento del fruto de sus entrañas, crucificado y torturado de la forma más cruel. Es un día para reflexionar y comenzar a pregustar lo que simboliza cada uno de los que se recuerdan en la Semana Santa.
¿Qué haría yo si tuviera frente a mí a la Mater Dolorosa? ¿Actuaría? ¿Empatizaría con su sufrimiento? Cada uno tiene la respuesta en su corazón y puede programar la respuesta para cuando aparezcan otras madres atravesadas por una espada frente a sus ojos.
A continuación transcribimos el poema medieval de origen franciscano que recuerda los dolores de la Mater:
De pie la Madre dolorosa
junto a la Cruz, llorosa,
mientras pendía el Hijo.
Cuya ánima gimiente,
contristada y doliente
atravesó la espada.
¡Oh cuán triste y afligida
estuvo aquella bendita
Madre del Unigénito!.
Languidecía y se dolía
la piadosa Madre que veía
las penas de su excelso Hijo.
¿Qué hombre no lloraría
si a la Madre de Cristo viera
en tanto suplicio?
¿Quién no se entristecería
a la Madre contemplando
con su doliente Hijo?
Por los pecados de su gente
vio a Jesús en los tormentos
y doblegado por los azotes.
Vio a su dulce Hijo
muriendo desolado
al entregar su espíritu.
Oh, Madre, fuente de amor,
hazme sentir tu dolor,
contigo quiero llorar.
Haz que mi corazón arda
en el amor de mi Dios
y en cumplir su voluntad.
Santa Madre, yo te ruego
que me traspases las llagas
del Crucificado en el corazón.
De tu Hijo malherido
que por mí tanto sufrió
reparte conmigo las penas.
Déjame llorar contigo
condolerme por tu Hijo
mientras yo esté vivo.
Junto a la Cruz contigo estar
y contigo asociarme
en el llanto es mi deseo.
Virgen de Vírgenes preclara
no te amargues ya conmigo,
déjame llorar contigo.
Haz que llore la muerte de Cristo,
hazme socio de su pasión,
haz que me quede con sus llagas.
Haz que me hieran sus llagas,
haz que con la Cruz me embriague,
y con la Sangre de tu Hijo.
Para que no me queme en las llamas,
defiéndeme tú, Virgen santa,
en el día del juicio.
Cuando, Cristo, haya de irme,
concédeme que tu Madre me guíe
a la palma de la victoria.
Cuando el cuerpo sea muerto,
haz que al ánima sea dada
del Paraíso la gloria.
Amén


