Queridos hermanos: celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Después de Pentecostés, en que conmemoramos la venida del Espíritu Santo, la liturgia nos invita a celebrar hoy esta solemnidad que consideramos el misterio por excelencia de nuestra fe: un solo Dios, pero formado, integrado por 3 personas distintas que se unen entre sí por un amor infinito, insondable, eterno: el Padre que por amor engendra al Hijo unigénito. Y el Padre, junto con el Hijo, que espiran el Espíritu Santo.
En la historia de la salvación, en todo el tiempo del Antiguo Testamento, vemos como el Padre va preparando la venida de su Hijo unigénito al mundo, el cuál se encarna y se hace hombre: Jesucristo. Jesús, padece y muere por amor en la cruz para salvarnos, y luego resucita victorioso, para luego, al ascender y volver al Padre. Ambos, Padre e Hijo, nos envían el Espíritu Santo.
Si bien nosotros cada vez que rezamos a Dios, o celebramos la Eucaristía, adoramos y glorificamos al Dios uno y Trino, a las 3 personas divinas, en esta Solemnidad, se nos invita a meditar sobre este gran misterio, que nosotros los seres humanos, limitados como somos, jamás podremos penetrar ni comprender, porque es la misma esencia de Dios. Fue necesario que el mismo Hijo de Dios nos revele este misterio sublime y central, fundante, de nuestra fe.
Seguidamente, quisiera relacionar este gran misterio de la Santísima Trinidad con algunas otras realidades:
1) Con la misa, la Eucaristía. A veces algunos piensan que en la misa “está” solo Jesús. Pero en realidad, en la Misa, nos conectamos directamente con la Santísima Trinidad. Primero: es una oración dirigida al Padre Eterno. Todas las oraciones se dirigen a Él. Luego, el que preside y celebra es Jesús, el Sumo y Eterno Sacerdote. En cada misa, el Padre, nos vuelve a regalar a su Hijo, lo vuelve a enviar al mundo. En cada misa se hacen realidad las palabras que escuchamos hoy en el Evangelio: “tanto amó Dios (Padre) al mundo que le dio a su Hijo para que todo el que crea en Él no perezca” (cfr Jn 3,16). Esa segunda persona de la Trinidad, que se encarnó en María, que se hizo niño en Belén, que trabajó como carpintero, que predicó el amor, que murió en la cruz y resucitó, esa persona es regalada por el Padre en cada Eucaristía. Y se hace real y verdaderamente presente en las especies eucarísticas.
¿Y el Espíritu Santo? El Espíritu desciende, viene, como lo hizo en el seno purísimo de María Inmaculada, cuando lo invocamos en la epíclesis y pronunciamos las palabras que dijo Jesús en la última Cena: “tomen este es mi cuerpo… beban, esta es mi sangre” (cfr Mt 26,26-29). El Espíritu viene y transforma el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo. Es lo que llamamos la transubstanciación.
En cada misa, el Padre y el Hijo, nos dan y envían el Espíritu Santo que nos da la fortaleza para irnos haciendo más semejantes a Cristo y nos da fuerza para salir y ser sus apóstoles y discípulos en medio del mundo.
2) Dios Trino ha creado el universo y nos ha creado a cada uno de nosotros. Por eso, el Dios que es vida eterna, ha originado todo lo que existe. Y asimismo nos ha creado por amor a cada uno de nosotros, y su amor, nos da la vida y nos mantiene en la existencia.
3) Nuestro corazón, nuestra alma, es un Santuario de la Santísima Trinidad. En el Bautismo, hemos recibido a Dios Trino y nos habita con su amor, con su presencia. Jesús nos dice en su Palabra: “si alguno me ama, guardará mi palabra, mi padre lo amará. Vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23). Yo, vos, cada uno de nosotros, es una “morada”, una “casa”, un Santuario vivo de la Santísima Trinidad. Nuestro corazón, pero también nuestro cuerpo, es un santuario vivo.
4) Pensemos ahora en nuestras familias. El Papa San Juan Pablo II decía que Dios, “en su misterio más íntimo no es soledad, sino familia”: Comunidad de personas que se aman. Por eso, al pensar hoy en la Trinidad, pensemos en nuestras familias, en nuestros hogares. Cada una de nuestras familias, debe ser una imagen, un reflejo vivo de la Trinidad.
En este tiempo de cuarentena en que estamos encerrados, y que sabemos que nos cuesta, nos viene bien pensar que puede ser una oportunidad para educarnos y crecer en el amor mutuo y recíproco. En la Trinidad, cada persona vive para las demás, y está en el corazón del otro. No hay ni puede haber entre ellos nada de egoísmo, autorreferencia, prepotencia. Cada persona divina vive en y para las demás, vive en la dinámica de la entrega y del don. Así debemos aspirar a vivir nosotros en nuestros hogares: vivir para los demás. El esposo para su esposa e hijos, y lo mismo la esposa; los padres para sus hijos, los hijos para sus padres y sus hermanos… no es nada fácil, pero esto es ya un anticipo del cielo.
En esta solemnidad de la Trinidad, tratemos de ver qué actitudes mías no suman para que vivamos en paz, en armonía, en amor en nuestra casa. Tratemos de ver qué podemos aportar para que los demás, de mi familia estén alegres, estén bien, que puedo aportar para hacer más felices a los que tengo al lado mío… Sería lindo, en esta fiesta, consagrar nuestros hogares y familias al Amor de la Santísima Trinidad.
5) En este día meditemos también sobre la Iglesia y el mundo. La iglesia en su conjunto es un templo vivo de la Trinidad, como nos dice San Pablo (cfr Ef 2,22-23). Cristo es la cabeza, el Espíritu es su alma, y todos juntos somos y pertenecemos al Padre. Como Iglesia, como familia de Schoenstatt, nuestros grupos y comunidades, tenemos que esforzarnos en reflejar la luz de la Trinidad, en irradiar aunque sea un poco la calidez del amor trinitario.
Vivimos en un mundo con tantas exclusiones: injusticas sociales, racismo, odio, discriminación de todo tipo… nosotros, los cristianos, que vivimos en el mundo sin ser del mundo, y que creemos en este Dios que es comunión, queremos aportar para hacer de la sociedad un espacio más humano, más habitable, una sociedad donde haya más solidaridad y comunión, donde haya paz y justicia, donde podamos vivir en armonía.
Creer en la Santísima Trinidad para nosotros los cristianos es todo un compromiso: un compromiso para tratar de hacer la comunidad entre los hombres un poco más parecida a ese Dios que es amor, que es donación, que es vida, que es Familia. “Que todos sean uno” (Jn17,21) es el gran anhelo de Jesús. Seamos instrumentos de comunión y de unidad para hacer de esta tierra una “casa” de la Santísima Trinidad.


