Con el Domingo de Ramos, dimos inicio una vez más a la “Semana Santa”, una semana donde ciertamente la liturgia cambia bruscamente la dinámica de su actuar, es como si rebajara y disminuyera la velocidad de una manera sorprendente. Pero es así, es en esta Semana donde la Vida de Jesús, cada detalle de su vida, es tomada, considerada, meditada y celebrada en la Liturgia. Porque así como los evangelios, desproporcionadamente cuentan cada particular de la Pasión, Muerte y resurrección de nuestro Señor, y no son así “detallistas” en los otras narraciones, de la misma manera ocurre esta Semana con la Liturgia.
De hecho, en los mismos evangelios no es que al inicio hubo una intención clara de contar la biografía de Jesús , no nacen con esa intención 2, sino más bien con el propósito de proclamar el “Kerygma”, el relato de su pasión, de su muerte, pero sobre todo de su resurrección, con todo el desafío que eso implica. Es por ello que la parte constitutiva de los evangelios se centra en lo que en esta Semana la Liturgia también quiere celebrar, podemos nombrarlo como el corazón de nuestra fe, y es así donde al igual que los evangelios asumieron el desafío de cómo contar, explicar y transmitir algo inexplicable como la Resurrección, la liturgia a través de sus ritos, palabras y gestos repite este mismo esfuerzo por retomar ciertas categorías y expresiones que puedan “rozar” este gran misterio y adentrar de esta manera en ella a sus oyentes y participantes.
De hecho, esta semana, con sus celebraciones y con su misterio, se vuelve ciertamente difícil de digerir, para cualquier razonamiento natural, y sin embargo se presenta como central para el Cristiano, como diría San Pablo si esta resurrección no fuera una realidad, nuestra fe es vana, vacía, incapaz de dar una consistencia a la vida del creyente. “Seriamos los mas miserables de toda la humanidad, aferrados a una ilusión vana 3”.
En el camino hacia la Pascua, entonces misterio central de nuestra fe, la identidad con Jesús es esencial. Y la liturgia nos quiere ofrecer y regalar esa oportunidad. Conocer más vitalmente a nuestro Señor, para identificarnos con él, para llenarnos de él. Sin embargo el Papa emérito Benedicto XVI, nos advierte una dificultad para todo cristiano, para todo hombre, aquello que esta misma celebración expresa en lo más profundo de sus ritos y gestos: “La tentación constante de la Iglesia, de querer recibir la gloria, la felicidad, el éxito, sin pasar por la cruz 4”, esa tentación de querer huir de la cruz, de querer simplemente saltar a la fiesta de la resurrección, sin pasar por el Viernes Santo.
El relato de la Pasión quizás para algunos acostumbrados a los crucifijos, no despierte más lo estremecedor y chocante, de una ejecución dramática y agobiante desde todo punto de vista. Aquí se produce claramente una brecha, una distancia, en donde cada año el creyente debe decidir si cruzar o no. Optar por una lógica humana o divina, optar por mis fuerzas o las de Dios, mi propia salvación o la salvación que Dios me ofrece. Mi vida se realiza a través de mi proyecto, a través de mis fuerzas, o ella alcanza la plenitud en el don gratuito de alguien a quién no me queda más que confiar y esperar. Y del cual en cierta manera puedo confesar que pruebo un cierto temor, porque esta segunda opción me puede llevar por caminos que no puedo controlar y dominar, caminos
que pueden romper la ilusión del propio camino creado. Esta puerta, brecha, distancia, nunca es evidente, nunca es automática, y sin embargo es crucial optar, para vivir con sentido esta Semana.
Ciertamente se podría pensar en una vocación implícitamente masoquista dentro de la fe cristiana: de nuevo esa insistencia por el sufrimiento, dirían algunos. El relato en los evangelios y el espíritu de la Liturgia señalan claramente que Jesús combatió en vida todo tipo de sufrimiento. Para que la vida sea plena, curó, sanó y compartió con todos los que cargaban cualquier tipo de sufrimiento corporal o espiritual. El cristiano no busca el sufrimiento, busca amar como Jesús. Y en esa pretensión de amar como Jesús es donde salta en nuestro interior, una resistencia, incluso a veces marcadamente opuesta a todo tipo de amor; es decir salta el odio, el rencor, el deseo de poder, la ostentación de uno, florece y resplandece el mal, e incluso a veces con una fuerza insospechada. El cristiano porque ama como Jesús, enfrenta al mal, empezando por su corazón, para proseguir con cualquier situación de injusticia, violencia, división, pero recordando que lo enfrenta no con la espada sino a la manera de Jesús.
Jesús sufre la violencia desde el comienzo público de su ministerio, pasa de una violencia verbal, a través de juicios, murmuraciones, y calumnias, hasta que en la Pasión se convierten en tortura, persecución, asesinato. Jesús sufre injustamente una violencia que le es infligida por otros. La cruz es el acto extremo donde se percibe, hasta dónde el ser humano puede llegar. El ser humano es capaz de matar lo más lindo, lo más puro, lo más bello que lleva dentro. El ser humano es capaz de destruir todo lo noble y bueno, y de destruirse sin vacilación.
Por eso la Celebración en esta semana recuerda tan atentamente el amor firme e inamovible de Jesús. Ese amor fuerte, convencido, inquebrantable aún en la situación más adversa y extrema como en la cruz. Un Amor que no se detuvo ante el adversario y el homicida. Un amor que permaneció intacto en el sufrimiento, en la prueba y en la misma muerte. En esta agonía y duelo, por así llamarlo, el amor venció a la muerte y al mal. ¿Puede existir un amor así? Esa fe de que existe un amor así es la que nos anima la Liturgia incisamente en esta Semana. Porque Jesús luchó, aguantó, resistió y murió no solo por la humanidad, sino como la Liturgia te recuerda, lo hizo por mí, por ti, para que ese amor pueda traspasar mi existencia y la tuya.
La resurrección, la Pascua, el paso de la muerte a la Vida verdadera, no es entonces para nada fe en la inmortalidad, como creían los paganos en tiempo de Jesús, o como quizás algunos pretenden, este no morir. La resurrección, la fiesta de la Pascua, como lo expresa la liturgia en la Vigilia pascual, cuando en el momento más oscuro de la noche 5 la luz irrumpe, luz que simboliza nuestra fe en el amor de Jesús, y que Él a través de ese amor traspasó la muerte, venciéndola. Y solo en Él, la muerte deja de tener la última palabra. Por eso la identidad con Él, porque por don y por gracia, podemos abrir nuestro corazón a Él, para morir con Él y resucitar con Él a la vida verdadera, donde el mal, la muerte, la oscuridad, las tinieblas fueron derrotadas. La salvación no es más un mito, o una fábula, es tan real y tangible como mi propia existencia. Esa es la fe del cristiano, donde hay una identidad, unidad y pertenencia íntima con Cristo.
Por eso que los cristianos debemos mostrar que la vida es más fuerte que la muerte, y eso lo haremos solamente cuando nuestro “Yo” se rebaje, disminuya y aparezcan más claramente “los otros”, en la entrega de aquello que me pertenece, en la donación de uno sin conveniencias, libre sin recibir nada a cambio, un amor que perdone, que reconcilia y que sea factor de unidad y despierte así la esperanza en el ser humano.
Ojalá a tal punto, de un día, como Jesús, poder abrazar a nuestros enemigos. El amor de Jesús es lo que distingue a los cristianos. Solo así podemos llegar a ser testimonios creíbles, y vivir para nosotros mismos el corazón de nuestra fe: “creer lo increíble, amar a quién no es amable, esperar contra toda esperanza 6”. La fe, la esperanza y la caridad son posibles en cualquier condición, si se es uno con Cristo. Si a nuestra pequeña cruz, la aceptamos y la cargamos, con Él, por Él y para Él, para recibir aquél amor, aquella gracia y aquella vida que nos fue prometida, y que no defrauda.
1. Isaac el Sirio, Siglo VII, padre de la Iglesia, Discursos ascéticos.
2. Mons. Gildo Manicardi, doctor en Sagradas Escritura, profesor de la Gregoriana en Roma, conferencia al Clero de Roma.
3. Enzo Bianchi, reflexiones para la Semana Santa, Monasterio de Bosé.
4. Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret, Tomo II.
5. Por eso la Vigilia pascual no debería celebrarse al comenzar la noche, sino una vez ésta se encuentre adentrado.
6. Enzo Bianchi, Monasterio de Bosé, “Dar sentido a nuestro tiempo”.


