El sacramento de la reconciliación

¿POR QUÉ ME DEBO CONFESAR CON UN SACERDOTE?

Mucha gente me ha hecho esa pregunta en numerosas ocasiones: “¿Por qué debo
decirle mis pecados a otro ser humano como yo, que también es pecador, si yo me puedo la arreglar solo con Dios? Porque, en realidad sencilla y llanamente, así quiso hacerlo Jesús. Él instituyó el Sacramento pero también él lo entregó y confió a la Iglesia, Él les dio la potestad a los sacerdotes de perdonar pecados en su nombre.

En realidad, como sabemos, el sacerdote es un mero instrumento, un canal, pero el que perdona es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Él no nos dijo: “arréglense ustedes como quieran”. Sino que vinculó este sacramento al Sacramento del Orden Sagrado. No nos olvidemos ya lo que decía el gran Obispo de Hipona, san Agustín: el sacerdote es un sacramento, actúa “in persona Christi”, y cuando bautiza, unge a los enfermos o confiesa, es Cristo quien administra ese sacramento por medio de él, independientemente si el sacerdote es muy santo o es un sacerdote indigno y pecador. La eficacia del Sacramento no depende de la persona que lo administra sino de la eficacia de la Gracia misma de Dios que se confiere en el Sacramento.

Para la conciencia de cada uno es muy tranquilizador que un “representante” de Cristo te diga en su nombre: “yo te absuelvo de tus pecados”. Y recordemos que el sacerdote se compromete ante Dios de guardar el sigilo del sacramento. Si un sacerdote viola el secreto de la confesión es un pecado gravísimo para él (Recordemos a San Juan Nepomuceno, mártir de la confesión, que se negó a revelar los pecados de su penitente y fue asesinado por ello).

Hay algo muy importante en el hecho de hablar, de “confesar”, “manifestar las culpas”.

Se trata de un proceso liberador y sanador (pensemos, en otro ámbito por ejemplo, lo importante que es en la terapia, en el psicoanlásisis el hecho de “decir”, de “verbalizar” aquellas cosas que nos angustian, preocupan, trauman). El Padre José Kentenich decía en un retiro en 1950: “La culpa y debilidad no comprendidas y no reconocidas son el caldo de cultivo de muchísimas enfermedades del cuerpo y del alma”. Hay personas que no creen en Dios, o que han perdido la confianza en la Iglesia, en los sacerdotes, no creen en el sacramento de la confesión, pero por esa necesidad de “liberarse de sus culpas” terminan recurriendo a tantos otros “sustitutos”, por decirlo de alguna manera (por ejemplo, una vez me contaba un taxista que a él solo le faltaba “confesar” y “absolver pecados”, porque la gente le contaba tantas cosas cuando iba en el taxi).

No debemos olvidar que más importante que decir o manifestar las culpas, en realidad, es la Gracia de Dios que recibimos por medio de la “absolución” de nuestros pecados que se nos da en este admirable Sacramento. Debemos creer, tener fe, como decimos en el Credo: “creo en el perdón de los pecados”, y al mismo tiempo acercarnos con humildad a este “trono de la Misericordia Divina”.

¿QUÉ COSAS DEBEMOS CONFESAR?
La confesión no es una “charla cualquiera”, como si yo fuera a ver a una persona, a un amigo, a alguien de confianza, y le contara lo que me pasa, como una especie de “catarsis” de mis problemas, dramas, miedos…(por ejemplo le contara los problemas con mis amigos/as; que me fue mal en un partido de fútbol; o que aumente de peso…etc); Tampoco debe ser una ocasión para contar los pecados de los demás, de los otros y no de los propios. Una charla de este tenor, yo la puedo tener con una persona de confianza,con una familiar, con un psicólogo, o con un amigo…Pero la confesión es algo mucho más profundo: debo “confesar”, decir al sacerdote, mis propios pecados, aquellas cosas malas que cometí, o pensé, o deseé y de las cuales estoy arrepentido, para poder obtener el perdón del Señor.

¿QUÉ SON LOS PECADOS?
El pecado es en sí mismo una desobediencia, una transgresión consciente, culpable, de la voluntad divina. Los pecados son, en realidad, una falta de amor a Dios, al prójimo o a uno mismo. Los pecados atentan, violan, quiebran alguno de los 10 mandamientos de la Ley de Dios, que fueron revelados por Él en el Monte Sinaí y que Jesucristo vino a ratificar (Ex 20,1-26; Mt 5,17-19). No nos olvidemos que Jesús nos asegura que es imprescindible para salvarnos eternamente cumplir y guardar los mandamientos: Mt 19,16-19; Mc 10,17-22; Lc 18,18-23. Asimismo su propio mandamiento nuevo del amor: Jn 13,34 (Ver también: Jn 14,21 y ss).

Los pecados pueden ser “actos”, obras concretas, pero también podemos pecar “de pensamiento”, de “deseo”, con las “palabras”, o también pueden ser pecados de “omisión”, es decir podemos pecar por omitir, por no hacer lo que nos corresponde hacer en un momento determinado, ya sea por egoísmo,soberbia, pereza, o por cualquier otra razón.

En Mc 7,23 Jesús nos dice claramente que las maldades del pecado salen de dentro del corazón humano y “contaminan” al hombre. Jesús es el gran sanador, el médico de nuestras almas. Por medio de su Espíritu santo, que Él nos otorga en al confesión, utilizando un instrumento humano que es el sacerdote, Él purifica nuestros corazones manchados y dañados por el pecado. Devuelve la hermosura y la paz a nuestra alma.

Recordemos asimismo que en la enseñanza permanente de la Iglesia distingue entre pecados “leves” o “veniales” y los pecados “graves” o “mortales”. Se denominan “mortales”, porque son de tal gravedad que “matan” la Vida Divina, la Gracia, en nuestra alma. Dice el Catecismo de la Iglesia Católica: “el pecado mortal destruye la caridad en el corazón del hombre por la infracción grave de la Ley de Dios” (no 1855) Los pecados leves o veniales, si no los combatimos, si no lo vamos superando con la ayuda de la Gracia y del esfuerzo por autoeducarnos, nos pueden hacer caer cada vez más en pecados mas graves.

El Catecismo de la Iglesia católica nos enseña que para que haya pecado mortal se requieren tres condiciones (Cfr CIC: 1857-1859): “Es pecado mortal lo que tiene por objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento” (no 1857).

Para vivir con plenitud la alegría de la reconciliación con Cristo, previo examen de conciencia, podés acercarte a tu parroquia y también a:

* Santuario Nacional de Tupãrenda: jueves 18 de 18:00 a 20:00 horas y el viernes 19 de 15:00 a 17:00 horas en la Iglesia Santa María de la Trinidad.

* Santuario Joven: domingo 14 al miércoles 17 y del viernes 19 al domingo 21 de 18:00 a 20:30 horas.

* Santuario Terruño CDE: esta semana ya no habrá confesiones.

Estamos muy felices que puedas leernos. Esta Plataforma es un nuevo formato de presentación de nuestra tan querida Revista Tupârenda, que con mucho esfuerzo un equipo de personas lo lleva adelante voluntariamente.

¡Apoyá a la Revista Digital con una donación! Todo aporte suma a cubrir los costos tecnológicos y de mantenimiento, para así seguir cumpliendo con la tarea de difundir la Alianza de Amor sin fronteras.

Otros artículos

Suscribite a nuestra lista de emails

Suscribite a nuestra lista de emails

No te pierdas de nada. Suscribite y recibí todas las noticias.

 

 

Te has suscripto a nuestra lista :)

Compartir esto