Este bellísimo, grande y esférico panal de pequeñas e inofensivas abejitas meliponinas se instaló en uno de los árboles de casa y ahora se puede ver porque el invierno le quitó su escondite de hojas.

Dice una creencia popular que las abejas y avispas elijen la ubicación de su hogar donde hay emanaciones de energía positiva. Los schoenstattianos tomamos esas cosas con pinzas y las consideramos con escepticismo hasta que la ciencia nos las confirme o rechace.
En cambio, es innegable porque lo dicta la mera observación de la naturaleza, que buscan un sitio seguro y plácido. En eso se nos parecen y por ello el Santuario tiene, desde el punto de vista físico, un paralelo a la gracia espiritual del cobijamiento; nos transmite paz y tranquilidad.
Pero las abejas no permanecen inactivas y cómodas en su colmena. Se arriesgan a enfrentando al viento y la tormenta, a otros insectos y aves que pretenden darles caza, se aventuran a la búsqueda de lo que su comunidad necesita.
Las avispas no tienen opción ya que responden al imperativo genético y ahí se acaba la similitud con el hombre.
Nosotros, por nuestro libre albedrío, somos muy amigos de encontrar zonas de confort (físicas, mentales y hasta espirituales) y anquilosarnos en ellas.
El Papa Francisco cuando nos convoca a formar parte de una “Iglesia en salida” se refiere exactamente a eso y en Schoenstatt esa misión se ha adoptado y aplicado. Volvemos permanentemente a nuestro panal -el Santuario- para descansar, alimentarnos, recuperar fuerzas y curarnos las heridas para luego volar nuevamente en salida.
