Queridos hermanos acabamos de escuchar en este Evangelio (domingo 29 de marzo 2020) el milagro de la resurrección de Lázaro, el amigo de Jesús. Fue un milagro impresionante: resucitar a un muerto que llevaba ya varios días en la tumba. Jesús amaba a Lázaro y a su familia, eran amigos. Al llegar a Betania, llora conmovido ante el sepulcro. Y antes de hacer el milagro se dirige a su Padre Eterno: “lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado” (Jn 11,42). “¡Para que crean”! Luego, después de llorar, de emocionarse, Jesús se sobrepone y exclama con fuerte voz: “¡Lázaro sal fuera!” (Jn 11,43). Y Lázaro sale fuera de la tumba, vuelve a la vida, a la luz, a la alegría…
Queridos hermanos. Este relato de la resurrección de Lázaro, en este tiempo que estamos atravesando, nos toca especialmente. Por las noticias, desde que ha comenzado esta pandemia, en muchos países del mundo, vemos consternados, las cifras de tantas personas, de esos Lázaros, que mueren víctimas de esta enfermedad. Somos testigos del dolor, del temor, del luto… Ahora, si bien es muy concreta y cruda la realidad de la muerte, -como lo era el cadáver de Lázaro que ya llevaba 4 días en la tumba- para nosotros, los creyentes, sabemos que la muerte no es lo definitivo, no es lo último, no tiene ni tendrá jamás la victoria. Creemos en un Dios viviente, que vino, se hizo uno de nosotros, murió en una cruz, para darnos vida eterna y esperanza, como nos decía el Papa en la conmovedora homilía que pronunció en la bendición del viernes: “En su cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza… abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza” Papa Francisco. ¿Esperanza de qué? ¡De ida plena y eterna! Esperanza que nos convence de que el amor es más fuerte que la oscuridad del sepulcro…
Queridos hermanos, con su voz potente, Jesús saca de la tumba a Lázaro, lo libera de las ataduras de la muerte. San Agustín y muchos Padres, veían en esta acción de Jesús una imagen de la liberación del pecado. Solo Él puede liberarnos, sacarnos, de la oscuridad del mal y del pecado, y darnos la vida nueva de la gracia, de su amor lleno de misericordia.
Ahora bien, en este tiempo de cuaresma que estamos recorriendo, hoy mismo, Jesús nos quiere sacar con la fuerza de su palabra de amor, de la oscuridad de nuestros sepulcros, que pueden tenernos encerrados y oprimidos, que pueden “oscurecer” nuestra fe en estos momentos difíciles. Un sepulcro es un lugar donde no hay vida, no hay esperanza. ¿De qué tumba, de qué sepulcro necesitamos que el Señor nos libere? Voy a mencionar algunos:
1) Jesús hoy nos quiere liberar del sepulcro del miedo y de la angustia. Puede ser el temor a la enfermedad, a la muerte; el temor que genera la incertidumbre frente al futuro, el temor por la situación de mi familia, por el trabajo… lo que sea… El Papa nos habló mucho del miedo este viernes. Citó la respuesta de Jesús, después que lo despiertan: “¿Por qué tienen miedo, aún no tienen fe?” (Mc 4,40). Y cuando veíamos al Papa ante la imagen de Jesús Crucificado y de la Mater, con esos gestos, nos mostró lo que debemos hacer para superar el miedo: ponernos como niños pequeños bajo el manto de nuestra madre María, refugiarnos en las santas llagas de Jesús… refugiarnos en su Sagrado Corazón.
Jesús quiere sacarnos de las tumbas de la angustia. No dejemos que el miedo nos paralice, nos acobarde, nos enferme. “Invitemos a Jesús a la barca de nuestra vida. Entreguémosle, nuestros temores, para que los venza”, nos decía el Papa.
2) Jesús hoy nos quiere liberar del sepulcro del egoísmo, de la autorreferencia. Quizás, con todo lo que estamos viviendo, en esta cuaresma forzosa causada por esta pandemia, el Señor nos quiere sacar del encierro en nosotros mismos. El Señor nos quiere liberar para que abramos el corazón a Él y a los demás. Para que pensemos en los demás, en el bien de todos: “todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente”, Papa Francisco. Es hora de que dejemos de pensar en los intereses mezquinos personales o sectoriales, y pensemos en el bien común: todos, desde aquellos que están para gobernar y conducir el país, hasta cada uno de nosotros como ciudadanos. Y esto lo vivimos en actitudes cotidianas y concretas: desde respetar la cuarentena para cuidarnos entre todos, como también, en gestos concretos de entrega, de servicio, de solidaridad hacia los que pasan cualquier tipo de necesidad.
3) Jesús nos quiere sacar del sepulcro de la superficialidad y de la frivolidad en la quizás estábamos viviendo. Esa superficialidad que nos llevaba a un activismo ciego, frenético, a caer en actitudes materialistas y creer que el sentido de nuestra vida se basa en los bienes materiales, en las apariencias, en los placeres: “nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un tiempo de elección… el tiempo de elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”, Papa Francisco.
4) Jesús nos quiere sacar del sepulcro de la mediocridad, de nuestra indolencia, de nuestra pereza. En este tiempo, Él nos quiere impulsar cada día a ser mejores de lo que fuimos ayer, a dar lo mejor de nosotros, en donde nos toca estar hoy, a ser generosos, a ser solidarios. Cuando vemos el testimonio de tantos que arriesgan su vida en el combate contra este flagelo del coronavirus y de tantos que trabajan y sirven en tantos frentes del entramado social, todo ello debe motivarnos a despertar ese héroe que está dentro de cada uno de nosotros. Es una gracia que Jesús nos quiere dar en este tiempo de pruebas por medio de su Espíritu Santo.
5) Jesús nos quiere liberar del sepulcro de una fe débil y de una esperanza pasiva. Si hay algo que nos infundió y regaló Dios por medio de la bendición del Papa el viernes fue la fuerza de la fe y el empuje divino de la esperanza. “Tenemos un ancla: la cruz. Tenemos un timón, la cruz. Tenemos una esperanza: en su cruz hemos sido sanados”, nos decía el Papa.
Fe, esperanza y caridad, virtudes teologales infusas que recibimos un día en nuestro bautismo y que hoy pedimos al Señor que nos las acreciente abundantemente. Ellas, dones de Jesús, nos dan la fuerza para salir de nuestros sepulcros y volver a caminar, seguir, luchar y dar la vida por amor.
Amén.


