Con esta temporada seca que se prolongó más de lo deseado, el ycuá (manantial) en el Santuario del Terruño de Ciudad del Este, se muestra como lo vemos en la imagen. Las aguas no discurren por su arroyito alimentando el “Jardín del Padre”.
Me recordó las palabras del P. Nicolás Schwizer citando, con la fidelidad que lo caracteriza, los conceptos de nuestro Padre Fundador:
“…(el)…camino del sufrimiento y de la cruz…Es la forma más fecunda para crecer en la Alianza de amor con Dios…Para toda persona que se deja educar por la Sma. Virgen, llegarán momentos en que el alma estará completamente árida, seca…¿Qué quiere lograr Dios con esa aridez del alma? Que nos desprendamos de una criatura a la cual estamos ligados demasiado profundamente: quiere desprenderme de mí mismo.”
Me puse a pensar que en el último par de años, con la pandemia como leiv-motiv, la aridez de espíritu se está manifestando en extremos divergentes:
Por un lado, la sequedad tradicional que hace a las personas caer en la paranoia, en la apatía o en la rebeldía contra Dios y su Divina Providencia.
En la otra punta quienes deciden desconocer todo lo que Dios nos obsequia a través de la ciencia y se dejan llevar o por corrientes delirantes o, lo que es peor, por el fanatismo religioso que las lleva a manifestar que si el Señor quiere nos salvará y si no, no hay nada que hacer. Se olvidan así que la Divina Providencia ejecuta Su voluntad a través de sus causas segundas y principalmente las libres, nosotros.
Estos últimos se autodefinen como espirituales pero, pensémoslo, llevan seca la mente que Dios les regaló para trascender en el mundo.
Como escribiera el P. Nicolás, hay que desprenderse de nuestras fobias, manías, descreencias y delirios fanáticos.


