Homilía Domingo 31º , año B (Domingo 31 de Octubre, Santuario Joven, Asunción)
En el evangelio de hoy un escriba se acerca a Jesús a preguntarle “¿Cuál es el primero y principal de todos los mandamientos?”. Era lógica la pregunta, pues en esa época, además de los mandamientos del Decálogo, revelados por Dios, los judíos debían observar alrededor de unos 613 preceptos y normativas y claro, eran tantos, que al final uno se preguntaba: ¿Cuál es el más importante? ¿Por cuál debemos empezar?
Para nosotros hoy, esta pregunta nos parece un poco extraña, porque vivimos en una época en donde prácticamente nos molesta hablar de “mandamientos”. La palabra misma nos suena como anticuada, pesada, de otros siglos. Genera un poco de malestar… No queremos que se nos mande para nada; odiamos que alguien me diga lo que debo hacer, por ese sentido de autonomía, de libertad y por el individualismo tan exacerbado propio de nuestra época: “yo soy el que decido lo que se debe hacer”, “yo soy el que decido hacer con mi vida lo que se me canta y nadie me pude mandar hacer o no hacer esto o lo otro”; “Yo no quiero tener un Dios que me mande lo que debo hacer”… Hay mucha gente, incluso cristianos, que viven y piensan hoy de esta manera… por eso, hablar de “los mandamientos”, es como que nos choca un poco…
Por otro lado, es absurdo, paradójico, porque como hombres y mujeres del siglo XXI, por un lado despreciamos y ninguneamos los mandamientos de Dios, que están ordenados para darnos vida y felicidad en esta vida y en la otra , pero, por otro lado, seguimos y cumplimos con ojos cerrados mandamientos que la sociedad y el mundo actual nos imponen hoy con mucha fuerza: “tenes que tener mucha plata”, “tenes que tener el cuerpo de una diosa o de un dios griego”; “tenes que ser flaquita”; “tenes que tener éxito y conseguirlo a cualquier precio incluso pisando las cabezas de quien puedas”; “para ser alguien, para ser importante, tenes que tener cada día mil seguidores más en Instagram, en Tiktok”, “aparenta siempre estar feliz y por nada del mundo te muestres vulnerable”, “si podes aprovecharte de alguien hacelo ya”… y así… podríamos hacer otra lista…son algunos de los “mandamientos” del mundo y millones de seres humanos los siguen y cumplen a rajatabla. En resumen, no seguimos los mandamientos de Dios, pero sí los del mundo…
Bien. La Palabra de Dios hoy nos dice cuales son los mandamientos principales para Dios. No es para nada algo superficial, ni anecdótico. Cumpliendo los mandamientos se juega nada más ni nada menos que nuestra salvación eterna. El joven rico, que estaba obsesionado por saber qué debía hacer para heredar un día la vida eterna, le pregunta a Jesús qué debe hacer y Jesús le dice: “cumplí los mandamientos” (cfr Mt 19,17). Esto nos puede parecer algo alejado de nuestra vida, pero no lo es en absoluto: es tan importante, cercano y real como la posibilidad de la muerte misma tan inesperada.
Hace poco falleció O. González D., una persona muy poderosa, conocida, con muchos bienes materiales… murió, como todos los seres humanos que han muerto hasta ahora. Y al morir, inmediatamente, su alma se debió presentarse ante el trono de Dios, del juez del universo y fue juzgada si cumplió o no los mandamientos, si amó a Dios y a su prójimo… Y así como él, cada difunto y cada uno de nosotros, -ya que un día también moriremos-, al decir de San Juan de la Cruz, “Al atardecer de la vida, seremos juzgados en el amor”. ¿Me amaste con todo tu corazón? ¿Amaste a tu prójimo como a ti mismo? Cuándo tuve hambre: ¿Me diste de comer? Cuándo estuve enfermo: ¿Me fuiste a visitar? Cuándo era un bebé no nacido, ¿Respetaste mi derecho a vivir? Serán algunas de las preguntas que se nos harán en aquél día…
Cumplir los mandamientos es también una manera concreta de amar a Cristo: “Si me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn 14,15) nos dice Jesús en la última cena. Si nosotros guardamos, valoramos, y vivimos de acuerdo con los mandamientos del Señor, es un signo claro de que somos sus amigos y lo amamos de verdad: “Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando” (Jn 15,14). “Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor” (Jn 15,10).
Queridos hermanos. Jesús nos dice hoy: el primer mandamiento es amar a Dios con todo nuestro ser, desde lo más profundo: con toda el alma, la mente, la voluntad, el cuerpo. Y pregunto: ¿Amamos así a Dios? O ¿Nos acercamos a Dios solo y siempre para pedirle cosas? Hay muchas personas que se relacionan con Dios en tanto y en cuanto Dios les da lo que ellos le piden. Pero, si de repente Dios no les otorga lo que ellos desean, se pichan, se apartan de Dios ¿Es esto amar a Dios? “Rezo, voy a misa, si vos me das esto o me haces lo otro…”. Eso no es amar a Dios. Diría mas bien que es querer usar a Dios… Miremos a la santísima Virgen, ella nos puede enseñar a amar realmente a Dios. Ella buscaba hacer siempre y en todo, la voluntad del Padre. Ella le consagró a Dios todo su ser y lo que ella buscó siempre es decir Si a la voluntad de Dios. Eso es amar.
Jesús Resucitado, cuando se aparece y dialoga con Pedro, le pregunta: “¿Me amás? Apacentá mis ovejas” (cfr Jn 21,15ss) Es decir, hacé lo que yo te mando… ¿Cómo está mi amor a Dios en este momento de mi vida? ¿Soy generoso con este Dios que me creó y me está dando ahora la vida, que dio su sangre para salvarme de la muerte eterna? ¿Intento ser un buen hijo/a de Dios con mis acciones, mi gratitud, con mis buenas obras y mis oraciones?
Jesús luego le dice al escriba: “El segundo es: amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No se puede separar el amor a Dios y el amor al prójimo: “El que dice: «Amo a Dios», y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo puede amar a Dios, a quien no ve, el que no ama a su hermano, a quien ve? Este es el mandamiento que hemos recibido de él: el que ama a Dios debe amar también a su hermano” (1Jn 4,20-21). ¿Querés saber si amas en serio a Dios?… fijate como amás a tu prójimo. Agrega San Pablo: “Porque los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo.
Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley” (Rm 13,8-10). El amor no hace daño al prójimo: con la mentira hacemos daño, con la agresividad verbal o física hago daño al prójimo; con el odio, con la lujuria o el descontrol sexual, con la avaricia hacemos daño al prójimo… con el consumo de drogas o de alcohol me hago a mi mismo y al prójimo. Con el egoísmo y la irresponsabilidad puedo hacer daño también al planeta y por tanto a las generaciones presentes y futuras.
Con cada pecado (desobediencia a los mandamientos) nos hacemos daño a nosotros mismos y a lo demás. Amar es todo lo contrario: es perdonar, es servir, es ayudar, es socorrer, es hacer el bien. ¿Y quien es el prójimo? Pregunta otro escriba en el evangelio según san lucas (cfr Lc 10,29 y ss). No es el que me cae bien, o solo los que pertencene al círculo de mis familiares o amigos, o los de mi mismo club o religión, o los compatriotas…Jesús responde a esa pregunta con la parábola del Buen Samaritano. Tu prójimo es todo ser humano, sobre todo el que sufre, el necesitado, el que está herido en el camino de tu vida. El pobre lázaro que está a la puerta de tu casa esperando que le des algo para comer (cfr Lc 16). Sé misericordioso y haz algo por él. Ama, no te canses de amar, de hacer el bien con obras concretas… al final de la vida, serás juzgado por el amor.
Amén


