Queridos hermanos y hermanas:
Nuevamente como pueblo de Dios, como Iglesia, nos ponemos en camino y queremos vivir un tiempo especial, un tiempo fuerte: un tiempo de conversión, de gracia y del Espíritu. La Cuaresma es ese tiempo y ese camino de conversión que anhelamos.
Camino de conversión, camino al corazón
Todo camino -toda peregrinación- tiene una meta, y esa meta da forma al camino y orienta el caminar. También nuestro caminar cuaresmal tiene una meta -un sentido-: el participar plenamente de la Pascua de Cristo Jesús.
Cuando en nuestro peregrinar cristiano olvidamos la meta, dejamos de ser peregrinos y nos convertimos en errantes y así quedamos “existencialmente huérfanos, desamparados, sin un hogar donde retornar siempre” y terminamos girando en torno a nosotros mismos sin llegar a ninguna parte.
Por eso, al inicio de nuestro camino cuaresmal conviene que recordemos que la Cuaresma tiene como meta la Pascua, el “revivir los misterios máximos de la fe en el Triduo Pascual”. Queremos participar de la muerte y resurrección de Cristo, queremos participar de la nueva vida del Hijo Resucitado… Queremos morir a nuestros pecados, a nuestros egoísmos, a nuestra indiferencia y a nuestros dolores… Y queremos resucitar al amor, a la plenitud, al compartir, a la felicidad. Pero, ¿cómo lo hacemos?
Necesitamos hacer este camino de conversión que es la Cuaresma. Y todo camino de conversión es siempre un encaminarse hacia el propio corazón, hacia nuestra interioridad, hacia el núcleo de nuestra personalidad: allí donde somos auténticos y no caben ya las apariencias y las máscaras, las excusas y las justificaciones.
La palabra de Dios nos pide que peregrinemos a nuestro propio corazón cuando nos reclama: “desgarren su corazón y no sus vestiduras”(Jl 2,13). Desgarrar el corazón… La imagen es fuerte, incluso dolorosa. Si desgarramos nuestras vestiduras queda al desnudo nuestro cuerpo. Si desgarramos nuestros corazones quedan al desnudo nuestros pensamientos, deseos, sentimientos e intenciones. Queda al desnudo la fuente misma de donde brotan nuestras acciones. Quedan al desnudo nuestros egoísmos, nuestros pecados: nuestro encerrarnos en nosotros mismos despreciando a los demás y a Dios.
Personalmente pienso que debemos tomar muy en serio las palabras de Jesús en el Evangelio cuando nos dice que “de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,21). A veces quisiéramos excusarnos y responsabilizar a otros por nuestros dolores y pecados, o tal vez minimizarlos. Quisiéramos no responsabilizarnos por nuestras propias acciones y sus consecuencias, o no tomar conciencia de las huellas que dejan en nosotros. Pero eso sería inmaduro e inútil, y a la larga nos privaría de ser ayudados, de ser perdonados y sanados.
El inicio de nuestra conversión radica en reconocer sinceramente que somos pecadores -que muchas veces hemos elegido libre y conscientemente el hacernos daño a nosotros mismos y a los demás-, que tenemos un corazón pecador y por ello necesitado del amor de Jesús, de su misericordia, de su perdón, de su sanación.
Sin duda este reconocimiento puede ser doloroso, puede “desgarrar el corazón”, pero el encuentro sincero con Jesús es salvación, “ante su mirada, toda falsedad se deshace. Es el encuentro con Él lo que, quemándonos, nos transforma y nos libera para llegar a ser nosotros mismos. (…) Pero en el dolor de este encuentro, en el cual lo impuro y malsano de nuestro ser se nos presenta con toda claridad está nuestra salvación. Su mirada, el toque de su corazón, nos cura a través de una transformación”.
Peregrinar a nuestro corazón y reconocerlo con sinceridad como un corazón pecador, nos debe llevar a hacer nuestra la súplica del salmista: “Crea en mí, Dios mío, un corazón puro” (Sal 50,12).Sólo Dios, nuestro Padre bueno y misericordioso, puede obrar el gran milagro de nuestra transformación. Sólo Él puede tocarnos allí donde nadie más tiene acceso, sólo Él puede regalarnos un corazón nuevo.
Y así, de nuestro corazón reconciliado y renovado, podrán brotar el ayuno, la limosna y la oración como expresión externa de un corazón amante.
Si conconfianza y sinceridad nos acercamos a Dios, nuestro Padre del cielo que “ve en lo secreto” (Mt 6,4) -que ve el corazón- sabrá darnos aquello que anhelamos: un corazón nuevo, un corazón de hijos y hermanos, un corazón semejante al de Jesús.
Queridos hermanos y hermanas, “éste es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación” (2 Co 6,2), aprovechemos esta Cuaresma y transformemos, desde nuestro interior, este tiempo que estamos iniciando en tiempo del corazón, en tiempo de conversión. Que así sea.


