Con alegría y cantando para visitar al Jesucito

“Nunca imaginé que sería tan feliz llevando consuelo, a quienes con su dolor hacen posible nuestra vida”, reza una parte de un escrito de Chiquitunga, su entrega total a Dios, a su voluntad y a ser un ejemplo de misericordia, son indudables. Su vida nos ha dejado maravillados, queremos saber más de ella, conocer acerca de su corta, pero profunda existencia.

Conversamos con María Clotilde, conocida como Amaru, la menor de los seis hermanos que tuvo María Felicia de Jesús Sacramentado, Chiquitunga.

Amaru, compartió con ella solo 9 años, pero hace un esfuerzo por recordar y atesorar cada instante vivido al lado de su hermana, hoy Beata.

Una persona híper normal

“Una de los recuerdos más fuertes, que me marcaron, es que nos llevará siempre junto al Jesucito, que estaba en su casita dorada, nos íbamos cantando, nos llevaba a rezar para que no esté solo el Mimisito, el niñito en su casita”, inicia su relato Amaru.

“Recuerdo que era muy activa, nunca faltaba a las procesiones, ella me sentaba en la plaza Italia y yo debía ayudarle a sacar las pulpas del apepú, me bañaba con el sumo, me picaba todo y escándalo le armaba, en otras ocasiones ella me hacía participar como angelito y como yo era tan cabezuda, le daba cada quebranto, pero no recuerdo que alguna vez me haya reprendido, tenía una santa paciencia”.

“Era muy alegre, sumamente alegre, para cualquier acontecimiento de la casa ella hacía una parodia, teníamos que cantar, preparaba la corona de adviento, le encantaba la sidra, que estuviera bien fría, ponía el 3X3 por el cercado, hacía explotar todo, eso le encantaba, era una persona híper normal, híper buena, híper entregada a Dios”.

“Contaba mamá, que a mi hermana Mañica (María Teresa Arminda), la segunda de mis hermanas, le gustaba la fiesta, y antes a los 18 años en Villarrica se debutaba; cuando le tocó a Chiquitunga, ella no quiso saber nada, al año siguiente le tocó a Mañica, toda entusiasmada, le dice a mi papá que quería la fiesta, papá por supuesto, se negó, porque como Chiquitunga no debutó, ella tampoco podría. Mañica empezó el trabajito para convencer a Chiquitunga, hasta que cedió por su hermana y ambas debutaron; mi papá tuvo que alzarle para volver a la casa, porque Chiquitunga ya no podía caminar, jamás usó tacos”.

“Ella era así, se daba toda, no le importaba sufrir para que otros sean felices”.

Un pedazo de cielo

“Recuerdo una anécdota en que mi papá estaba muy enojado, mi mamá sale para tratar de atajarle y le decía -Ramón, por favor no te vayas-, haciendo caso omiso él se va. Yo estaba en un árbol de mango, mi mamá nos junta a todos y pide rezar para que papá no hiciera nada, después me enteré que papá se había ido a matar a las monjas embaucadoras porque le llevaron a su hija; al final vino y le dice a mi mamá, -Maminda, vengo de un pedazo de cielo, no te imaginas las bellezas de las chicas, si otra de mis hijas quiere irse, yo personalmente le llevo-.

Después supimos que lo único que les pidió a las monjas es que por favor ella conservara el nombre de María Felicia, que es el nombre de su mamá y eso le concedieron.

En ese entonces, se decía por las Carmelitas, muertas en vida, al decir muertas en vida, a mi corta edad, lo único que entendía era muerte, fue así que ella hace sus votos, se acuesta boca abajo y las otras monjas todas con velos negro, a cara tapada y tirándole pétalos de rosa; yo pensé -Chiquitunga murió-, empiezo a hacer un escándalo incontenible; después en las fotos pude ver que ella se levanta y me clava una mirada, porque yo no paraba de dar gritos.

Yo tenía 6 añitos cuando ella fue de monja, leyendo sus libros y sus diarios es donde voy enterándome de muchas cosas. Después de la primera comunión se entrega totalmente a Jesús, no dejó un solo día de ir a misa y comulgar, ese era su alimento, ese era su motor, ella decía que, si no hacía eso, ella moría, tampoco dejó de asistir a la adoración, estar con su Jesús, eso era lo máximo para ella.

Trabajó mucho por las obreras católicas, les llevaba el evangelio, les catequizaba, era catequista de alma, en todo lo que hacía ponía un rayito de luz referente a Jesús. Marcelino Valiente es un poeta de esa época, era comunista, estando en la cárcel ella iba a visitarle, hasta que logró la conversión de él. Hay poesías que testimonian eso, su hijo dio su testimonio también.

Nosotros le veíamos a ella una vez al mes, los segundos sábados del mes, las visitas eran en patota, toda la familia; nos preguntaba cómo nos iba en el colegio, si nos portábamos bien, si le quebrantábamos a mamá.

Ella por el contrario no nos iba a contar si estaba mal, si le dolía algo, o lo que fuere, las veces que se hizo ver fue porque estaba muy enferma.

Recuerdo que muere Mañica de hepatitis infecciosa, luego de eso vamos a verle Chiquitunga, y ahí ya estaba ella también enfermita, de la misma enfermedad, se la tuvo que sacar para tratarla, vuelve al convento, teniendo que guardar reposo, cosa que aparentemente no ocurrió, porque ella no podía estar quieta y sin ayudar. Poco tiempo después se la sacó otra vez, pero según mi hermano que la había visto ya la sacaban sentenciada.

Fervor escondido

Cuando empezó todo esto, nos enteramos que había un fervor escondido, mucha gente que la conoció o que le pedía cosas a ella, con todo el proceso empezaron a surgir, historias, vivencias y  milagros.

En una de las misas, se acerca una señora y nos cuenta que su tía lavaba ropa ajena en Villarrica, dice que Chiquitunga se iba a las 4 de la mañana a sacarle agua del pozo, le ayudaba a lavar y colgar la ropa, terminaba eso y volvía a casa como si recién se levantara.

Hay gente que se curó de cáncer, Juanita es una de ellas, ella iba a rezarle en las misas todos los 28, y se curó, hasta hoy día ella trabaja y está en el movimiento el Carmelo Seglar, su apostolado es el comedor Chiquitunga en Limpio.

Ana María que salió en los diarios, nadie se explica cómo se curó de la leucemia cuando ya estaba desahuciada. El milagro de Ángel Ramón, que fue comprobado.

Nos contaron el caso de un señor, él ni sabía que Chiquitunga existía, estaba muriendo, le dan una estampita a la esposa, ella coloca la imagen bajo la almohada del esposo cuando duerme. Amanece, pasa el peligro y entonces, el señor dice, -anoche estuvo una enfermera, tan hermosa, tan linda, tan buena, me habló, me cuidó, no saben el nombre, porque yo no se lo pregunté-. El señor dice que era ateo, y aprovechando la situación la señora le dice, -ya que estás bien vamos a dar gracias a Dios, vamos a pedirle a Chiquitunga-, saca la estampita para rezar, el señor al ver le dice: -esta es, esta es la enfermera que vino-; -no puede ser, ella es una monjita-; -ella vino, estuvo conmigo, me atendió-. Y como esas anécdotas hay montones.

Que pierda mi vida, antes de que yo te traicione

A Chiquitunga se le presentó el amor terrenal también. Fue un noviazgo poco convencional, se trataban de usted. Dice que iban a ir al cine, y le dice ella, -qué le parece si en vez de ir al cine nos vamos a la escuelita, al barrio obrero, para que usted atienda- (él estaba en el 4to. año de medicina, ella de paso enseñaba o le ayudaba con algún servicio).

Pero había sido que ella se enamora de él, de verdad, y se presenta esa pugna del amor a Dios, a su Jesús, porque ella se entrega a él, le entrega todo a Dios, en un momento dice, que pierda mi vida, antes de que yo te traicione, pero en vista de lo que pasaba, dice, -Qué querés de mí, por qué me mandás esto-, y él viene y le dice que se va de cura, esa fue la respuesta de Dios; y para Chiquitunga el sacerdote es Jesús en persona, se ve en sus escritos, -TODO TE OFREZCO SEÑOR- es una fórmula que ella hizo para su vida, por los sacerdotes, por las almas y por su familia.

Siempre trenzas y rodetes

“La foto de la beatificación, es una foto en la que papá le pide a ella que se saque con la cabellera suelta, antes de que se le corte en el convento, porque él nunca le vio con cabello suelto; ella toda la vida anduvo con rodete y trenza”.

“Llegar a este punto en que la gente la venera, es muy fuerte, el regalo de Dios es tan grande para la familia, que verdaderamente no lo dimensionamos, yo lo único que pienso es que me tengo que portar bien”, finaliza Amaru, entre risas y honda emoción.

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