“¡Canonícenlo ustedes mismos a su Fundador!”

Hoy (domingo 12 de julio) en el evangelio acabamos de escuchar la parábola del Sembrador (Mt 13,1-23). Jesús nos relata la parábola y también nos da la interpretación. Así que, ¿Qué puedo agregar yo? La verdad que es un texto muy hermoso, pero en esta homilía no me voy a referir a la Palabra de Dios de este domingo sino, a lo que está aconteciendo con la persona de nuestro Fundador el Padre José Kentenich. La verdad que el tema da para tanto que no se puede abordar en una homilía, con tan poco tiempo… Por lo demás, en esta semana, en estos días trascurridos, hemos tenido una gran cantidad de charlas y conferencias sobre el tema. Así que, seguramente, para ustedes, -que ya han escuchado estas charlas tan esclarecedoras-, no es necesario que me refiera a estos hechos. Por tanto, no me voy a referir tanto a la historia, o a los acontecimientos, sino a lo siguiente:

1) Personalmente me reconozco, como persona y sacerdote, hijo espiritual del Padre José Kentenich. Y sin ser un historiador de la Iglesia, sino como sacerdote de Schoenstatt, un “humilde trabajador en la viña del Señor”, estoy absolutamente convencido de la santidad e integridad moral de nuestro Padre fundador. Y estoy seguro, que todo esto será reconocido por la Madre Iglesia cuando sea beatificado, cuando llegue el momento dispuesto por Dios. Por tanto, considero absolutamente falsas esas acusaciones que la señora Von Teuffenbach ha mencionado. ¿Por qué digo que estoy convencido de la ejemplaridad e integridad de vida del Padre Fundador? Podría mencionar muchos motivos, pero me quedo con los siguientes:

Por su propia vida como tal. Desde su infancia hasta el día de su muerte. Por todo lo que vivió y realizó, por su sacerdocio tan fecundo. Por todo lo que tuvo que sufrir… Perseguido por los nazis, cuestionado duramente por la misma Iglesia. Esas cruces solo pueden ser “signos” de una vida muy especial… Obviamente, que, no fue “un santo desde la cuna”, pero, toda su vida, en su conjunto, me habla de santidad.

Por la obra que ha realizado, o mejor dicho que María, por medio de él, su instrumento, llevó a cabo. “Por sus frutos los conoceréis” (Mt 7,16), nos dice Jesús en el evangelio. Uno ve este gran movimiento, esta familia, extendida por tantos países: todo ello habla de una gran fecundidad. Y cuando me refiero a su obra, me refiero también a su mensaje y su misión para este tiempo.

Por los hijos espirituales que, siguiendo su ejemplo de vida, su enseñanza, su carisma y su conducción espiritual, ya están en proceso de beatificación: el beato Karl Leisner, la venerable Hna. Emilie Engel, el venerable Mario Hiriart; los siervos de Dios: Don Joao Pozzobon, José Engling, Hernán Alessandri y Franz Reinisch… y nos solo ellos sino tantos otros, que viviendo la espiritualidad de Schoenstatt, sin estar en proceso, han vivido y viven esa “santidad de la puerta de al lado”, como la llama el Papa Francisco.

Por la voluminosa obra escrita que dejó. Obviamente que todos sus escritos están siendo analizados y estudiados, pero puedo decir, yo mismo, que todo lo que leído, me ha llevado amar y creer más a en Dios, a profundizar mi fe, a amar mas la Iglesia, a María. Y no solo a mi, sino a miles de personas.

Por las personas que he conocido y que tuvieron la gracia de haber conocido en vida al Padre Kentenich. Yo pertenezco a la generación que nació después de su muerte. Pero en 2 mi vida, he conocido a muchas personas (sacerdotes, hermanas, laicos, de varios países y estados de vida), que conocieron al Padre personalmente y todos ellos, me transmitieron que era un hombre de Dios, alguien que reflejaba una santidad especial, que transmitía un profundo amor a Dios y a los demás, sobre todo un amor extraordinario a la Santísima Virgen y a las personas que se confiaban a él.

Por la fama de santidad que, desde que murió y sobre todo, desde que se abrió oficialmente su proceso de beatificación, en 1975, ha ido creciendo cada vez más. No decía los otros días el Postulador el Padre Eduardo Aguirre que había miles de testimonios de gracias escuchadas y obtenidas por medio de la intercesión del siervo de Dios el Padre Kentenich, obviamente que todo ello debe ser analizado y estudiado minuciosamente.

2) Ahora, en todo este tiempo me he estado haciendo la pregunta, que da para largo, y que aún sigo reflexionando, sin pretender tener ya todas las respuestas: ¿Qué nos quiere decir Dios con todo esto? ¿A qué nos llama el Dios Providente con estos acontecimientos?

a) En cuanto a la historia y los hechos objetivos en la vida y en la historia del Padre, de la familia de Schoenstatt y de la Iglesia en esos años tan complicados, creo que todo esto es una ocasión para ver con objetividad, transparencia y apertura todo lo acontecido. La diócesis de Trier ha creado una nueva comisión histórica en esta semana, para que estudie a fondo y tenga acceso también a los archivos desclasificados recientemente de la época del Papa Pio XII. Esto va a ayudar al proceso, estoy convencido.

b) Creo que para todos nosotros, como familia, como hijos espirituales del Padre Kentenich, toda esta “tormenta”, es una ocasión, para tomarnos muy en serio lo que el Papa San Juan Pablo II nos dijo en su momento: “¡Canonícenlo ustedes mismos a su Fundador!”. Es nuestra responsabilidad, es nuestro compromiso, es nuestro acto de fidelidad y amor al Fundador. “¡Ya no hay excusas!”, diría Nonino Flecha. En este sentido, nos toca primeramente a nosotros, no al Papa o a los teólogos, a nosotros, “declarar” santo al Padre Fundador: con nuestra coherencia de vida, con nuestro heroísmo en la entrega, con una vida cada vez más intachable, con nuestro testimonio, con nuestro amor a la Iglesia, con nuestra vida de santidad en medio del mundo. Quizás en este punto habíamos caído en un cierto letargo, en la tibieza; quizás como Familia, nos habíamos ido durmiendo en los “laureles” del triunfo después que el Padre volvió de su largo exilio a Schoenstatt y murió un 15 de Septiembre de 1968. Con todo esto, Dios nos quiere sacudir de nuestra modorra y nos dice: “¡Canonízalo vos a tu Fundador!”.

Cuando el Padre estaba preso en la prisión de Coblenza, semanas antes de ir al campo de concentración de Dachau, como también cuando partía al Exilio en Milwaukee, dolorido humilde, él nos decía, que el “precio” de rescate de su liberación, era vivir la Alianza de Amor a la altura del Poder en Blanco y de la Inscriptio. Estoy convencido que esto mismo nos pide ahora, para ser “liberado” de estas calumnias y de las sombras del pasado. La Mater nos interpela y nos dice: “¡Ha llegado la hora de tu amor!” .

c) Creo que es una ocasión para profundizar el amor, el vínculo, la adhesión al Padre Fundador. Como fundador de un Movimiento en la Iglesia, nosotros somos sus hijos. Hemos ido creciendo y nos hemos ido nutriendo con su espiritualidad, su pedagogía, la riqueza de su carisma. Creo que esto nos lleva hoy a cada schoenstatteano a profundizar y personalizar 3 el vínculo con el Padre. Un vínculo, una relación que debe expresarse en un compromiso con la misión profética del Fundador. Esa misión, que Dios le confío. Y como él mismo lo formuló: “mi misión fue y es anunciar al mundo el misterio de la Santísima Virgen. Mi labor es proclamar a la Santísima Virgen, darla a conocer a nuestra época como la permanente colaboradora de Cristo en toda la obra de la Redención…la Santísima Virgen, en profunda bi-unidad con Cristo y con la misión específica que ella, desde el Santuario, tiene para nuestro tiempo” (Kentenich Reader, tomo I, pág 82).

El Papa San Juan Pablo II nos decía que debíamos seguir en fidelidad creadora a nuestro Fundador. Lo mismo insistió el Papa Francisco en 2015. Que debíamos hacer que el carisma de Schoenstatt se abra a los desafíos del tiempo actual. ¡Esto nos toca a nosotros, es nuestra tarea, es nuestra responsabilidad!

d) Creo que es una ocasión para seguir entregando la riqueza del carisma del Padre Kentenich, para la misión, para el servicio a la Iglesia. Es decir, todo esto nos debe motivar a seguir difundiendo su persona, su pensamiento, su aporte a la espiritualidad y fe de nuestro tiempo. Difundirlo por medio de la oración, darlo más a conocer, rezar por su beatificación; conocerlo, leerlo, estudiarlo, profundizar en su mensaje, en su carisma. Regalarlo a la Iglesia.

e) Por último, es una llamada a unirnos como familia. Cuando en una familia le pasa algo a la madre o al papá, nos unimos todos, nos atañe a todos. Todo lo que está pasando, es un llamado a unirnos no solo en la oración, sino también en el amor, en la comunión, en la fidelidad mutua, en el apoyo y solidaridad los unos con los otros. Estamos todos en la misma barca. La Reina nos protege con su manto, “invicta en el huracán”, cuida y sabe que “los suyos no se hundirán”.

Amén

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