“Muchas veces nos advertían que tal lugar era muy peligroso, pero no nos deteníamos”
Cristina Velázquez nos comentó sobre el apostolado que durante 3 años realizó el equipo de la Rama de Mujeres Profesionales de Schoenstatt visitando a las reclusas de la cárcel de mujeres del “Buen Pastor” en Asunción.
El equipo estaba buscando en el año 2015 un apostolado de alto impacto… todavía hacían eco en ellas las palabras del Papa Francisco a la familia de Schoenstatt en la reunión de Roma en el 2014, cuando recomendaba no quedarse a “peinar ovejas” sino que ir en busca de ellas, “ir a la periferia” como tantas veces insistió. Entonces surgió la idea de visitar la cárcel, “un lugar tan próximo, a solo 10 minutos de nuestro Santuario Joven, pero tan dejado de lado”.
“Por las medidas restrictivas propias de un centro de reclusión, tuvimos que adecuarnos inicialmente a las horas de visita establecidas y a esperar pacientes en la capilla del lugar a que acudieran las mujeres interesadas en tener un encuentro con nosotros, con la Mater y con Su Hijo. Eran pocas las que venían, lógicamente muchas de ellas no nos conocían y tampoco estaban de ánimo para buscar a Dios en la precariedad de su situación. Al poco tiempo dimos un paso más, fuimos el primer grupo al que se le permitió llegar hasta los pabellones, a las celdas y así encarnar la misión de ir a buscarlas. Hasta allí llevamos la imagen de la Virgen Peregrina y sí, a veces volvíamos a encontrar el desgano, mujeres que recostadas nos decían en guaraní que si Dios quería les iba a encontrar igual, sentadas, arrodilladas o acostadas. Así iniciábamos el rezo del rosario, improvisábamos una oración y al llegar a las peticiones veíamos como hasta el corazón más duro se abría, pedían por lo mismo que pide toda mujer: por sus hijos, por su esposo, por sus padres. Era duro sobre todo escuchar las peticiones por el cónyuge o por el hijo que también estaba recluido o que había salido recientemente de la cárcel y ellas rogaban a Dios que no reincidiera, muchas de ellas eran conscientes de sus faltas y la pena les conducía a un pesar y arrepentimiento genuino”.
Cristi nos cuenta que el Padre Martín muchas veces las acompañaba y su presencia era muy valorada por todas… iniciaron también Adoraciones dentro de la cárcel y para ello estas “apóstoles” de Schoenstatt reunieron fondos y compraron la custodia, de manera que el Santísimo tuviera su espacio en este lugar que tanto lo necesitaba.
Se le quiebra la voz cuando recuerda la ceremonia de bautismo en el pabellón “La Esperanza”. Allí algunas mujeres sellaron su Alianza de Amor como Misioneras de la Campaña del Rosario y varios niños -porque en el correccional también están los hijos pequeños de las reclusas- pudieron recibir las aguas bautismales, eso les llenó de emoción. “Nos ocupamos de decorar el lugar, pusimos una torta y logramos compartir con ellas la alegría de este sacramento para sus hijos. Una experiencia inolvidable que confío cambiará la vida de estos bebés y de sus mamás”. En el penal ellas conquistaron siete Vírgenes Peregrinas y una acompañó a su misionera cuando salió en libertad poco después de recibirla.
“Fuimos un poco atrevidas y la compañía del Espíritu Santo nos protegió para que no tuviéramos ningún percance” confiesa Cristi. “Muchas veces nos advertían que tal lugar era muy peligroso, pero no nos deteníamos. Al recordarlo pienso que tal vez era la Mater como buena conquistadora la que nos conducía hasta el último rincón. Así llegamos también al pabellón donde están las que tienen algún problema de salud, privadas de su libertad y además enfermas. Se sentían olvidadas del mundo y a veces nos compartían la pena de no recibir visitas justificándolo ellas mismas, explicándonos que sus familiares también tienen sus cosas que hacer, que están ocupados y que no las pueden venir a ver.
“Las mujeres miraban la imagen que de la Mater que les visitaba con esa mirada de devoción que sólo recuerdo haber visto en las personas que ven pasar a la virgen durante una procesión: emocionadas, tocadas en lo más íntimo… Las despedidas son siempre duras, se nota en ellas la desconfianza de que no volveríamos, de que también nos olvidaríamos de ellas y por eso nos estremecía escuchar que nos decían que iban a rezar por nosotras, que le iban a pedir a Dios que nos acompañe durante la semana para que pudiéramos pasarla bien y regresar a visitarles el sábado siguiente ¡ellas rezan por nosotras!”.
Cristi recuerda que durante estos tres años también llevaron, artículos para aseo personal, ropas, colaboraron en reconstruir el techo que se había caído, pero lo más valorado era su presencia, se sentían verdaderos instrumentos y también fortalecidas por lo que entregaron y por lo mucho que recibieron. “Uno sale muy enriquecido, sale además valorando lo que tiene, valorando la libertad y buscando la mejor manera -en esa libertad- de abrir el corazón, de expandirlo para llegar al otro, al compañero de trabajo, al vecino, al familiar que tal vez está tan solo como alguna de estas mujeres y está esperando un momento de atención, un abrazo, una oración”.
Admirados por la entrega de las “pro”, celebramos que hayan decidido mantener el apostolado.


