Esto decía el Papa Francisco en mayo del 2018 a los jóvenes que se reunieron con él en la Jornada Mundial de las Misiones.
La vida es una misión, y no hay nada más lindo que empezar el año reafirmando esto. Encontrar, por un lado, jóvenes que incluyen en su definición de año nuevo el cargar un bolsón, tomar su peregrina y caminar al encuentro de aquellos que quieren abrir la puerta a un rostro amigo y a un oído atento; descubrir, por otro lado, el anhelo personal de dar un poco del corazón al que se cruza en nuestro camino.
Este año, con las misiones Patria Pater, volvimos al pueblo de Ybytymí, en el departamento de Paraguarí. Un lugar hermoso, rodeado de cerros y campos verdes, con necesidades reales y jóvenes que anhelan ver cambios en su comunidad. Tierra fecunda para las gracias de nuestra Madre.
EL SERVICIO COMO MISIÓN
Al entender la vida como misión, podemos comprender que no sólo se trata de salir a visitar casa por casa. La misión puede tomar varias formas, ajustarse a las realidades más adversas o a las necesidades más simples. Puede ser ayudar a limpiar la casa de una señora mayor, sacarle una sonrisa a un niño, o cebar un buen tereré.
Es un tiempo en el cual la definición de “misionar” cambia y se amolda a la vida misma.
A los jefes de Servicio les toca trabajar constantemente dentro de las escuelas. A su cargo está la comida, la limpieza, el orden, el descanso y la comodidad de los misioneros. Recordemos que estamos hablando de misiones de verano: calor, lluvia, falta de agua potable, agua corriente, electricidad. Son situaciones que enfrentamos por seis días, y que la gente del pueblo tiene que tolerar todo el año.
Sí, este es el segundo año en el que voy a misionar en enero y que no visito una casa con la imagen peregrina; que no recibo la bendición de una abuelita al llevarle la imagen de su mamá María; que no me pierdo por los tape po’i de la vida para encontrar a una familia que, de otro modo, no se habría enterado del festejo del día de Reyes.
Es el segundo año en que mis misiones se hacen para adentro: despertando a los misioneros con alegría, con los baldes y bidones cargados del agua corriente que se habilita a las seis de la mañana, por una hora, para que el pueblo pueda abastecerse. Es la única manera de bañarse, cocinar y limpiar en una escuela que, se nota, es amada y cuidada por la comunidad educativa.
Es el segundo año en que, para las siete de la mañana, me toca poner la mesa del desayuno, y preparar los termos y guampas de tereré para que los misioneros puedan salir del impulso matutino e ir a misionar sin sufrir demasiado el calor. Despedirlos e ir hacia la cocina, para ayudar en el lavado de cubiertos y en la preparación del almuerzo, a cargo de los jefes de servicio más hábiles en la cocina.
Es el segundo año en que, durante toda la mañana, nos aseguramos de que todo se mantenga limpio y ordenado; “guarda el orden y el orden te guardará a ti” me decía mi mamá cuando era más pequeña, con la esperanza de que ordenara mis juguetes… Y, en verdad, un entorno ordenado predispone al espíritu y nos permite enfrentar con calma las tareas del día.

Es el segundo año en que, apenas llegados los misioneros, servimos el delicioso almuerzo y bendecimos todos juntos, agradeciendo las manos que lo prepararon y pidiendo por aquellos que no tienen pan. Y empieza el momento de comunidad, de encuentro, de risas y de compartir. La mesa congrega a la familia y predispone a los corazones. Es en torno a la mesa que nos permitimos un encuentro más cercano con nuestros hermanos de misión.
Es el segundo año en que, luego del almuerzo, la mayoría de los misioneros va a descansar para recuperar energías, y algunos quedan lavando los cubiertos del almuerzo. Y les toca, por un ratito, ser jefes de servicio. Este año encontré a todas las comunidades, entre risas y chistes, lavando las ollas y cacerolas, sin quejarse por la grasa, la falta de agua o por tener que trabajar. Estaban haciendo de lo cotidiano, misión.
Es el segundo año en que, al partir los misioneros a la tarde, los jefes de servicio nos quedamos un rato tranquilos y hacemos comunidad. También es nuestro momento de encuentro, de calma, de orden interior y exterior. Es nuestro momento de Santuario, de cantar desafinado y sin guitarras, de acompañar a Jesús en el Sagrario. Y después de nuevo a trabajar.
Es el segundo año en que, al final del día, se hacen reales las palabras del Padre José, que en la Consagración Nocturna pide: “Que mañana nos levantemos sanos y renovados a la hora señalada, para consagrarte con generosa servicialidad nuestra fuerza y nuestros tiempo.” (HP 383)
Este año, por segunda vez, descubrí que la misión es más grande de lo que imaginamos. Que puede ser vida, y dar vida, aunque no notemos inmediatamente el efecto en los demás. ¿Cuántos misioneros pudieron invitar su tereré al llegar a una casa?, ¿cuántos descansaron bien y cómodos a la siesta?, ¿cuántos disfrutaron de la comida y recargaron energías para salir al encuentro?
¿Y cuántos descubrieron que servir desinteresadamente es amar, y que no hay mayor satisfacción que dar al otro lo mejor de uno, de regalar hogar tan lejos de casa y de descubrir que el otro me necesita?
Eso es hacer de nuestro caminar, un encuentro. Es hermanarnos por algo más grande, por un amor más profundo que nos invita a salir de nuestra comodidad y a atrevernos a ser mejores, por y para los demás. Es ponerse la peregrina al hombro e ir regalando el rostro de Cristo en cada gesto, en cada palabra, en cada mirada.
Es hacer vida de la misión.



