Las cosas de la vida, y del trabajo, me trajeron hasta la bella ciudad de Colonia, a orillas del Rin; y me han dado la maravillosa oportunidad de conocer su catedral y el tesoro que alberga: la tumba de los Reyes Magos.
Los Reyes Magos unen historia, devoción y espíritu de aventura. A lo largo de los siglos muchos han salido en su búsqueda. Marco Polo vio sus tumbas en Irán, la emperatriz Elena se hizo con sus restos, Federico Barbarroja robó su sepulcro. Actualmente reposan aquí en la catedral de Colonia y para entender qué hacen aquí vamos a recorrer un poco la historia. El Evangelio de San Mateo es el único que habla algo de unos magos (sabios, astrónomos, seguramente persas) venidos de oriente para adorar a Jesus. Son los evangelios apócrifos los que se explayan algo más sobre ellos. Cuentan que los sabios se bautizaron tras la resurrección de Jesús y llegaron a ser obispos, sufriendo martirio en el año 70 d.C. Sus restos mortales se guardaron en un mismo sarcófago, que Santa Helena, madre del emperador Constantino – por fortuna para nosotros una compulsiva coleccionista de reliquias religiosas- recuperó y llevó a Constantinopla. Más tarde, Costantino los regaló a su embajador en Milán, el futuro obispo Eustorgio. Allí estuvieron en la iglesia de San Eustorgio, hasta que en 1164 otro emperador, Federico Barbarroja, destruyó la ciudad y regaló las reliquias a Reinaldo de Dassel, uno de sus consejeros más cercanos y arzobispo de Colonia, quien se llevó sus cuerpos a Colonia para convertir la ciudad en una meta de peregrinación similar a Santiago de Compostela.
Y fue tal la afluencia de devotos a Colonia para ver las reliquias que a partir de entonces se planificó una catedral acorde al tesoro que debía resguardar y con suficiente capacidad para albergar a los miles de peregrinos que querrían verlo. La construcción comenzó 23 años más tarde y se extendería por más de seis siglos. Es la segunda catedral católica más grande del planeta, asombran sus medidas: las torres tienen 157 metros de altura, (4 pisos más que el edificio más alto de Asunción, la Torre Ícono se localiza en Juan de Salazar y Boquerón), el interior 144 metros de longitud y 45 de anchura, y la nave central 45 metros de alto.
Los restos de los reyes se guardan en un impresionante relicario que se puede ver detrás del altar mayor, en una zona accesible sólo de a ratos. Es un relicario grande, pesado, cubierto de oro y adornado con detalladas figuras de apóstoles y escenas de la vida de Cristo. Es una obra de orfebrería que adopta la forma de basílica mediante la superposición de tres féretros (dos juntos y el tercero encima de ellos); son de madera pero están recubiertos de oro, plata, esmaltes y piedras preciosas y con una rica decoración de relieves escultóricos. Mide aproximadamente 2,20 metros de largo x 1,10 de ancho x 1,53 de alto, pesa 350 kg y su autor fue un prestigioso orfebre que tardó 45 años en terminarlo. Es una obra tan hermosa que parece haber sido hecha para un rey. O mejor, para tres reyes.
Lo cierto es que el relicario efectivamente contiene tres cuerpos, como se pudo comprobar cuando fue abierto en 1864. Eso sí, no están completos porque algunos huesos (un húmero, una tibia y un esternón) se devolvieron a Milán a principios del siglo XX como compensación por el saqueo.
Pocos datos ciertos sabemos de los Reyes Magos y eso refuerza la fascinación y el encanto de estos misteriosos personajes. El Evangelio no dice cuántos eran, pero sí que llevaron tres regalos a Jesús. Viajaron desde Oriente hasta Belén, intrigados por una estrella que anunciaba el nacimiento de un rey. Se entrevistaron con Herodes y para engañarlo, regresaron a sus países por otro camino. Y tienen la honra de ser los primeros no judíos que reconocieron a Jesús como Dios.
En casi todo el mundo se les conoce como Melchor, Gaspar y Baltasar. Pero en Milán, donde se custodió su tumba durante varios siglos los llaman Dionisio, Rústico y Eleuterio. Los Reyes Magos aparecen ya en un fresco del siglo II-III que está en las catacumbas de Priscila, en Roma. En una de sus paredes se ven tres figuras ataviadas con vestiduras persas que se acercan a la Virgen María y al Niño Jesús.
El Papa Benedicto XVI piensa que los reyes conocían bien las profecías de un profeta pagano que cita el Antiguo Testamento. Se trata de Balaán quien vio la llegada de un rey judío acompañada por una gran estrella: «Avanza una estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel». De alguna forma, los Magos vieron cumplida esta profecía ante una conjunción astral entre Júpiter, Saturno y Marte que tuvo lugar en el año seis; o quizá tras ver una supernova. Por eso, se pusieron en camino hacia Judea para conocer y adorar al nuevo rey. La fecha es verosímil porque por un error de cálculo, nuestro calendario tiene un desfase de 6 ó 7 años respecto al año de nacimiento de Jesús.
Aquí en Alemania no se dejan los zapatos ni agua y pasto para los camellos, pero a medida que se acerca el 6 de enero las calles se pueblan de jóvenes y niños que entonan canciones de puerta en puerta y reciben donaciones. Es tradicional que los jóvenes bendigan la casa mediante un curioso código escrito con tiza en el frente del edificio: incluye el año, un asterisco que simboliza la Estrella de Belén, tres cruces (que bien pueden referir al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo o a los Reyes Magos) y las letras C, M y B. Los más conservadores dirán que esta es la sigla de «Christus mansionem benedicat» («qué Cristo bendiga esta casa»), pero para otros son las iniciales de Gaspar, Melchor y Baltasar en alemán.
Hay incontables historias y tradiciones en torno a estos sabios de oriente. Por ejemplo se atribuye al apóstol Tomás «el bautismo y confirmación de unos envejecidos y achacosos Reyes Magos en la fe en aquel Niño al que habían ido a adorar algunos años atrás». La tumba del apóstol Tomás se venera desde hace siglos en Mylapore (Kerala, India). Con esos Reyes Magos habría acudido a encontrarse, incluso durante su vida pública, Jesucristo. Esto no es una leyenda, sino una visión privada de la Beata Anna Catalina Emmerich, recogida en su libro “La vida oculta de la Virgen María”.
Allí les denomina Mensor, Sair y Zeokeno, quienes dirigieron a Nuestro Señor en su humilde pesebre «palabras conmovedoras e infantiles». Según la monja alemana, Jesús les devolvió la visita en algún momento entre la resurrección de Lázaro y la Pasión: «El primer Rey Mago al que Cristo va a ver, que es el de más edad [Melchor], siente en su interior que aquel visitante inesperado es el mismo Niño al que él fue a adorar treinta y tres años atrás, lo que le lleva impulsivamente a hincar la rodilla, quitarse la corona y ponerla en tierra, y ofrecerle un presente, exactamente como hizo entonces. Es este Rey quien conduce a Cristo hasta las dependencias del segundo [Gaspar], tan achacoso que no es capaz de levantarse de su trono. Y son estos dos Reyes los que llevan a Cristo a ver al tercero [Baltasar], quien descansa no en un aposento real, sino en una tumba». Anna Catalina Emmerich consigna además un detalle conmovedor: «Ante la tumba del Rey muerto los otros dos lloraron como niños, que es como lloran los hombres la muerte de los amigos con los que han querido tanto y vivido incontables aventuras».


