“Escuchar e interpretar lo que el corazón de Dios dice fue una de las grandes virtudes de nuestro Fundador y seguramente estaremos lejos de lograr tal grado de captación de la voluntad divina, pero vale la pena esforzarnos en conquistarlo”
El camino que lleva a escuchar el corazón de Dios comienza por amarlo. Lo explicó claramente Jesús cuando expresó: “A quien lo ama, Él se le revelará y hará morada en él” (Jn 14, 21-23). Dios tiene siempre su corazón cerca de nuestro oído. Él necesita de nuestra paciente escucha para abrirnos su corazón; de hecho, sólo la paciencia comprende el amor y aprende el amor.
Él muchas veces irrumpe en nuestras vidas y nos llama para hablarnos. Es entonces cuando debemos decir como Samuel: “Habla Señor, que tu siervo escucha” (1Sa 3,10).
Nótese lo valioso en la respuesta de Samuel, él oye su llamado y le dice al Señor que lo escucha. Aunque oír y escuchar parecen ser lo mismo, no lo son en lo absoluto ya que uno puede oír sin escuchar. Uno puede percibir los sonidos y deleitarse con los sentimientos que suscitan, sin necesariamente entender lo que estamos oyendo, algo que nos pasa muy a menudo cuando oímos a Dios.
Como dice el padre Carlos Padilla, estamos más acostumbrados a escuchar lo que “Dios nos quiere” que lo que “Dios quiere”, Vivimos más ligados a su misericordia que a sus designios… Pedimos mucho pero escuchamos poco.
Para realmente escuchar algo -y especialmente el corazón de Dios- debemos disponer nuestro corazón y también tener activados los sentidos para entender lo que estamos oyendo; debemos prestar atención, concentrarnos, pensar y razonar.
Si escuchamos atentamente el corazón de Dios ¿qué encontraremos? Encontraremos a Jesús y a María. En el corazón del Hijo, el Padre oye cada latido de nuestro corazón, y en el corazón del Hijo encuentra nuestro corazón y le habla.
El Padre Kentenich supo dar un paso trascendental al poner su mano en el pulso del tiempo en 1914 para detectar que: “Según el plan de la Divina Providencia, debe ser la gran guerra europea un medio extraordinariamente provechoso para ustedes en la obra de su propia santificación…”; pero también puso su oído en el corazón de Dios y allí escuchó que el camino era hacer una alianza de amor con María.
Escuchar e interpretar lo que el corazón de Dios dice fue una de las grandes virtudes de nuestro Fundador y seguramente estaremos lejos de lograr tal grado de captación de la voluntad divina, pero vale la pena esforzarnos en conquistarlo.
Podemos comenzar por entender cómo Dios me ha hablado en el transcurso de mi vida, puedo ver con mayor claridad la mano de Dios hacia atrás que hacia adelante porque el futuro tiene una base clara que es la inseguridad y la incertidumbre. Ese amor que utilizó para conducir nuestras vidas, cómo se fueron dando las “causalidades” que nos modelaron y los designios que nos forjaron debe ser la primera escuela para comprender cómo Dios me habla. En lo personal me ayuda recrear ese momento en que puse mi oído en el corazón de Dios y escuché su llamado a compartir mi vida con María en Schoenstatt.
Si algo aprendo de todo lo vivido es que está Dios en lo alto y vivir anclado en el corazón de Dios es el acto que equilibra mi futuro; porque la voluntad de Dios no va a ser un deber ser, será la consecuencia de haberme amado.
Otra pista para cultivar la escucha de Dios nos la brinda el PJK; él decía que el alimento de nuestro corazón es rastrear el camino de mi vida donde me ama Dios, en personas concretas, en hechos concretos y en sucesos concretos.
Recordemos que: “El orden del ser determina el orden de actuar…”, debo escuchar qué me pide el amor de Dios en lo que soy; no en lo que no está en mí. No me pide que busque otra familia u otra profesión, me pide que obre desde lo que soy y tengo.
Hemos hablado sobre cómo nuestro oído debe estar atento al corazón de Dios… pero no debemos olvidar que a su vez el oído de Dios está atento a nuestro corazón. «El oído de Dios está sobre tu corazón» decía San Agustín. Su oído, Él lo inclina hacia nosotros en el momento en que el Padre escucha al hijo a través de la oración. Dejar que el oído de Dios se pose sobre nuestro corazón es el arte de la oración.


