A veces al que se apura, Dios no lo ayuda

La fecha de hoy, 10 de febrero, trae consigo la recordación del inicio de un proceso que se prolonga ya por 47 años: el proceso de beatificación de nuestro Padre Fundador.

En esa jornada de 1975 el Obispo de Treveris, Bernhard Stein, le da apertura y desde entonces los schoenstattianos oramos por su “pronta” resolución favorable.

Pienso que nos equivocamos al hacerlo así. Para comenzar, no podemos ni debemos ponerle plazos a la Divina Providencia.

Y desde el punto de vista humano, al hacerlo dejamos de lado la historia y las intenciones que siempre anidaron en el pensamiento y el espíritu del Padre José. Por algo eligió Dachau y no la libertad; por alguna razón se avino sin pleitos al largo exilio.

Por nosotros. Por sus hijos -y lo manifestó taxativamente- se puso siempre en manos de Dios para que a través de nuestra entrega al Capital de Gracias de María, se oblara el precio de su liberación.

El Padre Kentenich no tiene, entonces, ningún apuro sino todo lo contrario; lo podemos imaginar, a diferencia de Dachau y Milwaukee, descansando plácidamente en brazos de su Mater mientras nos observa confiado en que nuestros esfuerzos de serán fecundos en la causa.

La fórmula ya nos la dio: intensa vida de oración y fiel y fidelísimo cumplimiento del deber.

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