Entre las características que siempre me llaman la atención de nuestro Fundador, resalta su desprendimiento.
Son muchas las anécdotas que se cuentan sobre su costumbre de obsequiar -a veces en forma inmediata- aquello que se le regalaba.
Estoy hablando de las cosas materiales, ya que de la sabiduría y espiritualidad que prodigó ampliamente sería insuficiente este espacio para referirme.
Sostengo que lo hacía principalmente para dar a sus obsequiantes un mensaje de generosidad y que en algunas ocasiones él también pagaba un precio emocional por esa cesión.
En el año de 1938 en Alemania, un curso de Hermanas de María coronó a María como “Regina Ter Admirabilis” -RTA; Reina Tres Veces Admirable- y en 1941, en el Santuario original, le obsequiaron al Padre Kentenich una corona para la imagen que tenía en su habitación, que elaboraron con el material nada lujoso que pudieron agenciarse en esos difíciles tiempos de guerra.
Un año más tarde, el Padre José es enviado a Dachau y en el 45, cuando regresa, conmovido por la fidelidad con que las chicas de la JF de Munster habían acompañado su calvario, les regala la corona.
En ese momento les dice:
«Les he traído mi corona y se las regalo… El corazón sangra al entregárselas. Todos estos años estuvo descansando sobre la cabeza de la Madre de Dios sobre mi cama, también cuando estuve en el campo de concentración. Una pequeña ofrenda también cuesta…»
¿Me pregunto si, habiendo vivido toda esa historia, yo sería capaz de hacer lo mismo…y ustedes?
Lo cierto es que con ese legado, el Fundador inició en la JF una conquista permanente de coronación:
“…Recuerdo que en aquel entonces recibí una corona de un curso de nuestras hermanas. Esta corona la he guardado durante mucho tiempo en mi habitación. Pero de repente tuve la inspiración de regalarla a nuestra juventud de Munster. Desde entonces la corriente de coronación ha atravesado no sólo a la juventud de Munster, sino a toda la juventud… la Madre de Dios quisiera devolvernos como regalo esta corona.
Si, nosotras le ofrecemos una corona y podemos estar seguras de que Ella coloca una corona en nuestra frente. La Madre de Dios quisiera que nosotras, con el tiempo nos transformemos en pequeñas reinas… ¡Una secreta corona de María! Toda nuestra vida debería estar marcada por esta idea.”, diría en 1966. Como a una prueba sigue otra, la corona se extravió en el año 2000 durante uno de sus tantos viajes pastorales alrededor del mundo.
Hoy, 16 de noviembre, en que recordamos su cumpleaños, el pensamiento va hacia su costumbre regalona. ¡Qué bueno sería si siguiendo su ejemplo, nosotros fuéramos tan desprendidos con nuestras cosas y dones!


