El 27 de octubre nos trae a la memoria el Acta de Prefundación de ese día en 1912 en la que nuestro Padre Fundador nos da una clase magistral de liderazgo.
De entrada y con una viveza sensacional, se gana la atención de los jóvenes al lanzarles el guante del desafío: “No les será agradable ni indiferente si les confieso que por principio traté de evitar todo contacto estrecho con ustedes.” ¿Qué atrae más a un adolescente -por naturaleza rebelde sin causa- que una buena confrontación? Luego, cuando ya se aseguró sus miradas y oídos, les expone su idea y nuevamente los desafía: “Pero aún falta lo principal: una organización interna acomodada a nuestras circunstancias, al modo de las Congregaciones Marianas existentes en diversos colegios y universidades.”
¡Ya está! Los llenó de entusiasmo dando una meta concreta a la inquietud juvenil.
La historia nos muestra que ese sagaz y poderoso liderazgo de bien, logró que apenas quince meses después les fuera entregada la antigua capilla y dos años más tarde la establecieran como morada de la Santísima Virgen y sellaran con Ella su Alianza… y desde allí hasta nosotros que no tenemos la inmensa capacidad del Padre Kentenich para mover los corazones y la voluntad de los suyos pero no por eso nos achicamos y con nuestras debilidades y limitaciones, movemos en cuanto nos sea posible a quienes nos rodean hacia la Nación de Dios.
¡Porque somos schoenstattianos!


