En el evangelio escuchamos el hermoso relato de la Visitación de María a su prima Isabel (Lc 1,39-56). Se nos dice que ella, cuando ya estaba embarazada, después de haber recibido el anuncio del ángel, fue a la tierra de Judea. ¿Cuántos días o semanas de embarazo habrá tenido María? No lo sabemos. Jesús era ya un “embrión” ¡Qué misterio, el verbo de Dios, la segunda persona divina de la Santísima Trinidad, hecho un pequeñísimo embrión humano en las entrañas santas de María! Y María lo lleva, en su cuerpo santo, en su cuerpo de mujer… Jesús, el mismo que comulgamos en la misa, ya tienen un cuerpecito, aunque no plenamente desarrollado… pero ya está como una persona distinta en el útero de María… y he aquí que cuando Ella se encuentra con Isabel, queda santificado su bebé, Juan, que ya está con 6 meses en su vientre e Isabel exclama: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tus entrañas!” (Lc 1,42) ¡Bendito el bebé que viene en camino, Bendita esa persona que se está gestando en tu seno.
Nos podemos preguntar: ¿Por qué se lee este evangelio en esta Solemnidad de la Asunción? Porque en esta Solemnidad celebramos y confesamos este gran misterio de nuestra fe que tiene que ver con el fin de la vida terrena de María: Dios Todopoderoso, no quiso que el cuerpo santísimo de su Madre, que lo llevó durante 9 meses, ese relicario santo y purísimo, ese Sagrario Inmaculado, se corrompiese en esta tierra siguiendo el destino común de los mortales. Nosotros confesamos y creemos, siguiendo el dictamen de la Iglesia, que María, que había nacido limpia de toda culpa original y que a lo largo de su vida no había manchado nunca su cuerpo ni su alma con ningún pecado ni sombra de mal, fue llevada al cielo en cuerpo y alma… Así proclamó este dogma, el Papa Pio XII en la Bula “Munificentissimus Deus” (en el año 1950): “por la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado: Que la inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”.
“Mi alma canta la grandeza del Señor y mi espíritu se alegra en Dios… me llamarán feliz todas las generaciones, porque el Todopoderoso ha hecho en mi grandes cosas” (cfr Lc 1,46-49) exclama María llena de alegría, al saberse elegida como Madre del Mesías… pero también, podemos afirmar que estas palabras las sigue cantando hoy en el cielo: porque Dios hizo grandes cosas en ella, y la última en su vida terrena, fue la de haber sido llevada a los cielos en cuerpo y alma. ¡Nosotros sus hijos, que la amamos tanto, que la admiramos y a quien nos encomendamos siempre, nos llenamos también de alegría y la proclamamos feliz, bienaventurada, bendita!
Queridos Hermanos, celebramos hoy esta fiesta de nuestra Patrona. Y nos podemos preguntar: ¿Qué consecuencias podemos sacar para nuestra vida a la luz de este misterio de la Asunción de María que celebramos y confesamos?
Creo que una consecuencia bien concreta, bien real, tiene que ver con el trato y el cuidado de nuestro cuerpo y el cuerpo de los demás. Esta fiesta mariana nos dice que María ya está en el cielo con su cuerpo y con su alma. Esta Fiesta nos invita a reflexionar sobre la sacralidad, sobre lo sagrado que es el cuerpo humano y acerca de su destino eterno. Para nosotros los creyentes, el cuerpo de cada persona humana, ya desde su concepción, como nos dice San Pablo es un “templo del Espíritu Santo” (Cfr 1 Co 6,19). A veces he escuchado de personas que dicen: “¡con mi cuerpo puedo hacer lo que quiera!” Para un creyente, el cuerpo no es algo absolutamente tuyo, es ante todo de Dios, de tu creador, que te lo dio y te pedirá cuenta de lo que hiciste con él. Por eso, yo no puedo hacer lo que quiera, ni con mi cuerpo, ni con el cuerpo de otros, y más todavía cuando ese cuerpo es de un ser humano indefenso que se gesta en el vientre materno.
Hoy, lamentablemente, vemos como los seres humanos, de muchas maneras, destruimos y profanamos el cuerpo humano, que es sagrado y está destinado a la gloria eterna del cielo, como el cuerpo glorioso de María. Pensemos en el consumo del alcohol, y de las drogas; pensemos cómo se rebaja el cuerpo a un burdo objeto sexual, un objeto de compraventa: pensemos en la industria millonaria de la pornografía; o en las miles de víctimas de la trata de personas en el mundo entero y aquí en nuestro país.
Faltamos gravemente contra la dignidad y sacralidad del cuerpo humano cuando se comete toda forma de abuso, acoso, violación sexual. Faltamos a la sacralidad del cuerpo, cuando llevados por los instintos, fornicamos o cometemos adulterio, o recurrimos a la prostitución. Profanamos el templo de Dios, cuando por agresividad y violencia golpeo y lastimo el cuerpo de mi prójimo; cuando uso el cuerpo humano para el tráfico de órganos. Faltamos contra la dignidad del cuerpo, cuando lo usamos y manipulamos para la reproducción, no respetando la ley moral que el Dios creador estableció y que el Magisterio de la Iglesia con su autoridad nos enseña, y nos sentimos con el derecho de hacer lo que queramos con el cuerpo o con ciertas partes del mismo…
También este cuidado del cuerpo, lo vivimos especialmente en este tiempo de pandemia. Al hablar de la sacralidad del cuerpo, también debemos considerar lo que es el cuidado de la salud propia y de la ajena. Desde hace meses, que vivimos amenazados por la enfermedad y la muerte. San Pablo, hablando del futuro, del fin de la historia nos dice en la 2ª Lectura: “el último enemigo que será vencido será la muerte” (Cfr 1Co 15,26). Pero esto, todavía no sucede y vivimos amenazados por la muerte, por el coronavirus y por tantas otras enfermedades y problemáticas. Dios está dispuesto a ayudarnos y a actuar, pero también somos nosotros los que debemos ser responsables, los que debemos cuidarnos y cuidar a los demás cumpliendo las medidas sanitarias y haciendo todo lo que podamos para cuidar la salud.
Asimismo, es un atentado contra la dignidad y la sacralidad del cuerpo, todo acto de corrupción que se ha cometido y se comete impidiendo que los fondos destinados a la compra de insumos médicos y hospitalarios en esta situación de contingencia, no se usen para eso, sino que terminen en los bolsillos de personas que especulan con vidas humanas para enriquecerse impunemente.
Finalmente, esta festividad nos lleva a mirar hacia arriba, hacia el Cielo, como nuestro destino final. Ninguno de nosotros se quedará acá para siempre… todos, tarde o temprano, hoy o mañana, seremos llamados por Dios y deberemos dejar esta morada, esta tierra que nos ha cobijado durante la vida.
Esta solemnidad de la Asunción nos recuerda que estamos llamados todos a la gloria eterna del cielo, pero también, que ya en esta tierra, cada día, debemos luchar con todas nuestras fuerzas para que nuestra familia, nuestra sociedad, nuestro mundo sea cada vez mas parecido al cielo. Y eso se logra viviendo en gracia de Dios, combatiendo contra todo pecado, respetando los santos mandamientos de Dios, amando a Dios y al prójimo, como Jesús nos enseñó. El Dragón, el mal, del que se nos hablaba en la lectura del apocalipsis (cfr Ap 12,1-6), combate para sembrar el egoísmo y el odio en la tierra. Nosotros, los hijos de la mujer, debemos combatir para que reine Dios y para sembrar el amor, la verdad y la justicia en esta tierra, y hacerla así más parecida al Cielo.
Amén.


