Platica final de la semana de octubre de 1951.
Mi querida familia Schoenstattiana:
Siguiendo una antigua costumbre, concluimos nuestra semana de octubre con una profunda y seria promesa de fidelidad. Verdaderamente la Santísima Virgen se ha mantenido fiel a nuestra Familia. La promesa de fidelidad, la Alianza de Amor que ella sellara en 1914, con este modesto terruño y con quienes entonces aquí estaban congregados en representación nuestra, esa Alianza, esa Alianza de Amor y de fidelidad, ella la ha mantenido con inconmovible fidelidad en el transcurso de los años.
Solo así podemos explicar que de este lugar tan insignificante, que de instrumentos tan insignificantes, como lo somos todos nosotros, haya nacido una obra tan grandiosa y de proporciones tan universales. ¡Cuán a menudo hemos invocado la insignificancia de esos instrumentos! Nosotros hemos sido esos instrumentos y estamos orgullosos de nuestra pequeñez, orgullosos de nuestra insignificancia; porque allí brilla más esplendorosa la gloria de la Santísima Virgen a través de nuestra obra, proyectándose en el mundo actual.
Año tras año concluimos nuestra semana de octubre con una promesa de fidelidad semejante. Lo hemos hecho ya antes, especialmente en las horas de dificultades que sacudían de un lado a otro la barca de nuestra familia. Pensamos en 1939. Una y otra vez vienen a mi memoria la situación de aquel entonces, cuando sentimos que fuerzas adversas echaban mano o querían echar mano en el destino de la Familia. ¿Qué hicimos entonces, cuando nos cercaba el nacionalsocialismo, así como una bestia cerca de su presa? Con toda sencillez hicimos una cadena en torno al Santuario; realizamos el “Acto de la Capillita”. (Se refiere a la coronación de la Santísima Virgen, el 10 de diciembre de 1939, durante el régimen nazi, realizado en el Santuario Original)
Como un acto de fidelidad coronamos a la Santísima Virgen, firmemente convencidos de que era su obra, de que ella debía proteger su obra. Ella debía conducir a salvo su obra a través de todas las dificultades, de la tormenta y tempestades de los tiempos.
¿No podemos decir que hoy nos encontramos en una hora semejante? ¿Qué significa para nosotros todo esto, en la clausura de la semana de octubre?
¡RECIBE LA CORONA!
¡Te ofrecemos cetro y corona para anunciar tu gloria! ¿No les parece que ésa sería la mejor respuesta a todo lo que creemos que vendrá? ¿No piensan que ésta es también la mejor respuesta a todo lo que Dios ha dicho y querido decir en estos días?
Te ofrecemos el cetro y la corona como lo hicimos en 1939. En aquel entonces coronamos a la Santísima Virgen, pusimos el cetro en sus manos; hoy volvemos a hacerlo espiritualmente.
¡Recibe la corona! ¿Qué queremos expresarte con esto? El Dios vivo te ha coronado a ti, bendita entre las mujeres, y nosotros queremos imitar esta acción. El Dios vivo ha expresado con esto que quiere hacerte participar de su poder, de su bondad, de su sabiduría y que de hecho lo hace. El Dios vivo también ha puesto con esta acción el destino del mundo en tus manos.
¡Recibe la corona! ¿Qué hacemos con este gesto? De nuevo reconocemos y confesamos que nuestro destino y el destino de nuestra pequeña y amadísima familia es totalmente dependiente de la bendita entre las mujeres, de su protección, de su favor, de la fuerza de su impetración ante el trono de su hijo, ante el trono de la Santísima Trinidad.
¡RECIBE EL CETRO!
¡Recibe la corona! ¡Recibe el cetro! Te ofrecemos igualmente el cetro. Sin querer, me viene a la memoria, en este contexto, el cetro que Carlomagno tomara un día en su mano. La empuñadura estaba revestida de oro y púrpura y encima se leían las palabras: “Padre de sus pueblos”. Así también quisiera yo poner, en manos de la Santísima Virgen, un cetro de oro semejante a aquel. Sabemos lo que significa. El oro es el símbolo del amor.
La Santísima Virgen ha reinado siempre sobre los corazones de los hijos de Schoenstatt, ha reinado sobre el reino de Schoenstatt, por la fuerza de su amor. Como hijos de la Iglesia somos también sus hijos, porque ella es Madre de Cristo, Madre del Cristo total. Ella no es solo Madre de la Cabeza sino también Madre de los miembros; por eso también es Madre nuestra. Y cuán a menudo hemos reconocido, los hijos de Schoenstatt, todo el reino de Schoenstatt, toda la Familia de Schoenstatt, agradecidos, jubilosos y alegres, esta maternidad de la Santísima Virgen. ¡Recibe el cetro! ¡Haz que también tu cetro vuelva a imperar! Que la fuerza del amor, que hasta ahora de ti ha brotado, continúe brotando de tu corazón y de tus manos, hacia el pequeño Reino de nuestra familia, que quisiera extenderse más y más.
La empuñadura del cetro de Carlomagno estaba también revestida de púrpura. La púrpura simboliza la sangre. La historia cuenta que, cuando Rodolfo de Ausburgo iba a ser coronado, faltaba el cetro. Resueltamente fue y cogió la cruz: ella sería su cetro. Sabemos que también el amor de la Santísima Virgen esta empapado en sangre, como el amor de Cristo. ¿Acaso no se mantuvo ella de pie junto a la cruz y se ofreció ella misma, ofreció su corazón al Padre eterno por nosotros sus hijos, en comunidad de amor y de dolor con el gran Rey y Dios en la cruz?
¡Recibe el cetro! ¡Haz extenderse más y más el reino del amor en nuestra familia! Cuida que nuestra familia llegue a ser un monumento extraordinario de tu poder y de tu amor!
MADRE DE TU PUEBLO
Las palabras inscritas sobre la empuñadura, Padre de sus pueblos, nos hacen también mirar con gran gratitud hacia la Santísima Virgen, Madre de tu pueblo, Madre de tu pueblo Schoenstattiano. La Sagrada Escritura nos cuenta que Tabita, una mujer joven, la mujer que se menciona en el Nuevo Testamento (Hechos 9,36), que hiciera tanto bien como benefactora de su ambiente y que Dios la llamó por la muerte a la eternidad. Uno de los apóstoles llega a aquel lugar y el pueblo pide y suplica que la resucite mediante un milagro; él accede, y el pueblo recobra a la madre del pueblo, a Tabita.
¿No fue también a la eternidad la Santísima Virgen una vez terminado el curso de su vida? ¿Quién le dio la vida, la vida eterna? ¿Quién le dio una vida transfigurada? Esta vez no fue la palabra de un apóstol; fue Dios mismo. Madre de su pueblo; ella se ha hecho Madre de su pueblo, Madre de nuestra familia de Schoenstatt.
Cuántas veces, en los años pasados, especialmente en los años de guerra, debimos inclinarnos ante su imagen y agradecerle, una y otra vez, porque ella se había mostrado, en innumerables ocasiones, en inconmensurable medida, como la Madre de la Gracia, como la Madre del terruño y la Madre del pan para nuestra familia. Que este terruño permaneciera incólume ante los ataques de sus enemigos; que los hombres que aquí vivieron y trabajaron hayan vuelto, en lo esencial, sanos y salvos de los peligros de la guerra; que todo el reino de Schoenstatt no se haya hundido mientras permaneció proscrito en las catacumbas, ¿A quién le debemos todo eso?
¡Recibe el cetro! Sí, volvemos a obsequiar a la Santísima Virgen el cetro, y con ello volvemos a reconocer todo lo grande que se ha realizado en nosotros, sus pequeños y desvalidos instrumentos. ¡Recibe la corona! ¡Recibe el cetro! Aunque negros nubarrones se ciernan en nuestro horizonte, aunque estemos desvalidos frente a las dificultades, conocemos solo una respuesta: reconocimiento de nuestras debilidades y confesión de la grandeza del poder y de la bondad de la Reina de Schoenstatt, la Reina del cielo y de la tierra.
¡ERIGE TU TRONO EN NOSOTROS!
¡Quédate aquí, en el lugar que Dios te tiene destinado desde toda la eternidad! ¿Cuál es ese lugar? Es nuestro pequeño Santuario; es en cada uno de los Santuarios filiales, construidos en todo el mundo, en dependencia del Santuario Original. ¡Quédate aquí en el lugar que Dios te tiene destinado desde toda la eternidad!


