“La palabra mandamiento hoy en día no tiene muchos likes”

Queridos hermanos. Seguimos escuchando hoy (domingo 17 de mayo) otra parte de este largo discurso que hace Jesús en la Última Cena (Jn 13-17). En este Domingo (Cfr. Jn 14,15-21), Jesús nos habla de la promesa de enviarnos el Espíritu Santo, el Paráclito, lo que sucederá en Pentecostés. Y hoy especialmente, nos quiere hablar de la importancia de preparar el corazón para poder recibir al Espíritu Santo, nos habla de lo que nosotros tenemos que hacer para que el Espíritu Santo pueda “entrar” en el corazón y llenarnos de sus dones, de su fortaleza, de su amor, de su paz. Si nosotros cerramos la puerta del corazón, el Espíritu no puede entrar. Si la abrimos, nos inunda de su presencia.

¿Y qué podemos hacer nosotros? ¿Qué debemos hacer para abrirle la puerta del corazón? Jesús lo dice claramente: “Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos” (Jn 14,15). “Y yo le rogaré al Padre y les enviará otro Paráclito”. Jesús enviará el Espíritu a los que lo aman. Y los que lo aman, ¿Quienes son? No son los que tienen una cruz en el pecho, o rezan de vez en cuando, o se saben el Padrenuestro. ¡No! ¡Los que lo aman son los que cumplen sus mandamientos!

Para Jesús esto es tan importante que lo repite al final: “El que tiene mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama; y será amado por mi Padre y yo lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14,21). Tener todo el tiempo en el corazón, en la conciencia los mandamientos de Dios, valorarlos y cumplirlos, llevarlos a la práctica, eso es amar a Dios. Como lo hizo María a lo largo de toda su vida. Ella, como Inmaculada, nunca cometió un pecado; jamás desobedeció, jamás quebró alguno de los mandamientos de su Padre Dios. Por eso, ella, es para todos nosotros un modelo de lo que nos enseña Jesús hoy: “el que tiene mis mandamientos y los cumple es el que me ama”.

1) Ahora, alguno podría preguntar: ¿De que mandamientos se trata? ¿Cuáles son los mandamientos de Jesús? ¿Qué son los mandamientos en general? ¿Son los 10 mandamientos también? En un sentido amplio, podemos decir que los mandamientos de Jesús son sus enseñanzas, sus consejos, sus palabras. Podemos mencionar muchos. Su mandamiento nuevo: “Ámense unos a otros como yo los he amado” (Jn 14,34ss); “Sean misericordiosos como el Padre es Misericordioso” (Lc 6,36); “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian” (Lc 6,27). Pero también sus mandamientos son los mandamientos del decálogo que Dios había revelado ya a Moisés en el monte Sinaí: “no robarás, no matarás, no cometerás adulterio; no mentirás”, etc. Es decir, los 10 mandamientos. Jesús va a ratificar con claridad: “no piensen que yo he venido a abolir la ley y lo profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). Cuando a Jesús le preguntan cuál es el mandamiento mayor de la Ley, Él va a responder: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu mente…Y el segundo es semejante a éste: amarás a tu prójimo como a ti mismo” (cfr Mt 22,34-40). Cuando el joven rico le pregunta qué debe hacer para salvarse, Jesús le responde lisa y llanamente: “cumple los mandamientos” (Mt 19,17).

2) La palabra “mandamiento” hoy en día no tiene muchos “likes”, mucha buena prensa. Vivimos en una sociedad que ha extrapolado tanto el sentido de la libertad y la autonomía, la independencia, “el hacer lo que se me canta”, que todo lo que suene a “mandamiento, orden, normativa”, algo que debo hacer o cumplir no nos gusta para nada, no nos atrae, no lo valoramos… lo relativizamos…

Pero debemos verlo de esta manera. El Buen Dios, porque nos ama, nos ha enseñado y revelado sus mandamientos. Con los mandamientos nos quiere cuidar, nos quiere proteger, nos quiere indicar el camino para ser felices y vivir en armonía en esta tierra y así poder llegar a la salvación del Cielo. Los mandamientos son dados por el Dios de la vida para que tengamos vida: no son leyes opresoras, o dictámenes autoritarios, que nos arruinan la vida, que nos aplastan, que nos impiden ser felices. ¡Al contrario! Dios, como un Padre bueno, nos enseña y manda lo que debemos hacer, porque Él nos creó y sabe mejor que nosotros lo que nos hace bien.

Por eso, cumplir los mandamientos, lo debemos ver dentro de la Alianza de Amor con Dios, de una relación de amor. Dios es un Padre bueno, nosotros somos sus hijos. Por amor a Él, porque confiamos en Él, porque creemos en su palabra, porque valoramos lo que nos dijo: cumplimos los mandamientos. Como un niño pequeño hace caso a lo que le dice su mamá o su papá, porque sabe y confía que ellos le van a decir lo correcto, así nosotros, nos esforzamos en cumplir los mandamientos, con una actitud filial, de hijos, de niños. Y lo hacemos por amor… ¡Porque amamos!

3) “El que tiene mis mandamientos y los cumple ese es el que me ama”. ¿Cómo podemos aplicar esto en nuestro país en que la mayoría se dice cristiano y bautizado? Por ejemplo: El que no roba y no se queda con los fondos destinados para los pobres o para la salud pública, ese es el que me ama. El que no se corrompe por codicia y ambición y piensa en los que más sufren, ese es el que me ama. El que cuida la vida y la salud propia y la de los demás, ese es el que me ama. El que no miente, no difama, no calumnia, ese es el que me ama. El que no negocia y comercia con la dignidad de la persona humana, ese me ama; el que no comete la usura, ese es el que me ama; el que es fiel en su matrimonio, ese me ama; el que defiende y cuida la vida desde el instante de su concepción hasta su muerte natural, ese me ama; el que honra, cuida y venera a su padre y su madre, y a los mayores de la sociedad, ese me ama; el que se compadece del pobre, de los niños, de los enfermos, ese me ama; el que no explota a los trabajadores y no se aprovecha de su situación para quedarse con mas plata, ese me ama…

Queridos hermanos: Jesús nos dice que el que cumple sus mandamientos, será amado por el Padre, será amado por Él mismo y le promete enviarle el Espíritu Santo… son motivos suficientes para que nos esforcemos con amor, cada día, en cumplir sus mandamientos y llegar así a ser santos, y un día, estar ante la presencia de Dios para siempre en el cielo.

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