Queridos hermanos: estas palabras de Jesús (Cfr Jn 14,1-12) pertenecen al discurso de la última Cena antes de su pasión y de su muerte. Jesús les ha lavado los pies a los discípulos, ha instituido la eucaristía, el sacerdocio, y tiene con ellos este momento de profunda intimidad donde puede decirles sus últimas palabras y enseñanzas. Las palabras, los gestos de alguien que está próximo a la muerte siempre tienen una trascendencia particular. Quisiera referirme a algunas de las frases de Jesús de este discurso tan profundo y conmovedor…
a) “No se inquieten (podríamos traducir también en “no se angustien, confundan, turben”) sus corazones, crean en Dios, crean también en mi” (Jn 14,1). Jesús está a punto de pasar por sus horas más difíciles y amargas en la tierra y es capaz de enseñar y decir a los suyos que no se angustien, que no se inquieten. “Crean en el Padre, crean en mi”. Ese “creer”, en el lenguaje del Evangelio según San Juan, es algo mucho más que un ejercicio intelectual, teórico. Es un creer con todo el ser, con toda la persona, desde lo más profundo del corazón y se puede traducir también como un “confiar”: “Confíen en Dios, confíen en mi”. “Abandónense confiados” en las manos del Padre, podríamos decir. Pase lo que pase, venga lo que venga, suceda lo que suceda…
Jesús nos enseña hoy también a nosotros a confiar. En estos momentos, con lo que está pasando en el mundo y lo que estamos viviendo: “Confíen, crean, no se inquieten y turben sus corazones, no teman, soy yo. Estoy yo; abandónense confiados, como niños, en mis manos y en las manos de mi Padre” (sabemos que este tema del abandono confiado y filial en las manos de Dios, fue una de las enseñanzas que más predicó el Padre Kentenich a lo largo de su vida).
b) Luego el Señor les dice a los discípulos que debe partir, pero va a prepararles un lugar (Cfr. Jn 14,2-4). Se refiere a su muerte inmediata. Vuelve al Padre. Y con su muerte y resurrección, al precio de derramar su sangre preciosa, nos abre las puertas del cielo, nos conquista, nos prepara un lugar allí. En días más, celebraremos la fiesta de la ascensión, que nos recuerda eso: el Señor se fue, ascendió a los cielos, pero volverá un día. Todos nosotros tenemos ya un lugar, una morada, en el cielo, en la casa del Padre, en su corazón.
En un pasaje del evangelio según Lucas, nos dice Jesús: “alégrense porque sus nombres están escritos en el cielo” (Lc 10,20) Sí, estamos inscritos en el corazón de Dios. El Cielo es nuestra meta última y definitiva. Pero mientras tanto, debemos vivir cada día, como “ciudadanos del Cielo”, como nos dice Pablo (Cfr Flp 3,20). Debemos vivir cada día en gracia, en comunión, en alianza de amor con el Dios Trino, y en comunión con los demás. Eso ya es el anticipo de ese Cielo hacia el que nos dirigimos.
c) “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6) El Domingo pasado nos enseñaba Jesús: “yo soy la puerta, soy el buen pastor” (cfr Jn 10,1-14). Hoy nos dice que Él es el “camino” para llegar al Padre: “Nadie va al Padre sino por mi”. No dice yo soy “un camino”, uno más entre otros muchos, sino yo soy el camino, el único, el verdadero. Jesús, Dios y hombre verdadero, es el camino: su vida, su persona, su palabra, su enseñanza, su amor, sus gestos, su cuerpo, su corazón, es el camino para que nosotros lo recorramos a fin de llegar al Padre. Ir por Él es imitarlo, es un camino de irnos haciendo día a día, cada vez más parecidos, semejantes a Él, modelo y plenitud de todo ser humano (cfr. 2Co 3,14).
“Yo soy la verdad”. Esa verdad que ha sido desde tiempos inmemoriales, lo es y será, el anhelo, el deseo del pensamiento y el espíritu humano. Esa verdad, nos dice Jesús, no es una cosa, no es una teoría, no es una fórmula; es una persona, tiene rostro, es Jesucristo, el hijo unigénito del Padre. Es una “verdad” que nos amó primero (cfr 1Jn4,19) y que solo caminando por el camino del amor podemos descubrir, podemos dejarnos conquistar, transformar e iluminar con su luz eterna… “¿Qué es la verdad?” Le pregunta Pilato a ese hombre humilde que tenía enfrente de él (Jn 19,38). La verdad es Jesús, nuestro Dios, Aquél que murió y resucitó, nuestro amigo; aquél que amamos y que debemos anunciar.
“Yo soy la vida”. Yo soy el origen, la fuente de la vida… Fue muerto en una cruz, pero de su costado abierto brotó la vida para todo el universo. Él es la vida que nos ha dado la existencia a cada uno de nosotros y nos la da ahora mismo. Él es la vida que se nos da por medio de su palabra de vida eterna que escuchamos, es la vida que se hace cuerpo y sangre sobre el altar en la eucaristía…
En este tiempo marcado por esta pandemia y por tantas amenazas de muerte, queremos ser instrumentos de vida: cuidar la vida, proteger la vida, hacer crecer la vida…
d) Por último, Felipe le dice al Señor: “muéstranos al Padre, y eso nos basta” (Jn 14,8). Jesús le responde: “el que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn 14,9). Podemos decir que es una hermosa síntesis de la vida de Jesús en la tierra, de su ideal personal, de su misión: vine a mostrarles la hermosura del corazón del Padre, vine a revelarles el amor infinito y misericordioso del Padre. El que me ha visto niño en Belén, ha visto al Padre; el que me ha visto, curando a los enfermos, ha visto al Padre; el que me ha visto comiendo con pecadores y perdonando, ha visto al Padre; el que me ha visto bendiciendo a los niños, ha visto al Padre; el que me ha visto dando de comer, anunciando la palabra, ha visto al Padre. El que me ha visto sirviendo y lavando los pies; el que me ha visto soportando con paciencia los golpes y las burlas, ha visto al Padre; el que me ha visto clavado en la cruz, derramando hasta la última gota de sangre para la salvación de la humanidad, ha visto al Padre…
Esta frase es todo un programa de vida para cada uno de nosotros: el que me ve, ha de ver a Jesús, al Padre. El que me ve, el que me escucha hablar, debe ver y sentir al Padre. El que trata conmigo: debe ver al Padre, debe experimentar el amor de Jesús, debe sentir el gozo y la paz del Espíritu Santo a través mío. Cada noche deberíamos preguntarnos: ¿Cómo reflejé el amor del Padre hoy a mi alrededor? Y cada mañana, al comenzar el día, en nuestra oración: ¿Cómo puedo ser hoy una imagen viva del Padre mejor que en el día de ayer?
En este mes de María, ella, que como criatura humana, es la mejor y más perfecta imagen de Cristo, que lo llevó en su seno y lo dio a luz, que ella nos ayude a ser cada día mejores reflejos vivientes de su hijo, para que los demás puedan ver al Padre por medio de nosotros.
Amén.


