¡Él está vivo!

La fiesta de la Pascua cristiana es la gran fiesta de la esperanza. Celebrar la Pascua como lo hacemos en esta solemne vigilia pascual (Santuario Joven, 11 de Abril 2020) es celebrar la esperanza, porque es celebrar la vida que triunfa sobre la muerte, el amor que vence al mal.

De las numerosas lecturas de la Palabra de Dios que leemos en esta noche, sobre todo, la lectura del Éxodo (Cfr Ex 14,15ss), nos remite a aquella primera y lejanísima Pascua. Los hebreos, que escapaban de la opresión de Egipto, guiados por el Dios omnipotente, experimentan, al amanecer, cuando ya despuntaba el alba, la acción salvífica del Dios liberador. Un Dios que los rescata de la oscuridad de la esclavitud y que abre a su pueblo el camino de la esperanza, el camino hacia una nueva tierra, la tierra prometida… y el sol naciente que despunta, es el signo de esperanza de lo nuevo que va a suceder por el admirable poder de Dios.

Pero es sobre todo, el anuncio del Evangelio según San Mateo (Mt 28,1-10) que proclamamos, un anuncio de esperanza extraordinario, único en la historia de la humanidad… Sucede también al rayar el alba. María Magdalena y la otra María se dirigen al sepulcro con el corazón destrozado por la reciente muerte de su querido Maestro. Nos podemos imaginar ese caminar hacia el sepulcro… ellas llenas de tristeza, llenas de dolor. Pero he aquí que al llegar sucede algo inaudito: un ángel corre la piedra del sepulcro y les anuncia el hecho fundamental que cambió la historia de la humanidad: “¡No teman, sé que buscan a Jesús, el crucificado, no está aquí, ha resucitado! (Mt 28,5) ¡Él no está más en un sepulcro, no está en la morada de los muertos, no está ya más envuelto en una mortaja! ¡Él está vivo! Estas palabras, al amanecer de ese día, hicieron nacer en esas mujeres una esperanza radiante. Y sobre todo, esa esperanza se hace realidad, cuando se encuentran inmediatamente con Jesús resucitado al volver corriendo de la tumba. “¡Alégrense!” (Mt 28,9) les dice el resucitado. Es la alegría desbordante por el encuentro con aquél que aman; la felicidad de poder verlo de nuevo, verlo vivo y resucitado, ya para siempre.

Esa misma esperanza nace en el corazón de Pedro, cuando vuelve a ver a Jesús y se siente amado y perdonado por Él. Esa esperanza es la que renace en todos los discípulos cuando pueden ver y tocar a Jesús resucitado. Esta esperanza, que Él ha salvado el mundo, es lo que se ha ido transmitiendo y anunciando de generación en generación hasta nuestros días, como lo celebramos y proclamamos hoy en esta bendita noche, en el mundo entero: “¡Él no está entre los muertos, está vivo!; ¡Cristo ha Resucitado, verdaderamente ha resucitado!”.

Querido hermanos. Celebramos esta santa fiesta de la esperanza, la Pascua, en un momento muy difícil de la humanidad. Como nos decía el Papa Francisco días atrás: “desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades…” (Homilía 27/3/2020). Nos hallamos todos envueltos por la oscuridad de esta pandemia. Hoy la Luz de Cristo, el Cirio pascual, brilla en medio de las tinieblas de esta enfermedad que amenaza al mundo entero. Confesamos hoy nuestra fe en el resucitado que venció el poder de la muerte, al mismo tiempo que vemos imágenes y fotos de fosas comunes y miles de ataúdes en Italia, España, o en Nueva York… cuando vemos salas de terapia intensiva en los hospitales colapsadas de enfermos que se debaten día a día entre la vida y la muerte; Celebramos la Pascua, la fiesta de la vida, en medio del temor que nos envuelve y de esta enfermedad que nos ha arrinconado y llevado a estar encerrados en el mundo entero, sin poder reunirnos, experimentando el desconcierto y la preocupación frente a lo que pueda suceder… Ante todo esto nos podemos preguntar: ¿Cómo celebrar hoy, en esta noche oscura, la fiesta de la esperanza, la celebración de la vida, el triunfo luminoso de Cristo resucitado?

Queridos hermanos, estar aquí en el Santuario celebrando la Pascua de Cristo (y ustedes siguiendo y celebrando desde sus casas; como en la época de Jesús: los mismos judíos lo hacían así, celebraban en sus casas reunidos en familia). Celebrar hoy la Pascua como Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, es una verdadera confesión de fe, es un anuncio de la esperanza que llena nuestros corazones y nos une a todos los cristianos en el mundo entero. Desde lo más profundo de nuestros corazones, nosotros creemos que Él resucitó y que Él está vivo y nos vivifica; nosotros creemos que Él ilumina y disipa con su luz poderosa, como el Cirio Pascual, la oscuridad de este tiempo: “La fe es la garantía de lo que se espera, la prueba de lo que no se ve” (Hb 11,1). ¡Sí, celebramos hoy la Pascua, es porque creemos! ¡Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe” (1Jn 5,4). “En el mundo tendréis tribulación, pero ¡Ánimo! yo he vencido al mundo!” (Jn 16,33) Nos dice el resucitado: ¡Yo he vencido la muerte y el pecado, Yo he vencido el miedo, yo he vencido el odio y el mal! “¡Yo soy la resurrección y la vida”! ¿Crees esto? (Cfr Jn 11,25-26) Nos pregunta como a Marta de Betania… ¡Sí Señor, creemos! ¡Tú eres el Cristo, el hijo e Dios, la vida eterna! (Cfr Jn 11,27).

Queridos hermanos la esperanza Pascual no es una fuerza o energía impersonal, es una persona concreta: es Jesús crucificado por amor que resucitó. ¡Jesús es nuestra esperanza! El Dios que nos amó tanto que padeció y murió por cada uno de nosotros… El Dios cuyo nombre es Salvador, el único Dios y que tiene en su poderosa y bondadosa mano el destino de todo el universo y de cada una de nuestras vidas. Él es el resucitado, que sobre este altar y en todos los altares del mundo, en este Santo Día de Pascua, vuelve a “aparecer” en su cuerpo y sangre y nos dice: “¡Alégrense, soy Yo mismo!” (Cfr. Mt 28,9; Lc 24,39) “Yo estoy con ustedes, todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). La hostia inmaculada, la Sangre purísima, que elevaremos en instantes, es la vida y la misericordia infinita del resucitado que vuelve a derramarse en esta noche santa sobre toda la humanidad.

Queridos hermanos. La esperanza Pascual nos lleva a mirar mucho mas allá de esta tierra doliente en la que estamos. Después del paso del mar rojo y del desierto, Jesús nos muestra en esperanza la tierra Prometida del Cielo hacia la que todos peregrinamos. Pero también, esta esperanza pascual nos lleva a comprometernos en el difícil tiempo presente. El resucitado nos llama hoy a nosotros a ser anunciadores y testigos de esperanza allí donde estamos y vivimos. Como lo hizo María, la única que mantuvo la fe y la esperanza; Como lo hicieron las mujeres, que corrieron a anunciar que Jesús estaba vivo. Como hicieron los apóstoles después de Pentecostés, que salieron a todas las naciones a proclamar la esperanza de la fe en Cristo. Esto mismo queremos hacer nosotros hoy.

Queremos anunciar la esperanza de la Pascua con nuestra propia vida cristiana auténtica y cada vez más santa; con nuestros actos de amor y gestos solidarios; queremos anunciar la esperanza transmitiendo la fe en el resucitado a los que tenemos al lado; ayudando a los enfermos y a los que sufren, consolando a los que están tristes, orando y ofreciendo por la humanidad entera. En medio de esta pandemia hay muchos signos y personas que transmiten esperanza: los que se juegan por los demás, los que se dan gratuitamente, los que arriesgan su vida, los que apuestan por la solidaridad, los que creen, los que rezan, los que luchan por un mundo distinto, por una humanidad mejor, más justa, más fraterna, más pacífica.

Queridos hermanos. ¿En qué cimiento sólido, en qué fundamento, se basa nuestra fe y nuestra esperanza cristiana? En el amor fiel e infinito de Cristo resucitado hacia nosotros. Con San Pablo queremos gritar al mundo en esta noche santa de la Vigilia Pascual: “¿Quien nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hambre? ¿Los peligros? ¿La espada? (podríamos agregar: ¿El coronavirus? ¿El temor por el futuro? En todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni lo presente ni lo futuro, ni otra criatura podrá separarnos del Amor de Dios manifestado en Cristo, nuestro Señor” (Cfr Rm 8,35-39).

¡Así es! Su amor es la luz que vence las tinieblas, su amor eterno es la vida que nos llena, su amor es la alegría de la victoria de su Pascua. ¡Su amor infinito es nuestra esperanza inquebrantable! Amén.

¡Felices Pascuas para todos!

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