Algo de fe, de economía y de coronavirus

Desde los misterios más profundos que recorren nuestra fe, comenzando por la encarnación, y pasando por la resurrección, ellos encierran detrás una promesa para el hombre, una promesa de plenitud, de que la vida, a pesar de sus múltiples contradicciones, a pesar de la fragilidad y de lo incierta, o de lo dura que puede llegar a ser a veces, nos fue dada para que seamos plenos y felices. La plenitud encierra sobre todo un camino interior, de libertad, donde los colores más auténticos que subyace en nuestro corazón conjugados con los desafíos del tiempo, aquellos desafíos externos que me interpelan de una u otra manera, al encontrarse y al unirse es donde se perfilan y surge ese diseño, esa canción que me trae tanta paz, es lo que comúnmente llamamos nuestra vocación, nuestra misión. Es el llamado que Dios me hace, para que el mundo no siga igual, para que deje de ser como antes y se convierta en un lugar mejor, en un lugar que contenga esa promesa de plenitud para mí, para vos, y para todos los que tienen la dicha de vivir. Dios no nos creó con el fin de que nuestra vida termine siendo algo miserable.

Por eso la promoción de la vida humana, del individuo y de su comunidad, es el horizonte último de la Iglesia. La Iglesia no busca solo llenar el mundo de un aporte religioso -por más que este sea su campo de acción- entendido como si ese aporte religioso se desvinculara completamente de la vida real. Si solamente promoviera formas piadosas, que nos alejan de lo que nos rodea, que buscan evitar o negar aquello que realmente sucede, al fin y al cabo sería vana nuestra fe, una mera ilusión. Una especie de bomba de tiempo, que impide que Dios verdaderamente toque nuestro corazón, y lo llene de su gracia y bondad. Lo religioso, habla de unir la vida tal cual es, con esa gracia que Dios promete y ofrece. Deja de ser una simple evasión, para dar lugar a una transformación, mía y de lo que me rodea.

Cuando estudiaba economía, a fines de los años 90, recuerdo cómo claramente el escenario dominante del punto de vista del pensamiento tenía la escuela neoclásica -o por lo menos era lo que a mí más me tocó- que esparcía después sus teorías sobre muchas de las otras escuelas posteriores que la criticaban o la complementaban 1. Y no sé porque pensaba en estos días en ese famoso postulado, en el que ellos afirmaban que los individuos son seres “unidimensionales”, unas máquinas de placer, seres racionales que son consagrados a la maximización del placer (de la utilidad) y la minimización del dolor (desutilidad) 2, por lo tanto si los actores económicos se mueven por interés personal, la competencia en el mercado asegura que sus acciones produzcan colectivamente un resultado socialmente benigno. Por eso los mercados por sí solos se auto-equilibran. La conclusión por lo tanto es que al sistema conviene dejarlo en paz, puesto que tiende por sí solo a volver al equilibrio. De hecho una intervención del gobierno, no solo interferiría en el equilibrio del mercado, sino que a su vez con sus intervenciones podrían hacer que los mercados fracasen de manera aún más estrepitosa que los mismos mercados dejados al azar 3.

¿Cómo unir estos dos mundos, que nos recuerdan el agua y el aceite? ¿Se pueden verdaderamente mezclar? Es lo que pensaba con esta crisis del Coronavirus (COVID-19), no sé si se pueden mezclar, pero hay algunos puntos que me llaman la atención. Les comparto:

  • Muchos gobiernos, tardaron en entender la velocidad de propagación del virus, aún así, una vez establecidas las medidas, muchos las violaron, permitiendo que el virus se propague en nuevas zonas, y afecte a más personas, muchas de ellas pasaron a mejor vida. Hubo indiferencia e irresponsabilidad.
  • Ante la necesidad de elementos de higiene respecto al Coronavirus, la sobre-demanda acabó de manera tempestiva con todos los elementos, muchos, seguramente compraron de manera irracional, en exceso, sin un motivo válido, movidos por el miedo y la incertidumbre de cuánto podría durar esta crisis. Impidiendo que la compra pueda ser distribuida de manera ordenada, equitativa, racional y pueda alcanzar a todos.
  • Otros seguramente para aprovecharse de la situación, compraron sin desperdicio, con el único motivo de poder revenderla a quién de manera exasperada lo necesita, abriendo quizás incluso hasta mercados negros, donde la desesperación hace que uno esté dispuesto a transar todo. Aprovechándose de la debilidad, de la necesidad, de quién no tiene posición para negociar.
  • Empresas que sufren y van a sufrir un fuerte golpe, por el paro, que es a nivel mundial 4. Empresas que van a tener que cerrar. Empresas que van a llegar a la quiebra. Otras por la baja demanda, tendrán que despedir empleados. Pero ¿Todos pierden? ¿Todos nos tenemos que apretar o de nuevo, habrá quién se aproveche de esta situación y que gane descaradamente? Seguramente que sí.

Las condiciones laborales también son preguntas que seguramente nos aquejan, ¿Hasta cuándo es necesaria mantener tensa la cuerda? ¿Qué es conveniente y qué no? ¿Qué pasa con mis empleados con problemas cardiovasculares, diabetes? ¿Son los primeros en entrar a la lista de despidos, o a los primeros a quiénes tengo que cuidar? ¿Cuál es el punto que define que lo que haga se convierta en algo digno, humano o simplemente “mercantilista”?

Quizás para una economía como la que estudié en los 90, no es un problema, porque seguramente el mercado, lleno de individuos racionales, que buscan optimizar las propias utilidades, encontrará el camino, y aunque muchos sufran, queden en la calle, o pasen a mejor vida, todo solo tenderá al propio equilibrio y los índices al final de año, nos demostrarán que estábamos en lo correcto. No habría de qué preocuparse. El índice es lo que hay que salvar y mi propio interés por supuesto.

Pero sabemos que no es así. El individuo esta lejos de ser solamente racional. Sus decisiones son movidas por miles de emociones, que provienen de su historia, que anidados en lo profundo del corazón, contienen algo o mucho de envidia, de resentimiento, de ambición, de miedo, de rencor, y si a todo esto le damos cauce, haría que la vida se vuelva pronto un Infierno ya aquí, tanto para nosotros como para los que nos rodean. Pero como también sabemos, en ese corazón hay algo o mucho de amor, de solidaridad, de sed de justicia, y de una búsqueda de verdad, de sentido y de belleza única.

Por eso no es evidente, como miles de gobiernos, han aprobado inmediatamente enormes presupuestos, para munirse de instalaciones y de recursos sanitarios que puedan paliar la pandemia del Coronavirus, para brindar servicio a la gente, dinero, que no es recuperable, no son multiplicadores económicos, es decir autopistas, aeropuertos, ni dinero invertido directamente en una propaganda política, etc., es más bien dinero que seguramente hará que el PIB y los indices económicos terminen políticamente incorrectos 5.   

Tampoco es evidente como los gobiernos han tomado medidas para proteger al consumidor, estableciendo precios para los elementos de higiene e implementando un mayor control, para que se ocasionen lo menos posible esos abusos ante la necesidad de elementos que son vitales en este momento para combatir el virus. No dejando al azar al mercado.

No, no es para nada evidente, como miles de médicos, enfermeras, operadores sanitarios, empleados públicos, como miembros del gobierno, se exponen de manera continua al virus, sirviendo y yendo mas allá de todos sus limites. No por dinero. Por vocación.

Asimismo, no es evidente como empresas sabiendo de las consecuencias económicas, han empezado a cuidar a sus empleados, desarrollando con creatividad nuevos métodos y políticas internas para poder seguir sirviendo y al mismo tiempo cuidando el bienestar de la mayoría posible: evitando el contagio, cuidando a sus familias, como a los clientes y por ende a las familias de éstos, medidas para poder pagar a sus empleados, aunque sean sueldos reducidos. Hay una preocupación genuina por el otro, y no por la utilidad del cual puedo sacar provecho.

Una vez más aquí es en mi opinión indispensable que el Gobierno intervenga para que en esta crisis, se involucre a la mayoría de los actores posibles, juntos, sector público y privado, puedan adoptar medidas financieras, fiscales, laborales, de tal manera que en esta crisis del Coronavirus, como tan bien lo explica el premio Nobel de economía George Akerlof, 6 se impida  que los mecanismos de manipulación y de aprovechamiento del cual el mercado, que de por sí genera, puedan ser minimizados y reducidos.

Porque algo que todos sabemos pero que nos cuesta horrores admitir y mucho más poner en práctica es que lo material tarde o temprano se puede solucionar, es remediable, sin embargo la vida, es única, y tiene un valor soberano, no solo por existir, sino como decía al comienzo, porque es capaz de generar algo inmensamente grande y único que le de sentido a nuestra existencia. Sí, así es, la vida no es remediable. No hay vuelta atrás.

Si la economía fuera así simplemente, desprovista del elemento humano, no podríamos jamas explicar desde esta tesis, porque los capitalistas europeos del siglo XIX, aún sabiendo que sus beneficios se reducirán enormemente, pidieron que se prohibiera el trabajo infantil. Hay algo misterioso en el ser humano. Quizás cuando éste se vuelve verdaderamente racional, empieza a entender que una economía deshumana, a largo plazo, no le conviene.

Por eso creo que lo que hoy cuestiona nuestra fe, es como integrar estas dos dimensiones, mi vida, mi persona, y todos los desafíos que me toca enfrentar, en el lugar y en el rol que me corresponda, aunque eso signifique simplemente quedándome en casa. Nuestra fe no puede convertirse simplemente en un rezar para que yo o mi familia no me contagie. Eso sería un mero espiritualismo, una huida genuina de la realidad.

El Coronavirus, algo que jamas esperábamos, algo que parecía tan lejos en una China remota e inalcanzable, hoy emerge y se coloca al alcance de todos, creyentes y no creyentes, ricos y pobres, ancianos y niños, ciudadanos y campesinos, etc. Claramente como toda crisis en la historia de la humanidad, esto nos puede unir en lo que tenemos en común, o nos puede dividir aún más. Puede despertar lo mejor de nosotros, o lo peor. Que la historia sea la que nos cuente después que pasó. 

1. Las escuelas que recuerdo: clásica, marxista, keynesiana, desarrollista, institucionalista, personalista, austriaca, etc. Alfred Marshall, Principios de Economia, 1890.

2. Pareciera algo del pasado, sin embargo la crisis financiera del 2008, fue claramente un dejar al mercado.

3. Financiero, que gire solo, sin ningún limite, a través de los productos conocidos como derivados financieros, devastando la economía de muchos países, y generando una cantidad enorme de desempleo. Les recomiendo el documental “Inside Job” o la película “Big Short” que está en Netflix.

4. Aunque ya circulan montón de teorías conspiradoras que hablan de la estrategia financiera, y por ende  una vez más especulativa de China con el Coronavirus para posicionarse nuevamente a la cabeza del mundo.

5. Seguramente también habrá gente que se aprovechará con estos préstamos y con el uso de estos recursos, con coimas de las licitaciones, desvió de fondos, corrupción pasiva y activa. Es lo que hay.

6. Economía de la Manipulación, George Akerlof y Robert Shiller, 2016 .

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