“México, México” fueron las primeras palabras que escuché al salir de la zona de embarque, al ver de lejos a mis amigos misioneros de Misión Roma, que me esperaban en el aeropuerto flameando la bandera de Italia -que tiene los mismos colores que la azteca-. Además de las risas, abrazos, repelente por todo el cuerpo y la alegria del reencuentro, me esperaba un cartel que decía: “Ao Giová”, que es un saludo usando el diminutivo de mi nombre en el dialecto de mí ciudad.
Un romano de raíz como yo, no podría haber pedido una bienvenida así de calurosa y una acogida más simpática y alegre de la que recibí. A pesar de las noticias de la epidemia del dengue que cruzaron el atlantico y llegaron hasta Italia, y que para ser sincero, me tuvieron preocupado los días previos, sabía que este viaje sería inolvidable. Y definitivamente empezó con el pie derecho.

Han pasado casi 3 semanas, de aquel 13 de febrero, día en el que aterricé en la tierra de Mangoré. Finalmente después de 5 años de Misión Roma, me toca conocer el país donde este lindo proyecto comenzó. El verde de la ciudad, el viento caluroso del verano, la experiencia multisensorial de escuchar y oler la tapa cuadril cocinándose a la parrilla; la hospitalidad de la gente, la pilsen ñoño y el piracaldo de Lido Bar, por no enumerar un montón de momentos y experiencias más, que calaron hondo en la memoria.

Sin lugar a dudas fue una semana llena de emociones: poder conocer el famoso “Santuario Joven” y asistir a la misa dominical, ver tantos jóvenes, la alegría y la vida que brota alrededor del Santuario. Fue emocionante poder dar un discurso al final de la misa, y agradezco al P. Alfredo por permitirme explicar el motivo de este viaje, que mas allá de reencontrar a la gran familia de Misión Roma que transformó mi vida, también se trata de entender el secreto de su generosidad y entrega, conociendo el origen.

Gracias a ellos conocí Schoenstatt, conocí nuevos amigos en Italia, y conocí amigos en otros continentes. Gracias a los misioneros, hoy soy un hombre nuevo. De hecho, gracias al apostolado de estos 17 misioneros, que donaron su tiempo y su corazón desde el 2015 hasta hoy en día, pude profundizar la espiritualidad del movimiento, y junto con otros jóvenes de mi ciudad, pudimos comenzar un grupo de la Juventud Masculina en Roma. Este proceso se coronó el 17 de junio del 2019, día en el que sellé mi alianza de amor con la Mater.
También pude visitar el otro Santuario, el Santuario de Tupãrenda, donde todo nació. Conocí el Lago Ypacari, probé las coixiñas del Bolsi, de la mano de la famosa Juliana y festejé mis 25 años, con unas bodoques montoya a la parrilla y la calidez de la presencia de los misioneros, con el corazón contento y agradecido.
Agradezco a Dios y María, por esta familia tan grande que me regalaron en Asunción; estoy convencido de que forma parte de un proyecto de amor y de su voluntad sobre mi vida. Mi viaje concluye el 13 de marzo, pero por ahora no quiero pensar en eso todavía, quiero seguir aprendiendo y dejarme sorprender de lo que el movimiento de Schoenstatt en Paraguay y esta tierra me pueden regalar. Por ahora el mosquito no pudo contra la sangre italiana… espero aprovechar los días que me quedan sin que me pique el temible dengue.



