Kentenich llegó en el momento justo

Una sentencia que para algunas doctrinas orientales es axioma dicta que “cuando el discípulo está listo, el maestro aparece”.

Algunos le dan un sentido orientado a lo esotérico diciendo que el maestro está dentro nuestro y surge cuando alcanzamos la iluminación.

Sin embargo, la mayoría de las corrientes es más aterrizada y se refieren a un maestro de carne y hueso que en un determinado momento de nuestra vida aparece, a condición de que nos encontremos listos para recibir y entender su enseñanza.

Y lo que es aplicable al individuo también lo es a la sociedad que forma.

Si bien el dicho nos llega desde el hinduismo, contiene una realidad que podemos apreciar en nuestra propia historia de salvación.

Dios nos fue enviando maestros acordes a la predisposición que tuviéramos en cada momento y que nos ayudaron en la construcción de un peldaño más hacia el cielo.  

Los patriarcas bíblicos y los profetas no fueron sino esas voces que el Señor destinó para preparar gradualmente a Su pueblo a la venida del Maestro Mayor, Su propio Hijo, quien tampoco llegó a cualquier hora. Si lo analizamos con la mano en el pulso del tiempo veremos a todo el mundo occidental gobernado por un solo imperio como no lo fue nunca antes, lo que lo puso en condiciones de recibir el Mensaje y que éste se dispersase a los cuatro vientos por las vías romanas.

Y con nuestra Iglesia obró de idéntica manera.

San Agustín de Hipona, San Francisco de Asís, Santo Tomás de Aquino, San Ignacio de Loyola, sólo por citar algunos de los más notables, aparecieron en momentos en que la Iglesia los necesitó y estuvo preparada para escucharlos. Y fueron timoneles que hicieron girar el rumbo.  

Es por ello que los schoenstattianos celebramos con tanto agradecimiento cada 16 de noviembre el nacimiento de nuestro Padre Fundador.

Porque el hombre que amó a la Iglesia le aportó el regalo de una renovación en la forma de pensar, amar y por ende vivir orgánicamente que si a la institución le ha dado los criterios de renovación que se observan nítidamente en nuestros días, a cada uno de nosotros nos ha traído una nueva pedagogía donde prima lo espiritual y nuestra personalidad se integra.

José Kentenich nos llegó cuando estuvimos preparados para recibirlo.

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