Supongamos que es un día cualquiera de la semana, en un momento de tranquilidad, estás solo o sola frente a un gran espejo donde se puede ver en primerísimo plano tu rostro.
¿Qué ves?
¿Qué te decís?
¡Qué ojeras!
¡Cada vez tengo más canas!
¡Tengo manchas!
¡Mi cabello está un desastre!
No me gusta x,x,x
¿Qué refleja tu rostro?
Amor, ansiedad, maldad, felicidad…
Normalmente nos miramos y vemos lo que nos falta o sobra. Somos sumamente críticos.
¿Cuándo fue la última vez que te miraste y agradeciste? (¡Sí, sí.. Arriba de las ojeras existen dos ojos que permiten ver!)
Lo mismo sucede en la vida espiritual. Podemos centrarnos en lo negativo o lo que nos falta en vez de ir afianzando lo positivo.
Si bien el Padre fundador hablaba sobre las luces y también sobre las sombras, sugería no caer en una actitud autocrítica y autoexigente desmedida, sino trabajar sobre las luces (fortalezas) y autoeducar las sombras (debilidades) con delicadeza.
“El hombre libre es aquel que se posee a sí mismo”, PK. ¿Cómo poseernos si no nos conocemos?
Es importante recordar que el primer apostolado que tenemos es el del ser (lo que soy), y el resto sucede por irradiación.
Pero para esto, el primer paso es afirmar lo que sí tengo. Es decirme sí a mí mismo/a, quererme tal como soy.
No se trata de perfección sino de autenticidad de nuestra mejor versión.
¿Cuáles son mis dones?
¿Qué me sale bien sin mucho esfuerzo?
¿Qué creo que los demás admiran de mi persona?
¿Qué de mi historia agradezco conscientemente?
¿Qué misión, propósito o ideal creo que fue pensado para mí?
“Acrecienta en mí todo lo bueno”. La humildad no se trata de no reconocer nuestros talentos. Al contrario, se trata de identificarlos y en sintonía con el Espíritu Santo poder intuir desde qué lugar o cómo poner al servicio esos talentos.
Sin duda, también trabajaremos nuestras sombras, a través de los medios de autoeducación que nos presenta Schoenstatt.
Y nuevamente, un manto de misericordia debe caer sobre nosotros, ya que en esta batalla por la santidad, no puedo (mucho menos otros podrían) evaluarme solo por lo visible y concreto sino por los avances y progresos internos, conquistas y retrocesos, idas y vueltas, en fin, por aquellas decisiones y acciones que han enriquecido el capital de gracias, de manera silenciosa, persistente, coherente.
Analizando todo esto, poniendo en perspectiva, hoy cuando te mires al espejo, ¿Qué te dirías?


