El Padre Fundador – estudioso de las voces del tiempo pretérito, en más de una oportunidad según lo leemos, cito la máxima de gobierno romana: “Todo imperio se mantiene mientras se mantiene fiel a los principios que le dieron origen.”
Si miramos hacia los casos históricos de permanencia o caída de las instituciones, constataremos la veracidad de tal afirmación, comenzando por nuestra propia Iglesia que sobrevive en sus dos milenios gracias a su lealtad doctrinaria.
Estos pedazos de historia son voces que nos invitan a revisar una y otra vez nuestros inicios y precisamente cada aniversario es momento más que propicio para hacerlo.
Es fundamental para sostener nuestro “Imperio de María” que mantengamos la mirada, el pensamiento y el alma apuntados al centro vital de nuestra espiritualidad: el ideal a la luz de la Fe Práctica en la Divina Providencia.
Leyendo las cartas previas a la Jornada de Hoerde entre el Padre Kentenich y los ex-soldados Congregantes, los documentos de la Jornada y los informes y cartas posteriores, comprendemos que los principios originales de nuestras comunidades Schoenstattianas laicales y, consecuentemente, podemos ocuparnos en mantenerlos a perpetuidad.
Si no lo hacemos, Schoenstatt podrá seguir llamándose así pero se convertirá en otra institución.
Nuestro origen de nacimiento y principio de sostén es la Fe Práctica en la Divina Providencia para a la luz de ella no sólo moldear nuestra vida sino la sociedad toda.
Somos una fraternidad de gente pensante y pujante que aprendemos a comunicarnos de modo adecuado, educado y siempre dando la chance a que la reflexión ajena pueda ser la voz de Dios.
La historia de Hoerde no es para nosotros solamente un importante relato fundacional; es una escuela donde la pedagogía kentenijiana se pone de manifiesto.
En palabras de nuestro Padre Fundador:
“Tenemos que capacitar nuevamente al hombre para sus múltiples vinculaciones, hacerlo capaz y dispuesto para una profunda vinculación interior a lugares, a cosas, a ideas. Sobretodo tenemos que hacerlo capaz de vincularse con la comunidad. Quien ignora totalmente esta tarea en la educación y en la pastoral, construye sobre arena sus planes de renovación”
El mismo Jesucristo dijo que siempre habría pobres entre nosotros pero debe ser el esfuerzo, con nuestros recursos y capacidades, a la luz de nuestro Ideal Personal y en la guía de la Fe Práctica, que haya la menor cantidad posible. Y no sólo de pan.
Este Centenario es ocasión propicia para agradecer -de palabra y con hechos- a nuestro Padre Fundador por esos poderosos apóstoles que vislumbraron en esa línea su Ideal Personal y consiguieron por ende la mayor fecundidad posible.
Conocemos diversas organizaciones que se generaron en el ámbito Schoenstattiano y que son la demostración tangible de la eficacia pedagógica kentenijiana.
En un país como el nuestro, por sus características políticoeconómicas, este tipo de instituciones se convierten un paliativo a muchas de nuestras carencias.
Carencias que no hacen exclusivamente al ámbito de las necesidades materiales sino que van al fondo de nuestra moral y espiritualidad.
Hoerde se constituye para ello en el primer paso hacia la consecución del tercer fin de nuestra Familia: la conformación de una Confederación Apostólica Universal.
Los Schoenstattianos batallamos porque queremos alcanzar nuestra meta de ser el alma y motor de esa Confederación que difícilmente nacerá en la intolerancia a la variedad de manifestaciones de fe que la voz de Dios nos muestra en nuestra sociedad actual.
Fieles al ejemplo de nuestro Padre Fundador, auscultamos permanentemente en búsqueda de la verdad y seguimos incólumes bajo la sombra desde donde se decidirán los destinos de nuestra Iglesia.
Y en unión a las demás fuerzas de la Iglesia, podremos hacer realidad que, a pesar de las batallas en contra, toda la nación se convierta en Santuario.
Nuestra fecundidad apostólica será la resultante creadora de nuestra capacidad para detectar las puertas que se abran en nuestro camino, nuestra confianza filial para atravesarlas y la aceptación filial de lo que encontremos del otro lado. En ese sentido el “nada sin nosotros” es lema que compromete.
No basta con sabernos de memoria la Constitución Territorial y nuestro Reglamento Regional, que si bien son norteadores de nuestra institucionalidad, podrán ir mutando a través del tiempo y las cambiantes circunstancias.
No es suficiente con conocer al dedillo la historia del Schoenstatt y la FAF ni la del Terruño y nuestra Región, datos importantes para la comprensión de nuestro ser comunitario y escuela para el futuro pero que sólo será útil en la medida en que hagamos discernimiento de nuestros aciertos y errores.
Todo lo anterior son voces que nos hablan e indicadores en la senda, es cierto, pero lo fundamental para sostener nuestro “imperio” es que mantengamos la mirada, el pensamiento y el alma apuntados al centro vital de nuestra espiritualidad: el Ideal a la luz de la Fe Práctica en la Divina Providencia.
Como comunidad regional ser “Familia de Nazareth; Instrumentos Magnánimos” es consigna y profecía, como cantamos. Las formas y los ámbitos en que la vivamos dependerá de las indicaciones prácticas de Dios pero el principio deberemos mantenerlo incólume.
Si no lo hacemos, Schoenstatt y nuestra Federación inevitablemente se convertirán en otra cosa.
Les llegue nuestro afectuoso abrazo en María.


