Faltando 11 días para el centenario de la Jornada de Hoerde me puse a pensar en el Evangelio de hoy y lo relacioné, en el ámbito humano, con esa canción tan escuchada de Los Abuelos de la Nada que en el estribillo dice:
La otra noche te espere
Bajo la lluvia dos horas
Mil horas, como un perro
Cuando llegaste me miraste
Y me dijiste.: “Loco, estás mojado
Ya no te quiero!”
Por ser una pieza más entre las mil y una que la industria musical nos vende cada día, tal vez nunca nos detuvimos a analizar la claridad con que muestra uno de los tantos detonadores del síndrome que afecta actualmente a todos los organismos sociales ya sea el matrimonio, la política o el empresariado: el descarte.
Independientemente del grado y profundidad del apego inicial con el que se inician las relaciones, éstas no logran sustentarse unidas cuando pasan las horas bajo la lluvia de la vida y quedamos empapados y maltrechos.
Observo que paulatinamente y cada vez con mayor frecuencia caemos en eso y le fallamos a quienes han derrochado sus emociones y perdido quizás hasta la alegría dándonos lo poco o mucho que tienen para ofrecer aun cuando los compensáramos arrancándoles dolores de cabeza, discordia y lágrimas. Muchas veces han postergado sus sueños y vocaciones por acompañar los nuestros por veleidosos que hayan sido.
Son cicatrices que, en lugar de admirar como condecoraciones al mérito de “esperarnos bajo la lluvia”, vemos como vapores que nublan nuestra capacidad de relación y comprensión llevándonos al deseo de cambio y abandono.
Es bueno tomar conciencia de ello y apreciar embelesados esas muchas más de mil horas. Es un esperanzador paraguas bajo el cual cobijar nuestro mundo de vinculaciones personales ya sea en la familia, el trabajo o en la sociedad y que evidentemente se aplica a nuestras pequeñas comunidades Schoenstattianas.
Hoerde es un cartel luminoso al respecto; por difíciles que hayan sido los inicios y la continuidad, los muchachos no claudicaron ni descartaron.


