Cruzar los Andes por María

“Quien tiene una misión ha de cumplirla, aunque conduzca al abismo más profundo y oscuro, aunque un salto mortal siga a otro”, decía el Padre José Kentenich el 31 de mayo de 1949 a los pies de la Cordillera de los Andes en el Santuario de Bella Vista.  Más de un centenar de jóvenes se unieron a comienzos de este año para realizar la hazaña de llegar a dicho santuario en Chile, cruzando la cordillera desde Argentina. ¿Cómo era el día a día en esa peregrinación? Aquí uno de los participantes nos lo relata.

Marcelo Barboza es parte de la familia del Terruño de Ciudad del Este desde hace 6 años por medio de la Juventud Masculina, aunque hoy forma parte de la Rama de Hombres fundada el año pasado en el este del país. Luego de formar parte de la JMU, hizo su consagración de Hombre Nuevo y selló su Alianza de Amor.  Él nos comenta que desde que entró al movimiento se fue dando un cambio profundo en su vida, “lentamente la Mater obra en mí todos los días guiándome en mi autoeducación”, escribe. Este año tuvo la oportunidad de formar parte de los 120 que cruzaron la Cordillera de los Andes a pie, en una experiencia que lleva el nombre de “La Cruzada de María”. La misma consiste en unir en una peregrinación el Santuario de Mendoza con el de Bella Vista en Chile y se realizó por primera vez en 1999.

A continuación dejamos en sus palabras esta experiencia de aventura, emotividad y mucha fe:

Con la experiencia de la Cruzada de María se da un salir al encuentro, ese anhelo que fue plantado desde el primer momento que me explicaron lo que es la cruzada y se presentó como un desafío, como una invitación a vivir una aventura. Todos esos sentimientos y emociones se despiertan antes, escuchando los testimonios e imaginando cómo sería vivir esa experiencia, uno se prepara teniendo la lista de cosas que llevar, hablando con los que ya fueron, aportando al capital de gracias y viviendo una preparación espiritual para ese momento.

Pero todo es muy diferente estando ahí. Desde el primer instante en que empiezan a llegar todos los peregrinos de otros países, la emoción que causa la misa de envío, y el primer momento en que uno carga con su mochila y se dispone a dar los primeros pasos de la peregrinación se vuelven imborrables en la memoria.

Todos los días la primera hora de caminata se realiza en silencio, y es en ese momento de soledad “acompañada” donde se va dando el encuentro, de a poco, en cada paso, en cada parada para recuperar las energías y en el momento en que uno dimensiona lo que está pasando, lo que está haciendo y por qué lo está haciendo.

Para mí, el darme cuenta de todo eso era algo que debía repetir diariamente porque llegaba a un punto límite, al final del día el agotamiento era palpable, el hambre, el sueño, los dolores musculares, las ampollas y nuestra humanidad nos invitaba a preguntarnos ¿Para qué estoy haciendo esto? ¿Por qué estoy acá?

Y desde nuestra humanidad uno veía eso en cada uno de los peregrinos, pero la Mater y el buen Dios tienen su forma de acompañarnos. Todos los días teníamos misa con un paisaje imponente de fondo, como se puede ver, ayudándonos a encontrarnos a nosotros mismos y a descubrir esas respuestas poco a poco.

Luego de la misa del segundo día, en un momento extraordinario, se suma un peregrino más que va dentro de la Custodia y acompaña desde una mochila, es El Santísimo que fue expuesto para adorarlo al terminar la misa. El mismo era entregado a los que fueron servidores en la visita del Papa Francisco a Chile.

De toda la experiencia, lo que puedo destacar es el haber encontrado un tiempo para desconectarme y poder vivir el presente. Esos instantes donde podemos encontrar a Dios en la creación, con los Andes de fondo. Encontrar a Cristo en el prójimo, en aquel peregrino que está pasando los mismos sufrimientos que uno, así Dios nos regaló la oportunidad de ser un Cireneo, y de compartir mi cruz con los demás.

CÓMO SE ACERCÓ AL MOVIMIENTO

En mi vida me identifico mucho con la canción “La de Siempre”, especialmente en la parte del coro que dice “Voy a volver atrás, y fijarme sin dudar que en cada paso que dí, estuviste junto a mí”. Ya que antes de ser parte del movimiento, en casa siempre tuvimos nuestro “nicho” de santos, y el cuadro central era un cuadro de la Mater traído desde el Santuario original, que nos regaló una hermana de mamá que vive en Alemania. Imagináte la sorpresa cuando por primera vez en mi vida entro al Santuario en CDE y al mirar a la Mater digo: “Esa imagen me es muy familiar”.  Así se fue dando un “conocernos”, una suave violencia que me invitaba al encuentro. Tras sellar mi Alianza de Amor la vida fue brotando intensamente. Tanto es así que el año pasado en un retiro, el Padre Tommy lanza la invitación a La Cruzada, ya había escuchado hablar de ella con otros JMs que fueron en 2014. El anhelo se hizo realidad este año.

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