Y faltando 39 días para el centenario de la Jornada de Hoerde me puse a pensar en el 10 de julio de 1910 cuando a dos días de haberse ordenado, el joven sacerdote de 24 años José Kentenich celebra su primera Misa en la casa palotina de Limburgo, ciudad ubicada a escasos 50 km de Schoenstatt, donde había realizado sus estudios de Teología y Filosofía como seminarista.
Mi mente viajó a los tantos nombres de lugares que leemos en su biografía: Gymnich, Estrasburgo, Ehrenbreitstein, Oberhausen, Limburgo, Vallendar, se suceden en menos de un cuarto de siglo como si Dios le impusiera desde temprano el desarraigo como escuela de aprendizaje.
No pude menos que notar que ese no fue el único ámbito de su infancia y juventud desenraizadas. Padre ausente; madre imposibilitada de cuidarlo; dificultades de comprensión por parte de compañeros y profesores, marcan su ambiente familiar y social.
Sin embargo, fue maestro precisamente en la curación de los traumas que ello pudiera causar, legándonos, como una de las estrellas de su sistema pedagógico, las Vinculaciones.
Vinculación a nosotros mismos y nuestra historia, vinculación a las personas, con indiferencia de su buena o mala relación, vinculación a los lugares por hostiles que nos sean.
¿Y cómo llegó a eso?. A través de una primigenia vinculación con la Santísima Virgen -consagrada como Alianza de Amor- que por su vez lo vinculó a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Los psicólogos lo llamarán sublimación de los afectos y estarán en lo correcto ya que como nuestro Padre Fundador nunca se cansó de decirnos: desde nuestra naturaleza conquistaremos lo sobrenatural.
Es cuestión de seguir su ejemplo y que cada quién saque provecho de los “desarraigos” de su vida… con María por…


