Recientemente celebramos la solemnidad de Pentecostés. Este término sabemos que viene de la palabra griega “50”. Ya era una fiesta judía muy antigua: el pueblo de Israel celebraba en el día 50º después de Pascua la entrega de la Ley en el monte Sinaí a Moisés y a todo el pueblo. En un día de Pentecostés, después que Jesús había resucitado y ascendido a los cielos, Él y su Padre envían a la Iglesia, el Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima
Trinidad.
Jesús les había dicho a sus discípulos: “miren, les voy a enviar la promesa de mi Padre. Ustedes quédense en la ciudad hasta que sean revestidos con el Poder de lo Alto” (Lc 24,49). Y Dios cumple su palabra y su promesa. En la primera Lectura de los Hechos se puede apreciar lo que sucedió: el Espíritu Santo vino y descendió sobre la primera comunidad y les dio la fuerza para salir y anunciar por todas partes del mundo que Cristo es el Salvador de la humanidad, que Él ha resucitado y está vivo. Gracias a ese anuncio estamos todos nosotros aquí: hemos recibido la fe y la presencia del Espíritu Santo en el día de nuestro bautismo y de modo especial también en el sacramento de la confirmación.
Queridos hermanos, lo que sucedió en ese primer Pentecostés vuelve a realizarse hoy mismo: el Espíritu Santo desciende y viene hasta nosotros. Por eso, creo que hoy es una buena oportunidad para hablar acerca del Espíritu Santo. Algunas veces, enseñando sobre el Espíritu, hablamos de los símbolos, de lo que el Espíritu hace en nosotros, de sus dones, de lo que ha hecho en la historia de la salvación, etc.
Pero yo quisiera responder las preguntas que me hizo alguien hace poco: ¿Cómo me “conecto”, me relaciono con el Espíritu Santo? ¿Qué puedo hacer para que Él actúe en mi vida, para estar más cerca de Él? La verdad que responder a esta pregunta, daría para mucho, pero quisiera centrarme en lo siguiente:
1) Nos ponemos en contacto directo con el Espíritu Santo en especial por medio de los Sacramentos. Al Espíritu Santo se lo llama y define en la Biblia el gran “Don” del Padre (Cfr Hch 8,20). Y lo recibimos por primera vez en el Bautismo. El agua (en el rito penitencial
fuimos rociados con agua bendita) es un símbolo del Espíritu Santo que lo recibimos por primera vez ese día y fue Él quien nos lavó de las manchas del pecado original.
El Espíritu Santo lo recibimos también por medio del Sacramento de la Confirmación: para que podamos ser un apóstol de Cristo y “poder defender y propagar la fe católica” (Cfr. CIC nº 1285). La imposición de manos del obispo y la cruz en la frente con el santo crisma (aceite consagrado) son signos de la venida del Espíritu a nuestros corazones.
Pero también el Espíritu Santo se hace presente en el sacramento de la Eucaristía. Cuando, en la epíclesis, el sacerdote pone sus manos sobre las ofrendas de pan y vino, allí desciende
el Espíritu y las transforma en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo (Esto no lo hace el sacerdote sino el mismo Espíritu Paráclito). El mismo Espíritu que descendió en el cuerpo purísimo de María e hizo posible el milagro de que Dios se encarne y se haga hombre, es el
que realiza el milagro de la transubstanciación en cada misa.
Cuando comulgamos, recibimos el Cuerpo Santísimo de Jesús. Pero Él, dentro de nuestro corazón, en nuestra alma “sopla” su Espíritu Santo y nos dice: “reciban el Espíritu Santo” (Cfr Jn 20,22).
En el sacramento de la confesión, cuando el sacerdote pronuncia la fórmula de la
absolución, allí desciende a nuestros corazones el Espíritu Santo para purificarnos, para perdonarnos, para limpiarnos y santificarnos… (y así podríamos seguir con todos los
sacramentos).
2) Un gran medio para “conectarnos” a full con el Espíritu Santo es la oración, rezar. El Espíritu Santo no es una “cosa”, una “fuerza” o una “energía” impersonal. Es una Persona. Y como con toda persona, si queremos que venga a nosotros, que descienda, si queremos
tener contacto, debemos dialogar con Él, invocarlo, rezarle, adorarlo…(¡y no solo cuando voy a rendir un examen!) Todos los días debemos invocar al Espíritu Santo, para que nos de sus dones de fortaleza, de sabiduría, para que nos llene de su Amor.
3) Nos conectamos con el Espíritu Santo de modo muy especial leyendo y escuchando cada día la Palabra de Dios. Sabemos que el Espíritu Santo “inspiró” a los autores sagrados para escribir cada uno de los libros de la Biblia (Cfr. CIC nº 105). Y es Él también el que nos ilumina,
nos enseña y guía al leerla y meditarla.
4) Alguien que nos conecta directamente al Espíritu es nuestra querida Mater. Ella estaba poseída, llena, habitada totalmente por el Espíritu Santo desde su concepción inmaculada. El Padre Kentenich, siguiendo la enseñanza de muchos santos y teólogos, nos enseña que quien se pone en las manos de María y se deja educar por ella, se pone directamente bajo el influjo del Espíritu Santo. Y Él, en nuestros corazones, va gestando, dando a luz a Cristo. Nosotros tenemos en el santuario un lugar concreto para “vincularnos” también con el Espíritu Santo. El Padre Kentenich decía que el santuario es nuestro “Cenáculo”.
5) Nos conectamos con el Espíritu Santo por medio de la Iglesia. No podemos entender la Iglesia sin el Espíritu Santo: como lo definió el Papa León XIII: “Si Cristo es la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu santo es su alma”1. Por eso, nos relacionamos con Él estando unidos en
la Iglesia: tanto a la iglesia universal, al Papa, a su magisterio, a sus colaboradores los obispos, como también cuando estamos insertos en nuestros grupos, ramas, comunidades, en el movimiento, parroquias, etc… en la Iglesia en pequeño. Participando activamente, comprometiéndonos, amando a la Iglesia, nos conectamos directamente con el Paráclito.
6) Nos conectamos con el Espíritu, o mejor dicho, Él se conecta, desciende, nos visita, también por las obras de amor al prójimo y por las obras de apostolado. El “Amor de Dios fue derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado” (Rm 5,5), nos dice San Pablo. Por eso, cuando tenemos gestos de amor concretos y sinceros, en especial,
a los que sufren, a los enfermos, a los pobres; cuando practicamos las obras de misericordia, cuando somos solidarios, el Espíritu Santo nos derrama su amor. Él es el gran motor de la misión, del apostolado, del compromiso, del servicio a los demás. Haciendo todo eso con recta intención, buscando la gloria de Dios y el bien de los demás, nos ponemos también en conexión directa con el Espíritu Santo…
Queridos hermanos, en la solemnidad de Pentecostés, pidamos que el Espíritu Santonos llene con sus dones y podamos crecer cada vez más en nuestro vínculo con Él.
Amén.


