Un lugar para cada quien

Tengo la gracia de tener amigos siguiendo diferentes carismas de la Iglesia Católica. Con ellos, entre risas, naturalmente comparamos la esencia y las prácticas relacionadas a nuestros diversos movimientos, aunque siempre dentro de un profundo respeto y reconocimiento de cada originalidad.

Este año, compartiendo la vigilia Pascual en un lugar diferente al Santuario Joven y lejos de schoenstattianos, me puse a reflexionar más a fondo sobre esta realidad: diferencia no es igual a divergencia.

Tal como dice San Pablo: “Hay diversidad de dones, pero un solo espíritu». Todos buscamos lo mismo: tener una participación activa dentro de nuestra fe católica y dar testimonio de nuestro bautismo. Estamos en el camino de ser protagonistas en la película o serie cuyos capítulos vivimos cada día y cuyo director es Dios.

Muy lejos de sentirnos perfectos, nos reconocemos pequeños pero aceptamos el desafío de vivir nuestra espiritualidad y que ésta sea el norte de nuestra vida en todos los demás planos y roles, empezando una y otra vez, exponiéndonos, no entendiendo muchas cosas, sintiendo la eterna misericordia que solo Dios nos puede tener -ni siquiera nosotros mismos-.

También, en Semana Santa, en esas charlas profundas que no se tienen todos los días, un miembro de mi familia que no es de Schoenstatt me hizo unas tres a cuatro preguntas claves sobre nuestro Movimiento, respondiendo sus consultas, iba repasando la historia de nuestro fundador, los puntos centrales de nuestra espiritualidad schoenstattiana, mentalmente ratificando el por qué me siento tan a gusto, o dicho de otra manera,  agradeciendo que la Mater y el Padre me hayan dejado armar aquí mi carpa; pensé: cuantos más carismas conozco, más schoenstattiana me siento.

Hace un tiempo, una amiga desde Argentina -sí, somos familia internacional- me dijo: el Padre Kentenich era tan inteligente que creó varios estamentos en la familia, de tal manera que cada quien pudiera desarrollarse al máximo, ser feliz y pleno.

Y creo que esa es la clave. No perder de vista que Dios nos quiere felices, con esa alegría de resurrección, con ese corazón encendido y dispuesto. 

No importa lo que hagamos o a qué movimiento pertenezcamos, todos tenemos la misma visión y debemos apoyarnos, porque finalmente todos somos y conformamos la iglesia, aquella donde Cristo no hizo distinciones. Y entonces, nosotros ¿por qué la haríamos?.

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