No podemos callar la alegría de la Pascua

Queridos hermanos este evangelio que narra lo que sucedió en el mismo día de la Pascua (hace casi 2000 años) comienza con un dejo de tristeza, de ilusiones rotas, desesperanza. Cleofás y otro de los discípulos caminan hacia Emaús después de lo sucedido en Jerusalén, después de haber visto como Jesús, en quien ellos habían puesto su esperanza, fue condenado, humillado y crucificado.

Nos podemos imaginar la tristeza en sus corazones… la pérdida de sentido, el dolor por la muerte de alguien a quien amaban. Pero de pronto, en el camino, se les une un caminante que ellos no saben quién es y comienzan a hablar y dialogar con él. Ese desconocido es el mismo Jesús, el Resucitado. Es el día de Pascua, de esa primera Pascua. Quisiera, con estas palabras, hacer una relación entre eso que sucedió y nuestra celebración Pascual en este día de hoy:

1) Jesús Resucitado se aparece en el camino. Los discípulos no son capaces de reconocerlo, pero Jesús camina con ellos, dialoga, les explica las escrituras… también a nosotros Jesús nos sale al paso, al encuentro en el camino de nuestra vida, en las cosas que nos pasan, en lo que vamos viviendo; Jesús se nos presenta por medio de personas y acontecimientos. Y muchas veces nos sucede como a los discípulos de Emaús: Jesús está cerca, Jesús camina con nosotros, nos tiende una mano, se manifiesta, pero “nuestros ojos son incapaces de reconocerlo” (Cfr Lc 24,16). Quizás no lo vemos, no lo reconocemos porque no rezamos lo suficiente, porque nuestra fe es débil, porque tenemos el corazón apegado a tantas cosas, porque nos dejamos vencer por la tristeza, por la falta de esperanza, por la superficialidad.

Jesús nos sale al encuentro en el camino de nuestra vida. El Padre Kentenich dice en una oración que debemos mirar con fe cómo el amor del Padre nos acompaña cada día (Cfr Hacia el Padre estrofa nº 214). El Resucitado no está muerto, no está en la tumba, está vivo y actuante, presente en el camino de nuestra vida, en nuestra historia, en el HOY de los acontecimientos del mundo.

2) Jesús Resucitado se manifiesta, se revela, se hace conocer en la fracción del pan. A medida que van caminando hacia Emaús, los discípulos comparten y dialogan con Jesús. Y luego Él comienza a hablarles sobre las lecturas del Antiguo Testamento y les explica lo que dicen sobre él. Los discípulos sienten cómo comienzan a arder sus corazones, se reaviva la fe, despunta la esperanza…Pero el momento central es, cuando, después de haberlo invitado a quedarse y cenar con ellos, el Resucitado, toma el pan, lo bendice, lo parte y se lo da… ¡Ahí lo reconocen! ¡Ahí se les abren los ojos!… Allí se dan cuenta quién era el misterioso caminante: era Él, el Mesías, Jesús, la Esperanza de Israel y de la humanidad.

Queridos hermanos lo que sucedió en Emaús en ese día de Pascua, es lo mismo que está pasando aquí y lo que pasa en cada eucaristía, en cada santa misa: Jesús Resucitado nos habla por medio de las escrituras, nos explica el sentido de la palabra, pero por sobre todo, lo vemos y lo reconocemos en el gesto de partir el pan, que se transforma en su cuerpo, lo vemos en el gesto de dar a beber el vino, que se convertirá en su sangre. En cada eucaristía, en realidad, el que preside la celebración no es el Padre Martín, o Padre Juan, o quien sea; el que preside la misa es el caminante de Emaús, el Resucitado, el Sumo y Eterno Sacerdote, que se nos vuelve a dar como alimento, como compañero de camino, como prenda de vida eterna, como sostén para nuestra esperanza, como alegría permanente, como fuente de paz, como energía para nuestra caridad, como firmeza para nuestra fe débil y vacilante, remedio para nuestras dolencias, bálsamo para nuestras heridas, como motor para nuestra solidaridad…

“Lo reconocieron en la fracción del pan” (Cfr Lc 24,35): en ese gesto, que es el gesto de dar la vida, de entregarse, de servir, de donarse… lo reconocieron a Jesús en el gran gesto de su amor. Por eso, al resucitado, lo reconocemos y al mismo tiempo lo anunciamos, también nosotros, en el gesto de entregarnos, en el amor fraterno: “en esto conocerán todos que son discípulos míos, si se aman los unos a los otros” (Jn 13,35). En esto -si nos amamos los unos a los otros- los demás, los que no creen, van a reconocer al resucitado, y van a conocer si realmente somos discípulos de Él.

3) Queridos hermanos esta hermosa narración de la Pascua no termina en Emaús. Los 2 discípulos no se quedaron así “charlando en una sobremesa” sobre lo que les había pasado, no se quedaron tomándose un vinito y dialogando… El Evangelio nos dice que se “levantaron al momento” (Lc 24,33) y volvieron a Jerusalén. Después de un día de camino, vuelven enseguida a la ciudad santa (Yo mismo hice ese camino a pie y me llevó unas 4 a 5 horas). ¡Es que nos podemos imaginar la inmensa alegría! ¡Jesús Resucitó! ¡Cómo se van a quedar tranquilos! ¡Cómo se van a quedar en la mesa y luego irse a dormir! ¡Él resucitó! ¡Es la maravillosa novedad que ha marcado la historia de la humanidad! Los dos discípulos de Emaús vuelven y allí ellos escuchan de los 11 discípulos que en efecto Jesús ha resucitado y se ha aparecido a Simón y ellos mismo también anuncian y cuentan lo que les ha acontecido.

La alegría de la Pascua no la podemos callar, la alegría de la Pascua no la podemos ocultar, no la podemos guardar para nosotros mismos, tenemos que comunicarla, compartirla, irradiarla con nuestra sonrisa, con el brillo de los ojos, pero sobre todo, irradiarla con nuestras obras, con nuestros gestos de amor, con nuestra santidad cotidiana, viviendo como testigos del Resucitado en este mundo que se debate entre la apatía y la incredulidad; en este mundo en que en algunos lugares intenta por medio del terror y de las bombas, hacernos callar (como sucedió en los trágicos
atentados en Sri Lanka: muchos cristianos perecieron por esos actos terroristas mientras celebraban la Pascua).

La certeza de la fe en Jesús Resucitado no la podemos tapar ni esconder. Debemos “levantarnos al momento” y salir, ponernos en camino, como lo hizo María inmediatamente después del anuncio
del ángel (Cfr Lc 1,39), como lo hicieron también los discípulos de Emaús, para anunciar al Resucitado a cuantos hoy han dejado de creer, a los que han perdido la esperanza, a quienes sufren
todo tipo de dolencia y se hallan envueltos por la tristeza, incluso hasta a aquellos que no quieranescuchar nuestro anuncio. Seamos apóstoles, anunciadores, testigos del Resucitado llevando su alegría, su esperanza y manifestando su Amor que vence y es capaz de transformarlo todo.

¡Jesús vive! ¡No está más en el sepulcro, no está más entre los muertos! ¡Cristo ha Resucitado, verdaderamente ha resucitado!

¡Felices Pascuas!

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