Cada año con mi familia materna pasamos una de las fiestas de fin de año en San Juan Bautista – Misiones, ciudad donde viven mis abuelos y la gran mayoría de mis tíos y primos. Normalmente si pasamos Año Nuevo ahí, dormimos tarde el 31 y el día siguiente es más que nada un día de descanso.
El inicio del 2013 fue un poco distinto porque ya desde temprano les hice preparar sus cosas a mis papás y mi hermano para que me lleven a Loma Grande.
Loma Grande era la ciudad que me tocaba misionar en “Patria Pater”, las misiones universitarias de Schoenstatt que se hacen durante la primera semana de enero.
Salimos de San Juan después del almuerzo y llegamos a Loma Grande a las 17:00 horas. Todos los misioneros habían llegado unos minutos antes y estaban en una ronda presentándose. Me acuerdo muy bien que la primera impresión que tuve de ese grupo fue que: “Nunca le hablé a la gran mayoría de estas personas, pero siempre les veía en las actividades del movimiento, así que seguro me van a caen bien”. La gran sorpresa fue que en esa ronda no solo estaba mi futuro esposo sino que también estaban varias personas que hoy son mis mejores amigos.

Con Hermes ya habíamos coincidido algunas veces antes de esas misiones, pero siempre eran actividades cortas donde no teníamos tiempo de hablar ni conocernos bien. En esas misiones, al ser varios días, pudimos hablar mucho y me di cuenta que le conocía a varias personas de su familia; sus hermanas habían sido mis encargadas en la JF y cuando era chica había compartido bastantes festejos de cumples y navidades con sus primas.
Al volver de las misiones, salimos con el grupo de misioneros y comenzamos a hablar más. Nos dimos cuenta rápido que nos encantaba estar juntos y nos hicimos novios después de dos meses de volver de Patria Pater.
Los dos teníamos 21 años cuando comenzamos, siempre consideramos un regalo de la MTA el haber tenido la oportunidad de tenernos el uno al otro en momentos importantes de nuestras vidas como la facultad, el accidente de mi hermano, las defensas de tesis, los distintos trabajos, el casamiento de sus hermanas y el nacimiento de muchos sobrinos.
El 9 de abril de 2016 en un puente de Central Park nos comprometimos y nos casamos un año después a los 25 años, algo que quisimos prácticamente desde el primer mes de novios.
En el tiempo que llevamos juntos aprendí que el cobijamiento que nos regala el santuario también nos puede regalar una persona, que el amor es el combustible para conquistar la felicidad y que Dios al pensar en uno de nosotros, ya pensó en los dos.

Camila Florentín y Hermes González.


