El Padre Kentenich afirma que distinguimos todo amor, primero el amor que acentúa marcadamente el yo. El amor primitivo se busca a sí mismo, “…yo quiero obtener algo de mi cónyuge…”. Pero en último término, el amor egoísta debe convertirse en un amor que pone en primer plano al tú.
El Padre Kentenich no rechaza de buenas a primeras el amor primitivo como algo evidente, sostiene que nuestro amor, al inicio es un amor primitivo. Nadie empieza en el quinto cielo, todos comenzamos en la tierra. Por lo tanto, no debemos pensar que todo ha sido egoísmo: somos personas en desarrollo.
¿Habían pensado ustedes que debían dar poder en blanco a su cónyuge?, y ¿hasta la inscriptio?, ¿qué significa esto?, cuáles son los grados de la caridad?; analicemos el tema en relación a Dios.
Ante todo, el primer grado del amor a Dios se expresa en la voluntad de no ofenderlo gravemente; de no cometer pecado mortal. El segundo grado consiste en tratar de no cometer pecado venial. Y sobre todo, en no permanecer en estado de pecado venial, acostumbrándose al pecado, lo que equivale al estado de mediocridad o de tibieza en nuestro amor a Dios.
El tercer grado nos lleva a superar las imperfecciones. El cuarto grado se refiere al amor que busca hacer en todo la voluntad de Dios; le damos un Poder en blanco, en el cual él puede escribir lo que desee. Por último, el quinto grado del amor consiste en estar dispuestos a todo lo que el Señor quiera; específicamente le pedimos cruces que él nos tiene reservadas, pues sabemos que no hay paso por esta tierra sin cruz. Las pedimos porque esas cruces nos harán crecer, nos acercarán a él y nos harán más fecundos. Perdemos así el miedo a la cruz sobre la base de una confianza ilimitada en Dios Padre. A este grado del amor lo llamamos “inscriptio” o amor a la cruz.
Ahora bien, el Padre Kentenich afirma que este crecimiento del amor no sólo se da en relación a Dios sino que también frente a nuestro cónyuge. El primer grado, no queremos ofender gravemente a nuestro cónyuge. Pienso que ninguno de nosotros se mueve en ese plano. El demonio podría alguna vez tentarnos y quizás hemos caído alguna vez. A veces la agresión física al cónyuge, resulta más frecuente de lo que pensamos, no sólo la verbal; se produce un descontrol en discusiones donde se usan expresiones gravemente ofensivas que terminan en la violencia de hecho.
No sería ajeno a su táctica hacer lo posible por arrebatarnos esa fidelidad matrimonial que queremos conservar incólume. No es imposible, pero, en general, nuestra lucha no se da en ese nivel. Pero sí se da, muchas veces en el segundo grado: el nivel de pecado venial; es decir, en ese nivel que nos lleva a decir: “estoy muy cansado, dejémoslo para después”. O se nos han pedido algo: “no alcancé a hacerlo”. Es esa realidad tan cotidiana que ocurre cuando no reparamos en el otro ni salimos a su encuentro. No son ofensas graves, sino pequeñas desatenciones que se van acumulando. Nuestro amor va convirtiéndose así, poco a poco, en un amor mediocre, poco delicado. Se pierde la delicadeza del amor conyugal, la delicadeza del amor y la delicadeza de conciencia, se acostumbra a lo frío, se es indiferente. Aparentemente no hacemos nada malo, no armamos ningún escándalo, pero nos acostumbramos a cierta frialdad y desinterés; nos regimos por la ley del menor esfuerzo.
El tercer grado del amor lo alcanzamos cuando somos finos, incluso en los detalles; cuando nuestro amor y servicio buscan superar aún esas pequeñas desatenciones que podrían empañar nuestra relación mutua.
El cuarto grado del amor consiste en dar Poder en Blanco a nuestro cónyuge. ¿Saben ustedes cuándo se dieron poder en blanco por primera vez?, cuando se casaron, proclamando solemnemente: “te recibo a ti como esposo/a y prometo serte fiel en lo favorable y en lo adverso, con salud o enfermedad, u así amarte y respetarte todos los días de mi vida”. En ese momento sellaron una alianza de amor con su cónyuge a la altura del Poder en Blanco. Tratamos entonces de dar alegría en todo a nuestro cónyuge. Estamos dispuestos sinceramente a poner al otro en primer lugar.
El quinto grado del amor lleva a aceptar positivamente las cruces que nos vienen a través del cónyuge; las recibimos con paz, porque sabemos que así nuestro amor por él crecerá más. Esto puede llegar a ser algo contundente. Imaginemos que de pronto nuestro cónyuge pueda enfermarse, y gravemente; cuán difícil puede ser esto. Hay realidades duras. No quiero decir que cada día nos sobrevengan esas cruces; pero debemos prepararnos para esas etapas difíciles en nuestra vida conyugal. Aunque mi esposo o mi esposa debe permanecer en silla de ruedas por el resto de su vida, yo estoy a su lado. Hasta esa altura tiene que llegar nuestro amor.
Comprendemos que algo así sólo es posible en la fuerza del Espíritu Santo. De otro modo, en nuestra vida conyugal, nunca alcanzaremos esa libertad de los hijos de Dios. Cuando existan problemas, cuando los negocios estén por el suelo, cuando nuestros hijos tengan dificultades, allí se prueba y acrisola nuestro amor
Fuente: Santidad Matrimonial – P. Rafael Fernández pag.87-91 Compilación de Oscar Sandoval.


